Machis aportan sus saberes para cuidar la salud del pueblo mapuche
Fructífera experiencia de interculturalidad. Galardón nacional a periodista de "Río Negro".
Pampa del Malleo es un valle húmedo tapizado de verde que se ubica en un privilegiado rincón de la provincia de Neuquén, al pie de la cordillera de los Andes y a unos 500 kilómetros de la ciudad capital. En ese lugar hace 25 años el entonces flamante médico Armando Cala Lesina sintió el desaire de sus potenciales pacientes, con quienes ni siquiera podía cambiar palabras, pues la mayoría sólo hablaba su lengua nativa.
«Era un sapo de otro pozo», resume el médico por estos días del nuevo siglo.
Malleo es tierra de mapuches y la comunidad aborigen -precisamente- es identificada con el nombre del valle, que a su vez lo adoptó del río que nutre un campo majestuoso.
Pasaron muchos días para que Cala Lesina se diera cuenta de que algo extraño pasaba en ese lugar de postal, donde se sentía un verdadero invasor.
Una mañana cualquiera, desde su consultorio, un espacio robado a la escuela rural, el médico notó que todos los días los mapuches entraban y salían del rancho de la más anciana de las mujeres indígenas. Fue mucho tiempo más tarde que el médico estuvo cara a cara con la machi de la comunidad aborigen de Malleo. Fue luego de mucho andar que Cala Lesina entendió quiénes eran y qué hacían las machis (¿brujas?) mapuches, por entonces las únicas «autorizadas» para curar a su gente. Fue al cabo de muchas colisiones entre cultura y ciencia que el médico estrechó lazos con los pueblos originarios neuquinos.
A 25 años de aquella experiencia, el proyecto de articulación entre el saber popular y el conocimiento científico, elaborado por Cala Lesina, cuenta con el visto bueno de la subsecretaría de Salud de Neuquén y se lleva adelante exitosamente en el territorio provincial. El médico, además, integró la iniciativa a la materia Cultura y Salud que dicta como profesor titular en la Escuela de Medicina de la Universidad Nacional del Comahue (UNC).
Cuatro mujeres mapuches, tres de ellas ancianas, lo acompañan en paneles y disertaciones sobre la experiencia, e incluso -una vez al año- participan del dictado de una clase a los estudiantes de segundo año de Medicina.
«No curo con yuyos ni hago gualichos», sonríe Cala Lesina, el actual director del área Programas de la subsecretaría de Salud de Neuquén. La aclaración tiene que ver con el alud de críticas que le arrojaron muchos colegas quienes, en más de una oportunidad, hablaron de un probable «ejercicio ilegal de la medicina».Nada fue fácil en territorio neuquino.
El primer esbozo de acercamiento a la comunidad fue un impacto frontal entre las dos culturas, y el médico se vio obligado a contener el reflejo de marcharse maldiciendo a mapuches, cordillera y curanderas. Pero ya eran muchos los médicos que habían fracasado en guerras particulares.
Básicamente, el proyecto de articulación entre el saber popular y el conocimiento científico parte de reconocer que ambos «coexisten en el mundo cotidiano y en aceptar que la gente los tiene incorporados»,define el médico neuquino.
«Entender la cosmovisión del pueblo mapuche nos hace entender a la salud como fenómeno social», explica Cala Lesina sentado en una oficina del centro de la ciudad de Neuquén.
«En Malleo, antes de mi llegada, la gente nacía, vivía, enfermaba, curaba y moría. Y si bien yo podía hacer mi aporte y aplicar mis conocimientos, la confianza la tenían en la machi que siempre se había encargado de todo», agrega el médico que, salvo de ubicar a las parturientas mirando hacia la salida del sol, nunca reemplazó sus conocimientos académicos por el de las machis mapuches. «Ellas querían que los nacimientos fueran mirando hacia el este y me pareció razonable que así fuera», añade Cala Lesina.
Doble consultorio
En Malleo, para poder empezar a trabajar, tuvo que acordar con la machi y conformar una suerte de doble consultorio.
«La medicina mapuche está basada en el empirismo y la hechicería; era ejercida por los machi-shaman, pero progresivamente fueron predominando las mujeres quienes son actualmente las encargadas, salvo excepciones, de atender la salud de la población aborigen», afirma Ruth Ovejeros, investigadora del arte y la cultura mapuche.
«Le propuse a la machi, que se llamaba Domitila, que reciba a la gente en la entrada y que después los pacientes pasen a mi consultorio. Yo no interferí en su trabajo y ella tampoco en el mío», recuerda Cala Lesina sobre la experiencia en Malleo. El último gran choque con la anciana terminó sellando la amistad. Fue cuando la mujer se quebró un brazo y se negaba a cualquier curación «huinca», la denominación que los indígenas le dan a los blancos. «Decía que yo le quería hacer perder el brazo, para que ya no pudiera seguir curando. Al final, una vez que se estuvo bien, no paró de agradecérmelo», completa Cala Lesina.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda expresamente la capacitación de los médicos académicos en los distintos aspectos de la medicina popular-tradicional. El organismo destaca la conveniencia de que éstos reciban una enseñanza orientada a la comprensión de los saberes y prácticas curativas cotidianas de los grupos sociales marginados. De este modo, analiza la OMS, el estudiante entenderá las diferentes cosmovisiones del proceso salud-enfermedad, los recursos humanos y materiales en otras culturas, los rituales y las relaciones con la medicina académica 1.
La enseñanza de la medicina popular-tradicional a través de la materia Antropología Médica suma once años de dictado en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
«El objetivo no es transformar a nuestros estudiantes en curanderos ni en expertos en rituales de la medicina popular. Nuestro curso sí pretende que los estudiantes conozcan, comprendan y se expliquen los fenómenos que suceden alrededor de las prácticas médicas populares urbanas, rurales e indígenas, y que tengan una contextualización teórica suficiente en el campo de las ciencias socio-antropológicas para fundamentar las razones por las cuales los enfermos deciden acudir a los curanderos, la eficacia de algunos recursos fitoterapéuticos y simbólicos que ellos emplean», explica el docente de la facultad de Medicina de la UNAM, Roberto Campos Navarro.
«Aún falta un reconocimiento oficial de las culturas y medicinas de los pueblos originarios, aunque en algunos casos esta comunicación se está dando de manera satisfactoria», afirma el pediatra neuquino Julio Arce, quien trazó su propia experiencia, también en la zona cordillerana neuquina. Arce está convencido de que la multiplicación de proyectos tales como el de Cala Lesina resultará fundamental para que «los estudiantes incorporen la idea de interculturalidad en su formación académica».
En la Región chilena de la Araucanía, cuna de los mapuches, la Salud Pública trasandina trabaja en forma mancomunada con las machis e incluso hay un rescate hacia lo natural con un sólido trabajo de fitofarmacología, que utiliza buena parte de los ancestrales aprovechamiento medicinales de la flora autóctona.
Rodolfo Chávez
rchavez@rionegro.com.ar
1_Revista Kallawaya. Instituto de Investigaciones en Antropología Médica y Nutricional Nueva serie N°6.La Plata-Salta octubre 1999.
2-Larry Dossey Tiempo, Espacio y Medicina. Editorial Kairós. Barcelona 1986.
Pampa del Malleo es un valle húmedo tapizado de verde que se ubica en un privilegiado rincón de la provincia de Neuquén, al pie de la cordillera de los Andes y a unos 500 kilómetros de la ciudad capital. En ese lugar hace 25 años el entonces flamante médico Armando Cala Lesina sintió el desaire de sus potenciales pacientes, con quienes ni siquiera podía cambiar palabras, pues la mayoría sólo hablaba su lengua nativa.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora
Comentarios