Lugares y jardines laberínticos

«Laberinto: construcción arquitectónica, sin aparente finalidad, de complicada estructura y de la cual, una vez en su interior, es imposible o muy difícil encontrar la salida», define Jean Cirlot en su «Diccionario de símbolos». Este emblema fue usado con frecuencia por los arquitectos medievales, ya sea aplicado al diseño de jardines como a la construcción de las catedrales que dejó como legado la época.

En las postrimerías del siglo XVI, hubo una auténtica explosión del arte de la jardinería, que entre sus fantasiosas creaciones se valió con frecuencia de los laberintos. Más que en los trazados laberintiformes propiamente dichos, el énclave genuino de los laberintos italianos se cristalizó en los jardines filosóficos que la fantasía de algún melancólico caballero hizo construir en distintos puntos de la península. La más célebre de estas creaciones es el parque de los Monstruos (o Bosque Sagrado) de Bomarzo. Se trata del trazado ideal e intelectualizado de un viaje, de un camino que reviste la forma del misterio, de la purgación, de la pérdida de la recta senda; y también de un descenso a los infiernos.

El primer documento escrito sobre laberintos construidos en jardines italianos es la descripción de la Villa d»Este de Tívoli, dedicada en 1473 a Catalina de Médicis por su autor, Stefano Duperac, y compuesta por cuatro laberintos rectangulares del mismo diseño.

Como prueba del interés que generaba la materia, el estudio de los laberintos florales comparece con toda una serie de trabajos dedicados a la jardinería. En Francia, Androuet du Cerceau, uno de los grandes artífices del Renacimiento francés y arquitecto de Catalina de Médicis, dejó tres bosquejos de laberintos florales: uno destinado a Charvelay y dos a los jardines del palacio del arzobispo de Ruán en Gaillon.

Sin embargo, es en las catedrales donde el laberinto medieval mejor se ha conservado. Una de las hipótesis que fundamenta la presencia de esta figura se origina en la atmósfera religiosa de la época, lo que explicaría que en algunos casos el laberinto recibiera el nombre de «Chemin de Jhérusalem».

Ubicado sobre el piso de los templos, el laberinto simbolizaba los enredos, las tribulaciones y los engaños que se interponen en el camino que conduce al hombre a la buenaventura celestial, pero se cree que también servía para advertir a los fieles de los peligros que corrían al alejarse de la recta vía de los deberes cristianos. Otras opiniones le atribuyen una utilidad específica como trazado para las procesiones en el interior de la catedral.

En ese contexto, no es descabellado pensar que, con la decadencia de las Cruzadas y del espíritu que las había animado, el recorrido del laberinto en la iglesia se inventase como sustituto de una peregrinación más peligrosa. Lo extraño es que, a pesar de que los laberintos estaban en el piso o en las paredes de las iglesias, casi ninguno de estos diseños incluía la cruz o cualquier otro emblema cristiano. (Télam)


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