Luto interminable

Por Redacción

Ya han transcurrido más de cinco meses desde el colapso espectacular no sólo del gobierno del ex presidente Fernando de la Rúa sino también de la economía nacional, pero aún no se ven muchas señales de que estén por conformarse nuevos movimientos dispuestos a hacer frente al desafío así planteado. Antes bien, el país parece haberse resignado al fracaso. Mientras que «los dirigentes» del establishment populista han continuado actuando como si «la crisis» les fuera ajena, la mayoría de los demás se ha limitado a lamentar lo ocurrido, achacándolo a sus enemigos particulares, protestando con virulencia contra la banca y el FMI o participando en «escraches» – es decir, en amagos de linchamiento-, contra distintos políticos. En otras partes del mundo, derrumbes similares han provocado cambios ideológicos muy grandes, pero por ahora las únicas novedades consisten en el probable aumento del llamado voto bronca y la popularidad acaso pasajera de figuras contestatarias como Elisa Carrió y Luis Zamora. Dadas las circunstancias, el clima de protesta es comprensible, pero lejos de equivaler a una respuesta a la crisis constituye un pretexto para la pasividad.

La parálisis intelectual que es la característica más notable de la política en estos momentos afecta por igual a la izquierda y a la derecha. Parecería que los «progresistas» están tan acostumbrados a desempeñar un papel testimonial que por lo común consiste en deplorar la rapacidad de los financistas, celebrar los eventuales errores cometidos por el FMI y la prepotencia de Estados Unidos -país que, no lo olvidemos, posee una economía que es por lo menos cincuenta veces mayor que la nuestra-, que no se les ha ocurrido intentar formular propuestas concretas que sean realistas. Por su parte, la derecha, consciente de su propia debilidad electoral, parece tan traumatizada por el temor a ser acusada de golpista, prebendaria y esencialmente corrupta, que se resiste a presentar un programa que podría permitirle cumplir un rol comparable con aquel de sus homólogos de Estados Unidos y la Unión Europea. Sin embargo, a menos que el duopolio radical-peronista se vea reemplazado muy pronto por un orden dominado conjuntamente por una izquierda democrática y una derecha igualmente comprometida con los valores que están en la raíz no sólo de la democracia sino también de la convivencia civilizada, al país no le será posible sustraerse al pantano en el que está atrapado desde hace muchos años.

La resistencia de los progresistas a tomar en serio la crisis puede entenderse. Con muy escasas excepciones, sus integrantes se han negado a asumir el hecho de que la Argentina sea un país pobre y atrasado cuyos problemas actuales se remontan a la primera mitad del siglo pasado cuando, entusiasmado por la idea de su riqueza natural, resultó incapaz de acompañar a países como Alemania, Italia, Estados Unidos y Australia, que protagonizaron las décadas de crecimiento muy rápido que después serán recordadas como propias de una época de oro. Asimismo, el deseo de atribuir la crisis a la malevolencia de sus adversarios ha significado que muchos se hayan convencido de que antes de 1975 tanto la economía como la sociedad disfrutaba de buena salud, lo cual, desde luego, es un disparate.

Las dificultades de los presuntamente consustanciados con el capitalismo moderno son un tanto distintas. En demasiadas ocasiones, han aceptado colaborar ya con regímenes militares, ya con gobiernos civiles corruptos, que daban la impresión de compartir sus prioridades. Asimismo, no les es del todo fácil mantener a raya a los empresarios cortesanos que afirman ser «liberales», pero que siempre han sido duchos en el arte de aprovechar su proximidad al ministro de Economía de turno. Por cierto, de difundirse la convicción de que los ex ministros Ricardo López Murphy y Patricia Bullrich -los dos dirigentes de la centroderecha más prominentes- no son sino los representantes más recientes del empresariado tradicional, la imagen así supuesta no sólo facilitaría la tarea de los resueltos a satanizarlos, sino que también brindarían a muchos progresistas una excusa para negarse a abandonar las teorías conspirativas que los han hecho incapaces de entender los cambios que se han concretado tanto en el país como en el resto del mundo.


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