Los huevos del tero

TOMAS BUCH

Especial para «Río Negro»

La preocupación por el estado de nuestro hogar, la Tierra, está cada vez más justificada. Se extinguen especies, se contaminan los océanos, se derriten los casquetes polares, se desmonta el Amazonas y los bosques fueguinos, se mata a los osos siberianos por deporte, se destruyen paisajes enteros mediante minas al aire libre, se amenaza la biodiversidad de mil formas. El sistema basado en la codicia y el cortoplacismo de empresarios y gobernantes está en vías de transformar nuestro único hábitat en un desierto cubierto de ciudades hacinadas de hambrientos y desocupados. El movimiento ecologista se ha constituido en respuesta a esta depredación, y lucha con métodos primitivos –aunque a veces vistosos– contra la enorme potencia humana desatada para la destrucción, a quien el futuro no le importa porque sólo debe rendir cuentas a sus accionistas, ya que sus electores suelen ser cautivos. Como disponen de fondos casi ilimitados, son capaces de comprar gobiernos cuando no logran convencerlos de que crearán algunos de los tan necesarios puestos de trabajo. Cuando su propio avance es quien los destruye.

Pero por desgracia, los intereses económicos no sólo son más poderosos que los movimientos ecologistas sino que son mucho más astutos y muchas veces parece que lograran cooptarlos. En los últimos tiempos se han producido varios casos de movilizaciones ecologistas que tienen un factor importante en común. La gente se moviliza por problemas que perciben como relativamente cercanos a sus vidas diarias, pero que son mucho menos graves e importantes que aquellos problemas de los cuales los primeros son meros síntomas muchas veces falsos.

1. La economía argentina crece a ritmo importante, e inclusive la tan necesaria inversión no está muy lejos de los niveles anhelados por los economistas: 22% del PBI parece ser el nivel mágico por encima del cual el crecimiento es sostenible. La desocupación real disminuye por lo menos en los plazos electoralistas; la marginalidad también tiende a hacerlo y la popularidad del gobierno aumenta. Pero ¿cuál es la calidad de estas inversiones y de los nuevos puestos de trabajo? La mayoría de ellos corresponden a los gremios de la construcción, que hacen nuevos rascacielos de oficinas y departamentos para los ricos. Pero no es posible construir una economía sustentable sobre estas bases: un edificio da trabajo mientras está en construcción, después sólo necesita personal de limpieza, porque aun los ascensores y los ingresos son automáticos. Y allí donde se toma personal permanente y en blanco, las condiciones son precarias, y el que se queja es echado, como está ocurriendo en Sierra Grande.

2. Los ambientalistas se quejan de que los alimentos tratados genéticamente pueden ser nocivos para la salud humana, especialmente nuestro principal producto de exportación, la omnipresente soja. Esta, que en los países que nos la compran es empleada para alimentar hacienda, en el nuestro aún está fuera del alcance de la mesa de los pobres. Pero los ambientalistas no se quejan por los verdaderos motivos por los que deberían quejarse, sino por el nunca demostrado efecto sobre su propia salud. Los verdaderos motivos son los cambios recesivos en la tenencia de la tierra, la destrucción del bosque natural para despejar nuevas tierras, el monocultivo, que es un desastre ecológico en sí mismo, aunque no destruyese continuamente el hábitat de miles de especies silvestres. Además está el peligro latente del monocultivo: que una enfermedad que ataque la soja RR puede condenar al país entero a la miseria total.

3. El temor de los entrerrianos por la contaminación de su río casi seguramente es infundada, pero la forma de pseudoindustrialización representada por las papeleras de Fray Bentos puede tener efectos nefastos para el Uruguay. Los contratos celebrados en tiempos de Batlle entre el Estado uruguayo y las empresas papeleras son tan leoninos, y sus ventajas para las empresas son tan escandalosas, que el bloque entero del que hoy es el partido de gobierno, el Frente Amplio, votó en contra unánimemente; tristemente y apretado por un pasado que no puede revocar, ahora defiende a las «papeleras» junto a todos los demás partidos uruguayos, aunque ahora parece estar de acuerdo en la suspensión de las obras por un tiempo. Las papeleras que ni siquiera producirán papel, un producto industrial terminado, sino solamente un producto intermedio tienen libertades de aduana, exenciones impositivas, puertos francos, derechos a indemnización de parte del Estado uruguayo por cualquier causa que reduzca sus ganancias por ejemplo, una huelga del personal por aumentos de salario, o un cierre por contaminar el río, que serán prácticamente extraterritoriales; emplearán unos pocos centenares de trabajadores, y nadie ha explicado qué significa realmente para Uruguay la enorme inversión de 1.800 millones de dólares. Es como decíamos más arriba: la inversión es considerada un fin en sí mismo, sin importar su calidad ni sus consecuencias. Ahora el Presidente Vázquez se encuentra embretado por contratos firmados por su antecesor poco antes de dejar el cargo, y que no puede denunciar sino a un costo insoportable para la economía uruguaya. Además, las fábricas de pasta de celulosa viven de otro monocultivo, que tiene los problemas de todos los monocultivos: su terrible vulnerabilidad ante cualquier peste que la ataque. El eucaliptus es además una planta tan ávida de agua que crece llueva o no; si no llueve, deseca el suelo. Y se nutre de una de las mayores fuentes de agua dulce del mundo. No es casual ni por ayudar al Uruguay que las empresas eligieron esa ubicación, aunque no sea porque un país pobre pueda servir de sumidero de la basura de los ricos, como pre

tenden los ambientalistas. Hace quince años que se viene preparando este problema, pero con nuestra habitual cortedad de vista nosotros no lo vimos venir y tuvimos que esperar hasta que avanzase hasta hacerse insoluble. Las empresas ya llevan demasiado dinero invertido como para aceptar que se cuestione el principio mismo de su existencia. En la otra punta de nuestro mapa, en Tierra del Fuego, hace años que se arrasa con el bosque nativo sobre todo del lado chileno para hacer papel y conglomerados, de esos que han reemplazado a las tablas en las carpinterías. Hubo fuertes movimientos que consiguieron frenar a la empresa Trillium por lo menos parcialmente. Habían comprado 350.000 hectáreas de bosque de lenga a 5 u$s por ha, para transformar el maravilloso bosque nativo en astillas de madera, en un emprendimiento «modelo» que iba a proveer 50 (¡¡cincuenta!!) puestos de trabajo estables a cambio de la destrucción de todo un ecosistema irreemplazable.

4. Aunque un poco diferente: la creciente monopolización de los medios de difusión masiva (de la que honrosamente este medio se viene salvando) hace muy poco transparente la libertad de prensa, en particular cuando se quiere denunciar este tipo de atropellos poco conocidos. Se lucha contra la censura por ejemplo, en el caso de las malhadadas caricaturas de Mahoma pero se olvida, por ejemplo, que el primer ministro Berlusconi es el dueño de la mayor parte de los medios de prensa escritos y televisados de Italia, o que la oposición controla casi toda la prensa venezolana. Qué es libertad de prensa, es el dueño quien lo define, como entre nosotros lo hacen los grandes grupos multimedia (diarios, más radios, más televisoras, más cables, todos batiendo el mismo parche al unísono) que antes –y con razón– estaban prohibidos, hasta que Menem derogó la prohibición produciendo una fantástica, nefasta y poco conocida concentración de los medios en poquísimas manos, no todas ellas limpias de toda clase de sospechas. Ahora nos acordamos de nuestros propios contaminadores, después de haber convivido con el Riachuelo durante siglos y con Dock Sur, el Matanza y el Reconquista durante décadas. Ya veremos si nuestras autoridades harán algo más que cerrar provisoriamente la papelera de Baradero; total, los temas pasan tan rápidamente de la atención de los medios, mucho más interesados en los Rolling Stones que en el nivel de vida de millones de argentinos, que, en el mejor de los casos, servirán para conmovernos durante un rato, mientras miramos la fantástica trivialidad y estupidez de los principales programas televisivos.

Se podrían citar varios ejemplos más de este fenómeno. Uno de ellos, por supuesto, es el de la energía nuclear: el 40% de la energía eléctrica en el mundo entero aún proviene del más sucio de todos los combustibles, el carbón; la minería del carbón ha devastado regiones enteras y lo sigue haciendo, aun en los E.E. U.U. y causado miles de muertes las últimas en Méjico y antes de eso, en nuestro Río Turbio –pero de eso no se habla–. Los teléfonos celulares han proliferado de una manera increíble: ya hay más teléfonos móviles que fijos en nuestro país y cualquier reunión o concierto puede ser interrumpido alevosamente. Pero la preocupación de muchos usuarios no es la contaminación comunicativa, que hace virtualmente imposible estar solo ni –Dios no lo permita– pensar, tal vez para reflexionar a qué nos conducen estos aparatos omnipresentes que no sólo permiten hablar con otros, sino sacar fotos y videos, consultar a internet, y pronto, afeitarse. La preocupación es la nunca demostrada acción de la radiofrecuencia sobre el cerebro, que está mucho más gravemente afectado por la contaminación informativa. Algo parecido se podría decir de internet, esta maravillosa fuente de información sobre todos los temas que jamás han interesado a algún ser humano: pero las páginas más consultadas son las de pornografía. Estamos realmente muy enfermos, como especie. Y no hacemos nada para evitar que esta enfermedad siga infectando a nuestros sucesores; así, la enfermedad podrá revelarse como mortal para una humanidad «humana».

La contaminación es ubicua: nuestro mundo se está convirtiendo rápidamente en un basural –tanto físico como moral– pero son sólo unos pocos los temas que nos preocupan, y muchos de éstos son ficticios. ¿Será la táctica del tero que grita en un sitio para que los enemigos no se den cuenta de que puso el huevo en otro distinto? Pero en este caso los «enemigos» somos el 98% de la humanidad.


Exit mobile version