MARIANA HOGG UN TIEMPO MÁS CERCANO AL NATURAL

“Yo soy paisajista y me empecé a dedicar a todo lo referido a muebles de exterior con material en desuso. Aquí hay caños de oleoductos que se usaron en Neuquén, una mesa armada con dos postigones y patas del marco de una ventana. Uso varillas de bombeo de petróleo, tuercas de herramientas muy grandes, aisladores que separaban los cables eléctricos de los postes y un vidrio muy resistente que ya no se fábrica más. Lo que encuentro en la chatarra, lo transformo, le voy dando otra utilidad”. –¿Cómo se lleva este diseño con el uso cotidiano? –Los géneros para afuera tienen mucho acrílico y lonas, y lo que hay bajo techo, en galerías –que son parte de un jardín– llevan elementos que no necesitan loneta para que no se mojen. Mi idea es que todo aquello que es grande debería no moverse, y los almohadoncitos y objetos decorativos, que en invierno tengan unos tonos, en verano, otros, para intercambiarlos. La base debe ser neutra y usable en el jardín, que no haya que sacarla y ponerla. Yo diseño jardines y cuando me contratan pienso cada espacio que termina en esto. Comienzo desde lo más básico que son las formas, las alturas, la cosas a tapar o a resaltar como más importantes. De ahí parto hacia la plantación, al mobiliario… tengo una visión entera de lo que voy a desarrollar como proyecto. –¿Cómo es el diálogo con los dueños de casa, la familia, los hijos? –En las primeras entrevistas, por lo general, intento dialogar con todos. No sólo con la dueña que me convoca, aunque a veces son hombres, sino con los que viven en el lugar. Necesito saber quiénes integran la familia, hasta qué animales domésticos tienen, cómo se mueven, cuáles son sus épocas de vacaciones. Hay ocasiones en las que lo que tengo claro no es tal, porque inciden otras miradas. He hecho jardines en San Martín de los Andes y trabajar en Buenos Aires es otra cosa. Hay que considerar el viento, las variaciones climáticas, las luces, la sombra… Uno debería introducirse en esa familia y en su espacio y compenetrarse. De ahí sale el proyecto. ¿Hay chicos? ¿Hay perros? ¿Adónde van? Hay que destinarles un sector. En una casa que no es nueva, poner plantas donde el perro corre es ridículo y un gasto inútil. Esto es un proceso. Lleva tiempo, no se hace en una semana de trabajo. Para hacer un anteproyecto me tomo casi un mes, lo presento, después sigo con el proyecto de plantas sobre lo que el cliente haya aprobado. Con lo cual hay un diálogo de casi dos meses, tres meses, depende. Allí voy viendo lo que él quiere, la interpretación que yo hago de eso. Después voy incorporando elementos a medida que se va viendo la forma. Yo la tengo en la cabeza, trato de plasmarla pero no siempre lo logro, hasta que el otro no tiene aún clara la idea de cómo será finalmente. Cuando el trabajo va avanzando, el cliente se engancha cada vez más y aumenta su participación. Ahí empiezan los diálogos más lindos, más fructíferos, más fluidos. Vamos jugando. Así es mi trabajo. Lo interesante es continuar el proceso, porque la decoración del afuera implica un tiempo posterior, más cercano al natural que acompaña la evolución y desarrollo de cada especie plantada o revalorizada. Es fundamental el tema de los tiempos orgánicos, un jardín no es igual al plantarlo que tres años después o cinco… Ya sabemos cómo será pasado ese lapso, conocemos la envergadura que alcanzará un árbol, un arbusto. Al comitente no le resulta tan fácil concebirlo, quiere tener todo crecido de entrada o todo lleno y hay que advertirle qué ocurrirá porque es una pena después sacar una especie bien desarrollada porque invadió un paso o tapó una vista. Hay tanto diálogo como educación. Hay que hablar, comprender mucho. Mariana usa materiales recuperados, para rescatar la nobleza que les da el paso de los años y transformarlos en elementos para cualquier espacio, aplicables en un jardín para vivir, donde se conjuguen el verde y lo urbano. Adentro, un camino lleva, entre diversos tonos de verdes, a un sitio de sombra y relax. El agua presente, apacigua. Las texturas dan calidez y el reciclado se funde con la elegancia.


“Yo soy paisajista y me empecé a dedicar a todo lo referido a muebles de exterior con material en desuso. Aquí hay caños de oleoductos que se usaron en Neuquén, una mesa armada con dos postigones y patas del marco de una ventana. Uso varillas de bombeo de petróleo, tuercas de herramientas muy grandes, aisladores que separaban los cables eléctricos de los postes y un vidrio muy resistente que ya no se fábrica más. Lo que encuentro en la chatarra, lo transformo, le voy dando otra utilidad”. –¿Cómo se lleva este diseño con el uso cotidiano? –Los géneros para afuera tienen mucho acrílico y lonas, y lo que hay bajo techo, en galerías –que son parte de un jardín– llevan elementos que no necesitan loneta para que no se mojen. Mi idea es que todo aquello que es grande debería no moverse, y los almohadoncitos y objetos decorativos, que en invierno tengan unos tonos, en verano, otros, para intercambiarlos. La base debe ser neutra y usable en el jardín, que no haya que sacarla y ponerla. Yo diseño jardines y cuando me contratan pienso cada espacio que termina en esto. Comienzo desde lo más básico que son las formas, las alturas, la cosas a tapar o a resaltar como más importantes. De ahí parto hacia la plantación, al mobiliario… tengo una visión entera de lo que voy a desarrollar como proyecto. –¿Cómo es el diálogo con los dueños de casa, la familia, los hijos? –En las primeras entrevistas, por lo general, intento dialogar con todos. No sólo con la dueña que me convoca, aunque a veces son hombres, sino con los que viven en el lugar. Necesito saber quiénes integran la familia, hasta qué animales domésticos tienen, cómo se mueven, cuáles son sus épocas de vacaciones. Hay ocasiones en las que lo que tengo claro no es tal, porque inciden otras miradas. He hecho jardines en San Martín de los Andes y trabajar en Buenos Aires es otra cosa. Hay que considerar el viento, las variaciones climáticas, las luces, la sombra… Uno debería introducirse en esa familia y en su espacio y compenetrarse. De ahí sale el proyecto. ¿Hay chicos? ¿Hay perros? ¿Adónde van? Hay que destinarles un sector. En una casa que no es nueva, poner plantas donde el perro corre es ridículo y un gasto inútil. Esto es un proceso. Lleva tiempo, no se hace en una semana de trabajo. Para hacer un anteproyecto me tomo casi un mes, lo presento, después sigo con el proyecto de plantas sobre lo que el cliente haya aprobado. Con lo cual hay un diálogo de casi dos meses, tres meses, depende. Allí voy viendo lo que él quiere, la interpretación que yo hago de eso. Después voy incorporando elementos a medida que se va viendo la forma. Yo la tengo en la cabeza, trato de plasmarla pero no siempre lo logro, hasta que el otro no tiene aún clara la idea de cómo será finalmente. Cuando el trabajo va avanzando, el cliente se engancha cada vez más y aumenta su participación. Ahí empiezan los diálogos más lindos, más fructíferos, más fluidos. Vamos jugando. Así es mi trabajo. Lo interesante es continuar el proceso, porque la decoración del afuera implica un tiempo posterior, más cercano al natural que acompaña la evolución y desarrollo de cada especie plantada o revalorizada. Es fundamental el tema de los tiempos orgánicos, un jardín no es igual al plantarlo que tres años después o cinco… Ya sabemos cómo será pasado ese lapso, conocemos la envergadura que alcanzará un árbol, un arbusto. Al comitente no le resulta tan fácil concebirlo, quiere tener todo crecido de entrada o todo lleno y hay que advertirle qué ocurrirá porque es una pena después sacar una especie bien desarrollada porque invadió un paso o tapó una vista. Hay tanto diálogo como educación. Hay que hablar, comprender mucho. Mariana usa materiales recuperados, para rescatar la nobleza que les da el paso de los años y transformarlos en elementos para cualquier espacio, aplicables en un jardín para vivir, donde se conjuguen el verde y lo urbano. Adentro, un camino lleva, entre diversos tonos de verdes, a un sitio de sombra y relax. El agua presente, apacigua. Las texturas dan calidez y el reciclado se funde con la elegancia.

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