Más confundidos que Podolski

Por Redacción

Fussball ist wie schach, nur ohne würfel” (El fútbol es como el ajedrez, sólo que sin dados). No sé exactamente a través de qué inexcrutables mecanismos del pensamiento asocié esta frase de genio dadaísta de Podolski –el artillero alemán que nos dejó afuera del Mundial 2006– con el monólogo delirante que Kicillof ofreció en la conferencia de prensa que las cinco luminarias económicas del gobierno brindaron para explicar su nueva intervención en la castigada economía nacional. Usufructuando inéditas y muy favorables condiciones de contexto y de disponibilidad de recursos (términos de intercambio récord, reestructuración de los pasivos externos, elevados superávits gemelos), a partir del 2006 la impericia técnica de la gestión oficial se ocupó en forma sistemática de dilapidar esos generosos márgenes de maniobra. Cuando las primeras restricciones se hicieron evidentes, el intento de hacerse de nuevos recursos mutó el modus operandi de la política gubernamental, que pasó a fundarse en la alteración sistemática de las reglas del juego y los arreglos institucionales preexistentes (falseamiento de las estadísticas oficiales, apropiación de la caja del sistema jubilatorio, reforma de la Carta Orgánica del BCRA, imposición del cepo cambiario y prohibición del atesoramiento en dólares, entre otras extravagancias). Aunque en lo inmediato relajaron marginalmente algunas restricciones y permitieron fugar hacia adelante por un tiempo, las consecuencias negativas fueron de mucho mayor alcance y condujeron a la encerrona actual: un contexto signado por la completa desconfianza –si no el espanto– en las iniciativas gubernamentales. En tales condiciones, la palabra oficial carece de toda credibilidad y sus iniciativas son incapaces de revertir el enorme y creciente deterioro que caracteriza el cuadro actual. En tanto continúa negando la raíz de los problemas –la ostensible inconsistencia macroeconómica de todo el régimen de políticas–, no es diferente el destino que les espera a las medidas recién anunciadas: 1) un grosero blanqueo de capitales para intentar remediar la escasez de divisas que asfixia al esquema oficial, 2) arrimar algún recurso de dudoso origen para intentar contener el agujero energético que el Mago no ha podido solucionar y 3) la creación de un instrumento financiero en dólares para intentar revivir el colapsado sector inmobiliario, no como dice el proyecto de ley “por las consecuencias de la crisis financiera en el Norte” (sic), sino por las muy domésticas derivaciones del cepo cambiario local. ¿Será por ello, entonces, que me sonaron delirantes las argumentaciones del megalómano que pretendía hasta hace poco resolver las notorias inconsistencias y las fallas de coordinación inducidas por su propias iniciativas muñido de una planilla de cálculo? El “sonido y la furia” de su soliloquio intentaron dotar de fundamento conceptual a las medidas anunciadas, imaginando una conspiración donde lo que hay, apenas, son espantados tenedores de pesos que buscan refugio para poner su menguante riqueza a resguardo de las sistemáticas agresiones que le propina la propia política económica oficial. No otra es la explicación para una “crisis cambiaria” que, insólitamente, viene a cerrar la década de mayor holgura externa de la economía argentina en más de un siglo. ¿Qué decir del resto del quinteto que, después de varias disonancias motivadas exclusivamente en la intriga por el favor de la Reina, se esmeró por ejecutar al unísono y perfeccionar la partitura del terror? ¿De una presidenta del Banco Central que es incapaz de comprender la conexión obvia entre una tasa de emisión largamente superior al 30% anual durante un período prolongado, el deterioro patrimonial de la institución que dirige para financiar al fisco, la inflación persistente, la vigencia de tasas de interés reales sistemáticamente negativas y la consecuente huida al dólar del público? ¿De un secretario de Comercio cuya principal virtud –más allá de su tono orillero y soez y sus modales de compadrito carrero– es generar desabastecimiento en todo mercado en el que interviene (incluido el cambiario, en el que su pretensión de ahorrar divisas dio lugar en realidad a una creciente escasez porque al instaurar el cepo “olvidó” computar en su contabilidad de almacenero los dólares que iban a dejar de entrar a la economía) o al que, en su célebre intento de controlar la fiebre inflacionaria, no se le ocurrió mejor idea que romper el termómetro y dejar la economía sin unidad de cuenta en la que celebrar contratos, ayudando a colapsar aún más el ya de por sí estrecho horizonte de decisiones de los agentes? ¿De un administrador de impuestos que se dedica con celo extremo a “cazar dentro del zoológico” y que no duda en usar el poder de su organismo como mecanismo de extorsión para acallar cualquier disidencia pero que, a días de cerrado el vencimiento anual de Ganancias y Bienes Personales y de apabullantes indicios sobre corrupción en escala macroeconómica vinculada con la obra pública, propone un escandaloso blanqueo de capitales, el segundo que se ofrece en menos de un quinquenio? ¿O, por último, de un muchacho que en un lapsus patético y memorable confesó que se “quiere ir” y que el “dólar no le importa a nadie” pero que aparentemente pretende que seamos nosotros los que nos quedemos encerrados en el corral que nos han fabricado? Tengo que confesar que nunca los había visto a todos juntos. Y eso… fue demasiado. Si la intención era dar una señal de unidad, evidentemente lo lograron. En condiciones normales, una conducción multifronte, descoordinada y potencialmente contradictoria de la política económica es necesariamente una pésima señal para los agentes económicos. Un escenario de esa naturaleza dificulta la formulación de previsiones consistentes y al promover la incoherencia de las expectativas conduce muy probablemente a resultados económicos negativos. Pero en las disparatadas condiciones actuales no estoy tan seguro de qué es lo que prefiero: que las disputas entre ignorantes, aventureros y fanáticos neutralicen sus respectivas iniciativas o que todos ellos se pongan de acuerdo en la dirección del abismo en la que nos proponen caminar. “Los locos Adams”, “Los sospechosos de siempre” y otros creativos calificativos fueron propuestos para caracterizar al estrafalario quinteto. Yo prefiero remitir al lector a la obra genial de Kennedy Toole en la que mi tocayo denuncia “La conjura de los necios”. Me explico. Hace poco menos de un año, en el inicio de la cruzada cultural a favor de la pesificación de los pensamientos y de las conductas de portafolio que parece ahora súbitamente finalizada, escribí una breve pieza en la que recordaba la lúcida pero implacable taxonomía de los comportamientos humanos que Carlo Cipolla presenta en “Las leyes fundamentales de la estupidez humana”. Allí el célebre historiador económico describe cuatro tipos básicos de conducta: a) la que denomina “inteligente” y que consiste esencialmente en el comportamiento de aquellos –lamentablemente– pocos y creativos individuos capaces de “agregar valor” a la sociedad. Trátase, básicamente, de quienes son capaces con sus actos e ideas no sólo de hacerse un bien a sí mismos sino, simultáneamente, de beneficiar a los demás; b) los “altruistas” –también escasos– que hacen un bien a los demás pero a costa de sacrificarse ellos mismos; c) los “sátrapas” o “bandidos” que, en imagen especular de los anteriores, se hacen un bien a sí mismos, aunque a costa de perjudicar en diferentes modos a los demás, y, por último, d) los “estúpidos” o “necios”, que definitivamente desagregan valor, puesto que a similitud de los sátrapas les hacen un daño a los demás pero, a diferencia de estos últimos, también se infligen un perjuicio a ellos mismos con su accionar. Admito que con algo de irrespetuosidad utilicé tal taxonomía para estudiar la conducta de nuestra señora presidenta, que había decidido por propia iniciativa y a modo de conducta ejemplar pesificar ella misma una suma importante de su patrimonio colocando los fondos a una tasa real de -10% anual. Mi argumento era que lamentablemente para todos nosotros su conducta la hacía seria candidata a la categoría d). No hay duda de que sus acciones le restaban toda chance para pretender la categoría a) pero tampoco podía afirmarse que se infligía altruistamente un daño a sí misma y se sacrificaba por nuestro bienestar. También colegí en ese momento que el sacrificio que el régimen de represión financiera propuesto pedía a nuestra riqueza no era a cambio del bienestar de los sátrapas sino del regocijo de los incompetentes. A la luz de la evidencia posterior puede que cierta candidez me haya inducido al error. Me hace dudar, sin embargo, su reciente y cerril “negativa a devaluar” (mucho menos a hacerse cargo de la persistente inflación que está en la base de todo el problema), como si nuestra moneda no lo estuviera haciendo en forma cotidiana de la peor manera gracias a las disparatadas políticas ejecutadas por el invertebrado quinteto pero dictadas por su batuta. En una lúcida pieza reciente Alejandro Katz describió el simulacro como la nota distintiva de la gestión K, un procedimiento retórico sumamente eficaz para desviar la incompetencia y la corrupción reinantes de la atención de la ciudadanía (y hasta de confortarla). Cualquier observador desapasionado puede constatar que esa Belle Époque del relato está culminando en modo de grotesco: ahora la realidad, rebelde, se filtra por todas las grietas (y no lo hace sólo, por supuesto, en el plano económico y su improvisada panoplia de respuestas oficiales, sino en el terreno mucho más resbaloso aún de la ética pública y del retroceso de las formas republicanas de gobierno). Los próximos meses (¿o semanas?) permitirán, entonces, dilucidar si yo estaba en lo cierto hace un año cuando pretendía que estábamos ante una burda y penosa incompetencia o si, por el contrario, se trataba tristemente, una vez más, de la promoción de meros y vulgares bandidos. (*) Miembro del Club Político Argentino

IGNATIUS JUVENAL (*)