Los dilemas de Francisco

Por basarse en presuntas verdades eternas que serán accesibles sólo a ciertos iniciados que cuentan con la aprobación de sus superiores jerárquicos, la Iglesia Católica nunca podrá ser una organización democrática, pero parecería que el papa Francisco cree que le convendría prestar más atención a las opiniones de los fieles, razón por la que el año pasado repartió un cuestionario entre las diversas conferencias episcopales para que le informaran de sus prioridades. Parecería que las respuestas lo han convencido de que, para reconectarse con una grey que propende a alejarse, de ahí la expansión de las despectivamente llamadas “sectas” evangélicas en buena parte de América Latina, la Iglesia tendría que cambiar su actitud frente a temas tan sensibles como el divorcio, la homosexualidad y, desde luego, la conducta sexual de las personas, que durante tanto tiempo la han obsesionado. Dicho de otro modo, Jorge Bergoglio cree que, para recuperar la autoridad moral perdida, la Iglesia Católica se verá obligada a adaptarse a los tiempos que corren, asumiendo una postura más tolerante hacia quienes se desvían de sus enseñanzas. Francisco tiene buenos motivos para inquietarse. A pesar de la popularidad personal que ha sabido granjearse merced al estilo llano que lo caracteriza, sabe que la influencia de la Iglesia que encabeza tiende a disminuir, lo que es natural en una época tan relativista, y tan escéptica, como la actual. Huelga decir que no la ha ayudado la proliferación de escándalos provocados por la pedofilia clerical que han tenido un impacto muy fuerte en América del Norte y Europa, sobre todo en Irlanda, país en que hasta hace poco la Iglesia Católica ejercía una virtual dictadura moral. Además de la ignominia que le han supuesto tales abusos, la Iglesia irlandesa se ha visto sacudida por el descubrimiento reciente de los esqueletos de 800 niños en el pozo ciego de un convento. En la Argentina y otros países latinoamericanos los casos de pedofilia o del maltrato de huérfanos recogidos por instituciones católicas no han sido tan frecuentes como en el resto del mundo, pero así y todo es llamativo que el prestigio de clérigos determinados se haya debido a su voluntad de hablar como militantes políticos resueltos a defender los intereses de los marginados fulminando en contra de la inequidad y la corrupción, no a su eventual rigor doctrinario, ya que hoy en día escasean los que toman en serio los temas teológicos que en el pasado preocupaban a los doctores de la Iglesia. En una oportunidad Francisco advirtió que la Iglesia corría el riesgo de convertirse en nada más que “una ONG piadosa”, pero al concentrarse en denunciar las lacras sociales actúa como una entidad de dicho tipo. Puede que lo que hace sea muy valioso, pero no tiene mucho que ver con la fe religiosa, ya que comparten plenamente su angustia muchos agnósticos y ateos. Mientras tanto, la fervorosa prédica clerical a favor de la castidad y del matrimonio tradicional, o en contra de los anticonceptivos, no parece haber incidido en la conducta de nadie. Lo mismo que sus antecesores en el trono de San Pedro, Francisco se ve frente a un dilema nada sencillo. Si se aferra a los dogmas históricamente reivindicados por la Iglesia, se ampliará cada vez más la distancia que la separa de la mayoría que, como es natural, tiende a acompañar las corrientes sociales y culturales dominantes. En cambio, si elige evolucionar, por así decirlo, perderá lo que siempre la ha diferenciado de los demás credos o movimientos ideológicos. Cuando aún era el cardenal Joseph Ratzinger, el papa emérito Benedicto XVI insistía en que la Iglesia Católica debería resignarse a su condición minoritaria en una edad signada, al menos en el Occidente, por el escepticismo radical, con la esperanza de que, andando el tiempo, los cansados de vagar por lo que a su juicio era un desierto espiritual terminarían buscando asilo en el catolicismo tradicional. Parecería que Francisco prefiere la alternativa de tratar de reconciliarse con la modernidad asumiendo posturas más simpáticas, pero puede que, a cambio de una mayor popularidad, la institución de la que es jefe sí se transforme en lo que llamó “una ONG piadosa” que, como tantas otras, se limite a hacer buenas obras y agitar a favor de los rezagados.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Domingo 29 de junio de 2014


Por basarse en presuntas verdades eternas que serán accesibles sólo a ciertos iniciados que cuentan con la aprobación de sus superiores jerárquicos, la Iglesia Católica nunca podrá ser una organización democrática, pero parecería que el papa Francisco cree que le convendría prestar más atención a las opiniones de los fieles, razón por la que el año pasado repartió un cuestionario entre las diversas conferencias episcopales para que le informaran de sus prioridades. Parecería que las respuestas lo han convencido de que, para reconectarse con una grey que propende a alejarse, de ahí la expansión de las despectivamente llamadas “sectas” evangélicas en buena parte de América Latina, la Iglesia tendría que cambiar su actitud frente a temas tan sensibles como el divorcio, la homosexualidad y, desde luego, la conducta sexual de las personas, que durante tanto tiempo la han obsesionado. Dicho de otro modo, Jorge Bergoglio cree que, para recuperar la autoridad moral perdida, la Iglesia Católica se verá obligada a adaptarse a los tiempos que corren, asumiendo una postura más tolerante hacia quienes se desvían de sus enseñanzas. Francisco tiene buenos motivos para inquietarse. A pesar de la popularidad personal que ha sabido granjearse merced al estilo llano que lo caracteriza, sabe que la influencia de la Iglesia que encabeza tiende a disminuir, lo que es natural en una época tan relativista, y tan escéptica, como la actual. Huelga decir que no la ha ayudado la proliferación de escándalos provocados por la pedofilia clerical que han tenido un impacto muy fuerte en América del Norte y Europa, sobre todo en Irlanda, país en que hasta hace poco la Iglesia Católica ejercía una virtual dictadura moral. Además de la ignominia que le han supuesto tales abusos, la Iglesia irlandesa se ha visto sacudida por el descubrimiento reciente de los esqueletos de 800 niños en el pozo ciego de un convento. En la Argentina y otros países latinoamericanos los casos de pedofilia o del maltrato de huérfanos recogidos por instituciones católicas no han sido tan frecuentes como en el resto del mundo, pero así y todo es llamativo que el prestigio de clérigos determinados se haya debido a su voluntad de hablar como militantes políticos resueltos a defender los intereses de los marginados fulminando en contra de la inequidad y la corrupción, no a su eventual rigor doctrinario, ya que hoy en día escasean los que toman en serio los temas teológicos que en el pasado preocupaban a los doctores de la Iglesia. En una oportunidad Francisco advirtió que la Iglesia corría el riesgo de convertirse en nada más que “una ONG piadosa”, pero al concentrarse en denunciar las lacras sociales actúa como una entidad de dicho tipo. Puede que lo que hace sea muy valioso, pero no tiene mucho que ver con la fe religiosa, ya que comparten plenamente su angustia muchos agnósticos y ateos. Mientras tanto, la fervorosa prédica clerical a favor de la castidad y del matrimonio tradicional, o en contra de los anticonceptivos, no parece haber incidido en la conducta de nadie. Lo mismo que sus antecesores en el trono de San Pedro, Francisco se ve frente a un dilema nada sencillo. Si se aferra a los dogmas históricamente reivindicados por la Iglesia, se ampliará cada vez más la distancia que la separa de la mayoría que, como es natural, tiende a acompañar las corrientes sociales y culturales dominantes. En cambio, si elige evolucionar, por así decirlo, perderá lo que siempre la ha diferenciado de los demás credos o movimientos ideológicos. Cuando aún era el cardenal Joseph Ratzinger, el papa emérito Benedicto XVI insistía en que la Iglesia Católica debería resignarse a su condición minoritaria en una edad signada, al menos en el Occidente, por el escepticismo radical, con la esperanza de que, andando el tiempo, los cansados de vagar por lo que a su juicio era un desierto espiritual terminarían buscando asilo en el catolicismo tradicional. Parecería que Francisco prefiere la alternativa de tratar de reconciliarse con la modernidad asumiendo posturas más simpáticas, pero puede que, a cambio de una mayor popularidad, la institución de la que es jefe sí se transforme en lo que llamó “una ONG piadosa” que, como tantas otras, se limite a hacer buenas obras y agitar a favor de los rezagados.

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