Matanza en Connecticut

Redacción

Por Redacción

Si bien matanzas de escolares perpetradas por individuos con problemas mentales, como la del viernes pasado en Newtown, una localidad hasta entonces considerada tranquila de Connecticut, en que murieron 20 niños y ocho adultos, se han dado en países como Escocia, Canadá y Alemania, en que no es del todo frecuente el uso de armas de fuego, en el resto del mundo la mayoría supone que se trata de una especialidad estadounidense atribuible a la cantidad realmente fenomenal de armas de asalto que están en manos de ciudadanos comunes. Sin embargo, parecería que entre los norteamericanos sólo una minoría comparte dicha opinión, razón por la que tanto el presidente Barack Obama como otros políticos influyentes siguen siendo reacios a impulsar legislación destinada a hacer más difícil la compra de armas tan mortíferas que una sola persona puede matar a docenas antes de suicidarse o ser abatida por la policía. En la larga campaña electoral que culminó en noviembre con el triunfo de Obama sobre su contrincante republicano Mitt Romney el tema no figuró en los debates, en parte porque ningún aspirante a la presidencia quería desafiar al poderoso lobby armamentista pero también porque los candidatos entendían que el grueso de la población se aferraría al derecho constitucional a llevar armas que se ve consagrado por la Segunda Enmienda. Aunque, a juzgar por la experiencia de otros países, virtualmente prohibir el acceso a armas de fuego de todos salvo policías, militares y residentes de zonas rurales que las necesitarían para defenderse contra animales salvajes peligrosos, no sería suficiente para impedir que se reediten masacres como la que acaba de producirse en Connecticut, extrañaría que la proliferación de rifles automáticos y otras armas, combinada con una cultura en que en cierto modo se ensalza la violencia, no aumentara los riesgos de que individuos como Adam Lanza, el responsable de asesinar a los niños del colegio de Newtown, decidan vengarse del mundo que a su juicio los había tratado mal protagonizando una matanza indiscriminada. Según se informa, a diferencia de los culpables de las peores matanzas de este tipo, como la de Beslan, en Rusia, en septiembre del 2004, en que murieron 171 niños y dos centenares de adultos a manos de terroristas musulmanes, o la perpetrada por Anders Breivik en Noruega en julio del 2011, Lanza no se sentía motivado por un credo político o religioso sino que, por razones que aún no se han aclarado, quería saldar cuentas con su padre y su madre que, trágicamente, era una maestra de preescolar. Por desgracia, no es del todo fácil detectar a tiempo a quienes están preparándose sigilosamente para cometer crímenes tan sanguinarios y tan insensatos. Cuando ya es tarde, quienes los conocían suelen recordar que eran individuos solitarios, de ideas acaso raras, pero sucede que en un país grande tales personas se cuentan por decenas de miles, de suerte que no habrá forma de distinguir entre la inmensa mayoría inocua y la minoría minúscula conformado por sujetos desequilibrados que en cualquier momento podrían llevar a cabo una matanza de inocentes. Asimismo, aunque muchos, sobre todo en Europa, parecen convencidos de que la sociedad norteamericana es excepcionalmente violenta, ocurre que la tasa de homicidios, si bien puede considerarse alarmante en comparación con las ostentadas por los países relativamente pacíficos de Europa occidental y Canadá, es llamativamente inferior a las registradas en América Central, Brasil, Colombia o Venezuela, donde es más de diez veces más alta que en Estados Unidos. Por lo demás, aun cuando todos los políticos norteamericanos, encabezados por Obama, reaccionaran frente a la masacre más reciente procurando privar a sus compatriotas de las armas de fuego que han acumulado e invirtiendo mucho más dinero en programas de salud mental que, desde luego, se verían resistidos por los defensores del derecho a la privacidad, no habría garantía alguna de que, tarde o temprano, no se produjeran más atrocidades equiparables con la de Connecticut. Para lograrlo sería necesario cambiar radicalmente no sólo la cultura norteamericana sino también la condición humana, ya que todo hace pensar que siempre habrá una minoría, por fortuna muy pequeña en los países calificados de civilizados, de personas dispuestas a matar por motivos que sólo ellas pueden entender.


Si bien matanzas de escolares perpetradas por individuos con problemas mentales, como la del viernes pasado en Newtown, una localidad hasta entonces considerada tranquila de Connecticut, en que murieron 20 niños y ocho adultos, se han dado en países como Escocia, Canadá y Alemania, en que no es del todo frecuente el uso de armas de fuego, en el resto del mundo la mayoría supone que se trata de una especialidad estadounidense atribuible a la cantidad realmente fenomenal de armas de asalto que están en manos de ciudadanos comunes. Sin embargo, parecería que entre los norteamericanos sólo una minoría comparte dicha opinión, razón por la que tanto el presidente Barack Obama como otros políticos influyentes siguen siendo reacios a impulsar legislación destinada a hacer más difícil la compra de armas tan mortíferas que una sola persona puede matar a docenas antes de suicidarse o ser abatida por la policía. En la larga campaña electoral que culminó en noviembre con el triunfo de Obama sobre su contrincante republicano Mitt Romney el tema no figuró en los debates, en parte porque ningún aspirante a la presidencia quería desafiar al poderoso lobby armamentista pero también porque los candidatos entendían que el grueso de la población se aferraría al derecho constitucional a llevar armas que se ve consagrado por la Segunda Enmienda. Aunque, a juzgar por la experiencia de otros países, virtualmente prohibir el acceso a armas de fuego de todos salvo policías, militares y residentes de zonas rurales que las necesitarían para defenderse contra animales salvajes peligrosos, no sería suficiente para impedir que se reediten masacres como la que acaba de producirse en Connecticut, extrañaría que la proliferación de rifles automáticos y otras armas, combinada con una cultura en que en cierto modo se ensalza la violencia, no aumentara los riesgos de que individuos como Adam Lanza, el responsable de asesinar a los niños del colegio de Newtown, decidan vengarse del mundo que a su juicio los había tratado mal protagonizando una matanza indiscriminada. Según se informa, a diferencia de los culpables de las peores matanzas de este tipo, como la de Beslan, en Rusia, en septiembre del 2004, en que murieron 171 niños y dos centenares de adultos a manos de terroristas musulmanes, o la perpetrada por Anders Breivik en Noruega en julio del 2011, Lanza no se sentía motivado por un credo político o religioso sino que, por razones que aún no se han aclarado, quería saldar cuentas con su padre y su madre que, trágicamente, era una maestra de preescolar. Por desgracia, no es del todo fácil detectar a tiempo a quienes están preparándose sigilosamente para cometer crímenes tan sanguinarios y tan insensatos. Cuando ya es tarde, quienes los conocían suelen recordar que eran individuos solitarios, de ideas acaso raras, pero sucede que en un país grande tales personas se cuentan por decenas de miles, de suerte que no habrá forma de distinguir entre la inmensa mayoría inocua y la minoría minúscula conformado por sujetos desequilibrados que en cualquier momento podrían llevar a cabo una matanza de inocentes. Asimismo, aunque muchos, sobre todo en Europa, parecen convencidos de que la sociedad norteamericana es excepcionalmente violenta, ocurre que la tasa de homicidios, si bien puede considerarse alarmante en comparación con las ostentadas por los países relativamente pacíficos de Europa occidental y Canadá, es llamativamente inferior a las registradas en América Central, Brasil, Colombia o Venezuela, donde es más de diez veces más alta que en Estados Unidos. Por lo demás, aun cuando todos los políticos norteamericanos, encabezados por Obama, reaccionaran frente a la masacre más reciente procurando privar a sus compatriotas de las armas de fuego que han acumulado e invirtiendo mucho más dinero en programas de salud mental que, desde luego, se verían resistidos por los defensores del derecho a la privacidad, no habría garantía alguna de que, tarde o temprano, no se produjeran más atrocidades equiparables con la de Connecticut. Para lograrlo sería necesario cambiar radicalmente no sólo la cultura norteamericana sino también la condición humana, ya que todo hace pensar que siempre habrá una minoría, por fortuna muy pequeña en los países calificados de civilizados, de personas dispuestas a matar por motivos que sólo ellas pueden entender.

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