Mejor morir en Goma, que acabar en un campamento en Ruanda

Por Mike Crawley y Antje Passenheim



El hombre con el azadón trabaja sin descanso. De manera monótona, el pico cae sobre la negra masa que se extiende bajo sus pies. Cuando las piedras saltan con el golpe, inhalan los vapores de azufre. A través de las suelas de sus zapatos siente el calor de la piedra volcánica que ha enterrado un tercio de su ciudad natal.

“Ahí detrás”, dice el hombre, bien vestido y entrado en la treintena, “estaba mi casa”. Señala una montaña de lava de la que, como un dedo levantado, sobresale una puerta de madera. Nasivi Muhindo sigue luchando. Al igual que decenas de miles de personas en la derruida ciudad, lucha por la vuelta a la normalidad.

Nasivi y sus 20 ayudantes intentan abrir un paso entre la lava. Un camino sobre el “puente de fuego”, el flujo de lava de 300 metros de ancho y tres de altura que divide la parte oeste de la este de la ciudad.

“¿Que por qué lo hago?”, pregunta Nasivi. “Porque tengo que hacer algo”, se contesta a sí mismo. Apenas una semana después del infierno del volcán Nyiragongo, son muchos los que piensan igual que Nasivi en Goma.

Pese a la advertencia de peligro de envenenamiento, los niños se siguen bañando en las orillas del recalentado lago Kivu. Moto-taxis raquetean sobre las calles que se han librado de la destrucción y los comerciantes tratan de vender lo que pueden. Y ya hay quien está empezando a hacer las reparaciones más urgentes en sus viviendas. Parece que en pocas semanas la ciudad volverá a ser lo que era: el centro económico del este de la República Democrática del Congo.

“La gente de aquí ha aprendido a convivir con las catástrofes”, explica una mujer que vende fruta al borde de la carretera. Tras la tragedia, se tuvo que mudar a la casa de unos amigos, al igual que le sucedió a las 300.000 personas que retornaron a sus hogares.

“Sabemos lo que es irnos con nuestras pertenencias a la espalda y comenzar en otro lugar una nueva vida”, dice la anciana. Ella es uno de los 300.000 desplazados a Goma por la guerra civil que asuela desde hace tres años el país. “Hemos aprendido que nadie se preocupa por nosotros y que tenemos que valernos por nosotros mismos”, agrega.

Lejos, a miles de kilómetros, el presidente Joseph Kabila ha prometido ayuda a sus compatriotas. Pero esta promesa ni siquiera ha llegado a oídos de la población en el este del país, que desde agosto de 1998 está gobernada por los rebeldes apoyados por Ruanda. A éstos se los suele ver bebiendo y celebrando cualquier cosa en uno de los bares de hotel de la zona o haciendo de guías para los periodistas, pero en general se preocupan poco por la empobrecida población, que sólo desea la paz.

El interés de los rebeldes se centra más bien en las ganancias logradas con las minas de coltán situadas en las afueras de la ciudad. Para extraer este mineral rico en tantalio utilizan a la población local. Entre ellos hay, para indignación de las organizaciones defensoras de los derechos humanos, niños y mujeres con bebés a la espalda que se introducen en las oscuras minas, con gran riesgo para sus vidas y su salud. Sólo hace dos semanas murieron treinta personas cuando se hundió una de estas minas.

En su momento, Goma fue una zona recreativa para los colonos belgas y residencia de vacaciones del dictador Mobutu Sese Seko, pero hoy en día se ha convertido en el centro del desconsuelo en medio del infierno. En los densos bosques que rodean la ciudad acechan rebeldes hutus y otros brutales milicianos.

Alguna vez -esperaban los habitantes de Goma- todo volverá a ser como antes. Pero el Nyiragongo ha sido un nuevo paso atrás. “No sirve de nada”, insiste Nasivi, “tenemos que ayudar todos en la reconstrucción. Al fin y al cabo, toda Goma fue construida sobre piedra volcánica”.

Por un momento deja descansar su azadón y afirma con voz firme: “Prefiero morir en Goma, que acabar en un campamento (de refugiados) en Ruanda”. (DPA)


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