Los tres chiflados

Por Redacción

Si lo que se han propuesto los encargados de manejar la economía nacional es sembrar desconcierto tanto en el país como en el exterior, de tal modo llamando la atención de los demás a la singularidad del “modelo de acumulación de matriz diversificada con inclusión social”, un invento de los kirchneristas que los más vehementes amenazan con “radicalizar”, estatizando aquellas empresas que les parecen rentables, tienen motivos de sobra para sentirse muy orgullosos de los resultados de su trabajo. El jueves pasado, los tres miembros más destacados del equipo económico de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner se las ingeniaron para protagonizar episodios que en otras latitudes provocarían una gran crisis política pero que en la Argentina, habituada como está a las excentricidades de los funcionarios del área económica, parecieron casi rutinarios. Mientras se difundía un reportaje de la televisión griega en que el ministro de Economía, Hernán Lorenzino, dejó boquiabierta a la periodista Eleni Varvitsitslotis cuando, luego de mostrarse incapaz de contestar una pregunta acerca de la inflación, dijo “me quiero ir” –palabras que con toda seguridad lo acompañarán por el resto de sus días–, el secretario de Comercio Interior Guillermo Moreno y el viceministro de Economía Axel Kicillof irrumpieron atropelladamente en una asamblea de accionistas del Grupo Clarín, declarando que pronto se apoderarán de la empresa. “¡Mirá con lo que nos vamos a quedar!” gritó Moreno para que todos los asistentes a la reunión entendieran lo que tenía en mente. De tratarse de funcionarios de una pequeña municipalidad alejada de los centros urbanos principales, la conducta extravagante de los tres sólo motivaría sonrisas compasivas, pero sucede que son los responsables de administrar una economía que, después de algunos años de crecimiento rápido, se ha frenado de golpe y podría estar por hundirse en una recesión angustiante, una que, para más señas, sufre lo que sería la tasa de inflación más alta del mundo si no fuera por los esfuerzos denodados en tal ámbito del gobierno bolivariano de Venezuela. Por lo demás, aunque en teoría al menos Lorenzino, Kicillof y Moreno son miembros del mismo equipo, es evidente que no comparten las mismas ideas. Según parece, Lorenzino es un técnico apolítico que por lo tanto es sospechoso de sentirse tentado por la herejía liberal, un hombre que, si bien figura como el jefe formal del Ministerio, en realidad se limita a enviar mensajes escritos por otros a acreedores impacientes con la esperanza de frustrar sus esfuerzos por cobrar el dinero que el Estado nacional les debe. Por cierto, a juzgar por lo que Lorenzino dijo a la periodista griega que lo entrevistaba, no tiene la menor idea de lo que está ocurriendo en el país, razón por la que no pudo responder a una pregunta sumamente sencilla. ¿Renunciará a causa de lo sucedido? Tal vez, pero sorprendería que su eventual reemplazante sirviera para mejorar la calidad de la gestión económica del gobierno kirchnerista; por razones comprensibles, escasean los profesionales prestigiosos que estarían dispuestos a colaborar con personajes como Kicillof y Moreno. Según algunos, Kicillof es un marxista del tipo que abundan en el mundo académico no sólo argentino sino también europeo y norteamericano, pero otros le atribuyen ideas keynesianas. Sea como fuere, no cabe duda de que ha logrado convencer a Cristina de que sabe cómo manipular todas las variables a pesar de lo decepcionantes que han sido los resultados concretos de sus intentos de hacerlo. En cuanto a Moreno, parecería que se ubica en las antípodas de Kicillof, ya que es un peronista de instintos derechistas que no soñaría con perder el tiempo prestando atención a las lucubraciones de académicos izquierdistas. Por el contrario, confía en su capacidad notable para intimidar a los empresarios, obligándolos a obedecer sin chistar sus órdenes, de ahí el esfuerzo por parar la inflación en seco congelando los precios en los supermercados. Para extrañeza de muchos, parecería que a Cristina le gusta su estilo combativo, si bien un tanto plebeyo, y que por este motivo lo tolera sin preocuparse demasiado por la opinión de quienes lo consideran responsable de agravar una crisis que ya ha tenido un impacto devastador en los sectores más productivos de la economía nacional.


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