Mensaje confuso

En muchos distritos, los triunfos de peronistas se debieron menos a sus méritos, que a la voluntad generalizada de castigar a la Alianza.

En vista de que durante la campaña que culminó con las elecciones de ayer ningún candidato se dio el trabajo de defender toda la gestión de su gobierno, el presidente Fernando de la Rúa pudo esperar los resultados con cierta ecuanimidad e incluso, al promediar la jornada, permitirse opinar, al parecer sin el propósito de hacer gala de una afición antes desconocida por el humor negro, que la previsible derrota de muchos aliancistas podría dar pie a "una escena fortalecida para una etapa renovada" con tal que los destinatarios sepan "escuchar con humildad el mensaje de las urnas". Aunque es poco probable que muchos políticos presten la debida atención a dicho mensaje que, de todos modos, fue bastante borroso, no lo es que a partir del voto el panorama nacional sea mejor que el existente durante lo que conforme al calendario institucional debería haber sido la primera mitad de la presidencia de De la Rúa. Puesto que el horizonte ya no se ve oscurecido por una contienda electoral para la que nadie se sentía preparado, de ahí la tendencia de tantos a caer en excesos demagógicos cuando no de formular insultos agraviantes, los "dirigentes" disfrutarán de una oportunidad, quizás la última, para intentar ajustarse a la realidad, abandonando no sólo los hábitos más reprensibles de su oficio, sino también su supuesto compromiso con formas de pensar que han resultado ser totalmente inadecuadas para los duros tiempos que corren. Por cierto, si no logran aprovecharla, será escasa la posibilidad de que el país consiga salir de la crisis actual sin experimentar convulsiones totalmente estériles.

Si bien los radicales más contrarios a la política económica del gobierno, Raúl Alfonsín y Rodolfo Terragno, lograban cosechar los votos suficientes como para convertirse en senadores, el que a ninguno le haya resultado del todo fácil superar el desafío planteado por contestatarios de trayectoria opaca en el caso de algunos y muy breve en aquel de otros podría obligarlos a revisar con espíritu crítico su conducta preelectoral. Tanto el ex presidente como el ex ministro apostaron a que su oposición locuaz a Domingo Cavallo les serviría para distanciarse sin problemas de rivales de trayectoria relativamente opaca, pero a juzgar por los resultados provisionales se equivocaron. Lejos de premiarlos por su actitud, la ciudadanía optó ya por descartarlos, ya por apoyar a quienes estaban dispuestos a decir lo mismo de forma aún más vehemente pero que, como muchos habrán intuido, nunca se encontrarían en condiciones de intentar transformar sus "propuestas" en medidas concretas. Por supuesto que Alfonsín, Terragno y sus allegados están atribuyendo su magra cosecha electoral a "la bronca" a su entender causada por Cavallo, el "modelo" o el "liberalismo" -es decir, a cualquier cosa salvo su propia falta de convicción o de dotes administrativas-, pero es de esperar que sus correligionarios acepten que en última instancia fue consecuencia de sus propios errores. Si se niegan a hacerlo, el futuro del radicalismo será sombrío.

Para las heterogéneas fracciones que conforman el peronismo, en cambio, estas elecciones resultaron ser halagadoras: en buena parte del país sus candidatos vieron aumentar la proporción del voto popular captada por el PJ. Sin embargo, los peronistas también tienen motivos para preocuparse: como entenderán, en muchos distritos los triunfos se debieron menos a sus propios méritos que a la comprensible voluntad generalizada de castigar a la Alianza por haber prometido la transformación de la Argentina en un país maravillosamente distinto sin haber pensado demasiado en precisamente cómo se proponía concretar tamaño milagro. Además, a esta altura los peronistas - los que, a diferencia de sus eternos adversarios radicales, sí suelen encontrarse cómodos en el papel de "oficialista"- no pueden sino sentir cierta inquietud porque de ahora en adelante buena parte de la población supondrá que a fines del 2003 a más tardar les tocará asumir la responsabilidad de gobernar en un país empobrecido, sin otros recursos que los propios, en el que las expectativas de "la gente" no tienen ninguna relación con los medios disponibles para satisfacerlas.


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