Los rostros de Alfredo Casero

Cómo fueron las presentaciones del cómico en la región. En escena no es el “de la tele” ni el que saltó a los titulares hace poco por pelearse con el gobierno de Cristina Fernández.

Redacción

Por Redacción

En esta época Alfredo Casero despierta sentimientos encontrados. El público que lo va a ver es amplio, heterogéneo, multigeneracional y, probablemente y en parte, ajeno al viejo humor del artista creador de “Cha Cha Cha”. Su intervención en el caso del legislador K Juan Cabandié tuvo interesantes consecuencias en lo que se refiere a su figura como cómico “de fuste”. (“¿me podés decir que carajo es un fuste?”, le pregunta en un momento de su show “Ojo que viene Casero” al actor y cantante Diego Rivas). Pero sí, de fuste. Por eso, y por su larga y destacada intervención en la pantalla grande (ahora con “Farsantes” donde mantuvo un contrapunto extra actoral con Julio Chávez), es que Casero se encuentra con un público más circunspecto, con los decibles a la mitad, con nietos grandes, fumones que, como él mismo denuncia, engañan a la tía y la dejan sola en una butaca, mientras Alfredo Casero se le cae encima con el peso de toda su tradición humorística. Una que conjuga el under con los guiños de la pantalla chica, el teatro dramático, el varieté y el teatro burdo. El acompañamiento musical de Diego Rivas no hace más digeribles las cosas para quien no lo conoce. Hubo un tiempo en que el público de Casero le gritaba “¡Gordo!” Una y mil veces hasta que lo sacaban de quicio y el actor respondía con potencia de súper héroe (Batman, obvio): “¡Gordo y la concha de tu madre!”. Pero ese público ha mutado. Casero es también una figura televisiva y, si, política. “Apto” para el horario de las 21 (o eso se presupone). Entonces, se generan ciertas cosas. El no vino a la región a hacer política sino el humor que le sale como le sale. Y de un modo único. A ratos inexplicable, a ratos descomunal. Su presentación en la zona bebió de ambas fuentes. Secuencias crípticas como pensadas para aquel público que lo estima con el fervor con que se quiere a un jugador de fútbol. Chistes casi para niños. Trabalenguas desopilantes. Casero: a todo o nada. Hubo señoras que se levantaron y se fueron. Señores que querían levantarse y no lo hicieron. Flacos que se las tomaron. Y hubo un público que quería más pero no hubo. Casero levitó por el escenario, cantó, gritó, puteo y contó anécdotas sanas, increíbles y delirantes. La de la tía y sus pechos como triángulos, el motor de la suegra funcionando a “conchumegahertz” (“funcionan bajito entre 20 y 30 mil…), y una recurrente postal de Franz Schubert amenizadas por canciones en latín, alemán y, para terminar, japonés. También dio un consejo: “Vean teatro malo”, como una manera de asistir al humor ubicado en otros niveles. Casero es una síntesis de todos los Casero que han vivido y hasta, uno diría, una proyección del futuro Casero que algún día vendrá y volverá. Su espectáculo carga ahora con una extensa variedad de líneas humorísticas que antes no estaban. Tiene más para decir y lo dice con la sabiduría que dan los años. Que no siempre dan ni eso ni nada. Es un raro privilegio observarlo en acción. Lanzado en velocidad buscando en ese cerebro dinámico, monstruoso, textos, conversaciones y momentos que puedan provocar una sensación que el público sólo puede encontrar en sus espectáculos. Es justo decir que Casero desconcertó a una fracción de los que estuvieron en su show. Con paso lento y esbozando conceptos a medias dejaron la sala pensando ¿qué?. Quizás que aquel Casero no era el “de la tele” ni el que saltó a los titulares hace poco por pelearse con un ala del gobierno de Cristina Fernández. En su fuero íntimo, Casero continúa siendo una construcción de sí mismo. El actor que atravesó el océano de la incertidumbre, igualito que todos nosotros, para llegar a nosotros entero, herido, lleno de proyectos y haciéndonos reír o sabe dios qué más.

Claudio Andrade candrade@rionegro.com.ar


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