Los costos de la impotencia

Redacción

Por Redacción

Según las estadísticas más recientes difundidas por la ONU, más de 100.000 personas ya han muerto en la guerra civil en Siria, mientras que hay por lo menos 1,5 millones de refugiados. Es de prever que siga aumentando el número de víctimas de la lucha despiadada que se ha desatado. Asimismo, aunque los voceros de los gobiernos de Estados Unidos, Francia y el Reino Unido dicen querer hacer algo por motivos humanitarios, entienden que no les convendría en absoluto intentar ocupar el país árabe o tratar de formar zonas relativamente seguras, razón por la que sorprendería que hicieran mucho más que enviar armas a los rebeldes aun cuando incluyeran a contingentes de islamistas sanguinarios vinculados con Al-Qaeda, de tal modo brindando la impresión de estar dispuestos a ayudar a las víctimas del dictador Bashar al-Assad. Sea como fuere, ya es evidente que, ante las convulsiones que están desgarrando la mayoría de los países del mundo musulmán, las potencias occidentales sólo pueden manifestar el horror que siente la opinión pública frente a las atrocidades que se cometen a diario porque no están en condiciones de frenarlas. Al optar primero los europeos y, varias décadas más tarde, los norteamericanos por el pacifismo principista, los occidentales se privaron de la capacidad para actuar como gendarmes internacionales. Para la mayoría, se trata de un cambio muy positivo, el comienzo del fin de dos siglos de atropellos imperialistas brutales, pero para muchísimas personas que viven entre Marruecos y Filipinas, Nigeria y Asia Central, los beneficios han sido, y continuarán siendo, a lo sumo colectivos, ya que el repliegue ha posibilitado una lucha feroz por el poder entre sectas religiosas y distintas etnias que parece destinada a cobrar millones de vidas. Por ahora, Siria, donde las fuerzas de Al-Assad, con la ayuda de la milicia chiita Hezbollah, están recuperando el terreno que habían perdido en la fase inicial de la rebelión sunnita, es el escenario del conflicto más violento, pero tal y como están las cosas, la situación en Egipto podría resultar peor aún al declarar líderes de la Hermandad Musulmana una “guerra santa” contra el régimen militar que hace poco derrocó al gobierno elegido de Mohamed Morsi. Al multiplicarse los atentados suicidas que día tras día siegan decenas de vidas, también corren peligro Irak, Pakistán y, desde luego, Afganistán en que los talibanes ya están preparándose para volver al poder, además de Libia, Túnez y otros países. Mientras tanto, los teócratas iraníes esperan dotarse pronto de un arsenal atómico acaso rudimentario pero así y todo temible, una perspectiva que podría provocar la intervención preventiva de Israel que, por motivos comprensibles, se siente amenazado por la belicosidad del régimen chiita. La tragedia inmensa que están viviendo tantos países islámicos no podrá sino tener repercusiones muy fuertes en el resto del mundo, por mucho que los gobiernos procuren mantener su distancia, limitándose a exhortar a los combatientes a respetar los derechos humanos de los demás y a veces aplicando sanciones económicas de eficacia reducida con la esperanza de inducirlos a deponer las armas. Además de contribuir a convertir en guerreros santos a muchos miembros jóvenes de las nutridas comunidades musulmanas que se han establecido –centenares, tal vez miles, que pronto volverán a sus lugares de origen en distintos países occidentales ya están adquiriendo experiencia militar en Siria y otros países–, continuará aumentando la cantidad de refugiados que busquen asilo en Europa y, en menor medida, Estados Unidos, Canadá y Australia, a pesar de la hostilidad creciente de la mayoría de sus habitantes actuales. No es cuestión de “indiferencia” hacia sus penurias, como sostuvo hace poco el papa Francisco, sino del impacto negativo que está teniendo el ingreso de una multitud de inmigrantes presuntamente económicos de cultura muy distinta. Por desgracia, la convivencia “multicultural” nunca ha sido fácil. Por el contrario, en todas partes casi siempre ha dado pie a conflictos difícilmente manejables, de ahí el cambio de actitud reciente de aquellos gobiernos europeos que, en nombre de la tolerancia, hubieran preferido pasar por alto la opinión de la mayoría, pero que ya se sienten desbordados por problemas sociales, económicos y de seguridad que siguen agravándose.


Según las estadísticas más recientes difundidas por la ONU, más de 100.000 personas ya han muerto en la guerra civil en Siria, mientras que hay por lo menos 1,5 millones de refugiados. Es de prever que siga aumentando el número de víctimas de la lucha despiadada que se ha desatado. Asimismo, aunque los voceros de los gobiernos de Estados Unidos, Francia y el Reino Unido dicen querer hacer algo por motivos humanitarios, entienden que no les convendría en absoluto intentar ocupar el país árabe o tratar de formar zonas relativamente seguras, razón por la que sorprendería que hicieran mucho más que enviar armas a los rebeldes aun cuando incluyeran a contingentes de islamistas sanguinarios vinculados con Al-Qaeda, de tal modo brindando la impresión de estar dispuestos a ayudar a las víctimas del dictador Bashar al-Assad. Sea como fuere, ya es evidente que, ante las convulsiones que están desgarrando la mayoría de los países del mundo musulmán, las potencias occidentales sólo pueden manifestar el horror que siente la opinión pública frente a las atrocidades que se cometen a diario porque no están en condiciones de frenarlas. Al optar primero los europeos y, varias décadas más tarde, los norteamericanos por el pacifismo principista, los occidentales se privaron de la capacidad para actuar como gendarmes internacionales. Para la mayoría, se trata de un cambio muy positivo, el comienzo del fin de dos siglos de atropellos imperialistas brutales, pero para muchísimas personas que viven entre Marruecos y Filipinas, Nigeria y Asia Central, los beneficios han sido, y continuarán siendo, a lo sumo colectivos, ya que el repliegue ha posibilitado una lucha feroz por el poder entre sectas religiosas y distintas etnias que parece destinada a cobrar millones de vidas. Por ahora, Siria, donde las fuerzas de Al-Assad, con la ayuda de la milicia chiita Hezbollah, están recuperando el terreno que habían perdido en la fase inicial de la rebelión sunnita, es el escenario del conflicto más violento, pero tal y como están las cosas, la situación en Egipto podría resultar peor aún al declarar líderes de la Hermandad Musulmana una “guerra santa” contra el régimen militar que hace poco derrocó al gobierno elegido de Mohamed Morsi. Al multiplicarse los atentados suicidas que día tras día siegan decenas de vidas, también corren peligro Irak, Pakistán y, desde luego, Afganistán en que los talibanes ya están preparándose para volver al poder, además de Libia, Túnez y otros países. Mientras tanto, los teócratas iraníes esperan dotarse pronto de un arsenal atómico acaso rudimentario pero así y todo temible, una perspectiva que podría provocar la intervención preventiva de Israel que, por motivos comprensibles, se siente amenazado por la belicosidad del régimen chiita. La tragedia inmensa que están viviendo tantos países islámicos no podrá sino tener repercusiones muy fuertes en el resto del mundo, por mucho que los gobiernos procuren mantener su distancia, limitándose a exhortar a los combatientes a respetar los derechos humanos de los demás y a veces aplicando sanciones económicas de eficacia reducida con la esperanza de inducirlos a deponer las armas. Además de contribuir a convertir en guerreros santos a muchos miembros jóvenes de las nutridas comunidades musulmanas que se han establecido –centenares, tal vez miles, que pronto volverán a sus lugares de origen en distintos países occidentales ya están adquiriendo experiencia militar en Siria y otros países–, continuará aumentando la cantidad de refugiados que busquen asilo en Europa y, en menor medida, Estados Unidos, Canadá y Australia, a pesar de la hostilidad creciente de la mayoría de sus habitantes actuales. No es cuestión de “indiferencia” hacia sus penurias, como sostuvo hace poco el papa Francisco, sino del impacto negativo que está teniendo el ingreso de una multitud de inmigrantes presuntamente económicos de cultura muy distinta. Por desgracia, la convivencia “multicultural” nunca ha sido fácil. Por el contrario, en todas partes casi siempre ha dado pie a conflictos difícilmente manejables, de ahí el cambio de actitud reciente de aquellos gobiernos europeos que, en nombre de la tolerancia, hubieran preferido pasar por alto la opinión de la mayoría, pero que ya se sienten desbordados por problemas sociales, económicos y de seguridad que siguen agravándose.

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