Los votos del “gigante invertebrado”…
“Historia de las Elecciones en Argentina. 1805-2011”. Éste es el título de la más rigurosa exploración sobre el ejercicio del sufragio en nuestro país que se haya producido, al menos, en varias décadas. Publicado hace tres años por “El Ateneo”, la exploración está a cargo de cuatro historiadores de trayectoria con fuerte impronta de calidad en sus miradas, reflexiones sobre nuestro pasado y el mundo de las ideas que lo agitaron: Hilda Sábato, Marcela Ternavasio, Luciano De Privitellio y Ana María Persello. El trabajo tiene, a modo de remate, un epílogo a cargo de uno de los pensadores más lúcidos sobre el devenir de nuestra historia: Natalio Botana. Un epílogo que, por la dimensión en términos de reflexión, es en sí mismo un breve ensayo. Y se abre el trabajo con un prólogo del historiador Ricardo de Titto, el que –igual del aporte de Botana– se define por la mirada aguda con que aborda el libro. Dice De Titto, por caso, que la complejidad inherente a los procesos sociales “se impone progresivamente en lo que llamamos “opinión pública”. Es preciso, sin embargo, profundizar esta mirada para evitar caer en juegos maniqueos que culminan por explicar la realidad como un sempiterno enfrentamiento –e inacabado, por supuesto– entre “buenos” y “malos”. Para De Titto, el libro que prologa tiene, vía sus autores, el mérito de reflexionar la historia de las elecciones ajenos a dejarse arrastrar por esos extremos. Un mérito que para él se extiende al “esfuerzo de los autores” por alejarse de las fórmulas que pivotean, a la hora de pasar revista a nuestro pasado, en la “Argentina pacífica” y la “Argentina violenta”. Un correrse que se prolonga a no sumarse a visiones propias de la “historia oficial” y su contracara, la supuesta “historia enfrentada” a una supuesta “historia verdadera”, que se le ha ocultado de modo avieso a la gente común. Pero volvamos al sustancioso aporte de Natalio Botana. Junto con el sociólogo y economista Juan José Llach, integra el reducido grupo de pensadores que ha hecho del desequilibrio demográfico que signa el espacio argentino, un problema de extrema gravedad para el funcionamiento del sistema político. Cuestión que, con pertinaz conducta, la política no atiende. No figura en su agenda porque, precisamente, el tramo más decisivo de ese espectro se beneficia, en términos de incidir sobre ese espacio vía el clientelismo político. En términos de máxima expresión de ese equilibrio, huelga señalar que se trata del conurbano bonaerense y Capital Federal con sus 13 millones de habitantes. A lo que se suma el peso demográfico del resto de la provincia de Buenos Aires (ver infograma). Reflexiona Botana: • El siglo XX “fraguó una tradición participativa abonada por la obligatoriedad del sufragio y por la importancia que el electorado atribuye a los comicios en los cuales se dirime la puja presidencial. En estas coyunturas los porcentajes aumentan y pueden llegar a superar el 80 % del padrón”. • Empero, “este cuadro de participación se modifica dramáticamente cuando el análisis explora el ámbito en el cual estos fenómenos ocurren. De acuerdo con esta óptica espacial, las diferencias entre provincias son enormes porque justo en el momento en que se fue destacando el perfil de una democracia de masas, se aceleró vertiginosamente el crecimiento de una megalópolis en el conurbano bonaerense”. • Botana entiende que el fenómeno alcanzó perfiles de “mayúsculo” en términos cuantitativos desde hace seis décadas. Y que lejos está de detenerse. Un constante crecimiento de “la gravitación electoral de la provincia de Buenos Aires, que tenía 2.066.428 habitantes en 1914, 10.865.408 en 1980, 13.827.203 en el 2001 y 15.594.428 en el 2010”. • Si se toma –por caso– a modo de referencia las elecciones parlamentarias del 2009, “los contrastes son aún más claros: los 8.014.867 votos que se emitieron en territorio bonaerense exceden la suma de los correspondientes a la Ciudad de Buenos Aires (1.872.698), Córdoba (1.752.476), Santa Fe (1.797.116), Mendoza (920.832), Tucumán (757.111) y Entre Ríos (691.165). • Los datos alientan una conclusión: la participación electoral más activa, más decisiva, se remite a una sola provincia. Importa entonces, para Botana, “subrayar una continuidad que nos conduce desde aquel antiguo “poder de Buenos Aires” que buscaron doblegar Rivadavia, Mitre y Roca, a la actual circunstancia de un poder electoral desproporcionado con respecto al resto del país. A ellos ha contribuido la reforma constitucional del 94 que habilitó la elección directa del presidente, suprimiendo Juntas Electorales y eliminando de paso la sobrerrepresentación de los distritos chicos que regía la elección de dichos electores. Conclusión de Botana: en materia de elecciones, en la Argentina manda la provincia de Buenos Aires. Un espacio al que, en clave orteguiana, suele definir de “gigante invertebrado”. O sea, un espacio demográficamente enorme signado por los “peores contrastes que tiene el país, el lugar de choque feroz de desigualdades”…
Natalio Botana