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Las ironías artísticas sobre nuestra propia pedantería habilitan un horizonte de trabajo colectivo para erosionar esas imágenes simplificadas. Comprender cuán presente está esa soberbia es imprescindible para entender, tal como explicamos en este capítulo, por qué pasamos de allí a la autodenigración: de creernos los mejores a creernos los peores. Al movernos de un extremo a otro, logramos ahuyentar cualquier reflexión compleja sobre nuestra propia situación y permanecemos encerrados en la jaula mitológica. Esa dicotomía encuentra lugares de fuga que hacen posible un trabajo cultural para revertirla en aquellos momentos o aquellas obras en las que conseguimos reírnos un poco de esa imagen de la Argentina.
Los mitos decadentistas son la contracara, imposible de escindir, de los mitos patrioteros. Ambos impiden pensar matices. Después de todo, analizar temas específicos resulta ocioso cuando siempre se sabe que “todo tiempo pasado fue mejor”. Como deberíamos ser los mejores pero evidentemente no lo somos, se inaugura un verdadero relato. La Argentina fue un país fantástico, pero ha ingresado en una decadencia irremediable. Ser terceros de treinta, décimos de cincuenta o trigésimos de doscientos es una verdadera catástrofe. Hemos hecho todo mal. Bueno, en realidad, la primera persona del plural es aquí demasiado generosa. Un pequeño grupo de militares y corporaciones ha destruido el país, rasgo que después se transfiere a los directores técnicos de la selección o a un jugador de fútbol o tenis, al rendimiento escolar de nuestros estudiantes o a cualquier objeto que se tome en consideración.
Los otros, que en la mitología patriotera eran deleznables y subdesarrollados, se convierten, en la mitología decadentista, en ejemplos que deberíamos imitar y de los cuales sólo podemos observar sus aspectos positivos. Nunca la complejidad de sus procesos o sus contradicciones.
52 Mitomanías argentinas
Podrá creerse que hay argentinos soberbios y otros decadentistas. Esa sería una manera muy argentina de pensar las cosas: unos pro, otros anti; unos blanco, otros negro. Pero no es así: la mayoría de los argentinos somos, al mismo tiempo y de a ratos, un poquitín soberbios y otro cachito decadentistas.
Es fácil decir por qué no seremos Canadá, Australia, Brasil o Chile. En Chile hay que pagar la universidad, en Brasil hay un examen de ingreso y cupos muy estrictos. En su espectáculo más reciente, el actor cómico Dady Brieva contaba la historia de un argentino que enviaba cartas desde Canadá, adonde había emigrado. Feliz de haber dejado de una vez por todas este “país de porquería”, aguardaba la llegada de la nieve, contemplando a través de su ventana bellos bosques donde adivinaba o inventaba simpáticos bambis. Celebró como una confirmación de estar en otro planeta la llegada de la nieve, como si no nevara de hecho en la mitad del territorio argentino. A medida que pasaban las semanas, la rutina de levantar la nieve con pala y descongelar su automóvil se tornaba insoportable; las últimas cartas referían a la nostalgia del calor húmedo y pesado de la siesta santafecina. Una metáfora, una ironía de cómo la celebración de haberse escapado choca después con una verdad: no todo aquí es tan negativo como afirma la mitología decadentista; pero, sobre todo, nada es tampoco tan perfecto ni maravilloso en otras zonas del mundo. Idealizar a los otros para autodenigrarnos es desconocimiento convertido en mito. El hecho de que Brieva, que seguramente no estuvo reflexionando desde la teoría de Marx o Freud en estos últimos años, dramatice esa situación indica que hay una necesidad social de desmitificar. Son diversos los agentes que están trabajando en ese sentido. Lo que vale la pena es repasar con mayor sistematicidad nuestros mitos para que no nos ocurra que, deseando aportar a ese trabajo social, se nos cuelen otros en nuestro propio discurso.
Todo tiempo pasado fue mejor
Había una vez… seguridad, trabajo, educación, respeto, igualdad, libertad y fraternidad. Hoy todo lo bueno se ha perdido.»
Hay sociedades y culturas que concentran su mirada temporal sobre el futuro. Imaginan que el progreso es un proceso inevitable que de uno u otro modo las llevará a un porvenir mejor. Los Estados Unidos son generalmente tomados como ejemplo de una sociedad con esas características, aunque en América Latina también hay países, como Brasil, para los cuales este tipo de nociones de futuro son cruciales. Hay culturas que creen haber tenido momentos gloriosos antes de la colonización, o de las guerras mundiales, o de algún otro acontecimiento. Los balineses, por ejemplo, tienden a pensar de modo idealizado su pasado y a concebir su historia en términos de una creciente decadencia. En contraste con ambas sociedades, se había analizado a la sociedad argentina (especialmente hacia mediados del siglo XX) como una sociedad concentrada en su presente, concebido básicamente como una crisis recurrente.
Sin embargo, ya en los años treinta, para algunos intelectuales argentinos muy centrados en el fracaso de la civilización y la expansión de la “barbarie”, surgió un relato decadendista que se encarnó con mucha fuerza en Martínez Estrada y en varios intelectuales relacionados con la revista Sur. Las tensiones y los cambios políticos posteriores, tanto durante el peronismo como durante los intensos años entre 1955 y 1973, no permitieron que se consolidara una imagen extendida de decadencia nacional.
Todo indica que esta idea del tiempo nacional fue cambiando de manera creciente, hasta que se adoptó una visión idealizada de la historia que parte de la premisa de que “todo tiempo pasado fue mejor”. Esto constituye un mito por la sencilla razón de que no se trata de una hipótesis sujeta a ningún análisis y verificación, sino de un presupuesto elemental e indiscutible a partir del cual serán analizados todos y cada uno de los fenómenos: la educación, la salud, los salarios, las jubilaciones, la producción industrial, la producción agropecuaria. Como premisa indiscutible requiere, para cada caso, escoger el pasado que más le convenga. Por ejemplo, el pasado del “granero del mundo” refiere a la Argentina de inicios del siglo XX, con sus niveles de producción y su posición en el concierto internacional. Obviamente, ese pasado será inútil si se desea aludir a la decadencia del sistema jubilatorio, ya que por entonces no había ninguno. Tampoco resultará un pasado adecuado para contrastar con la actual decadencia de la industria, ya que no sólo era escasa en aquellos tiempos, sino que aquel mítico país tampoco tenía una estrategia industrial. Al idealizar la época del Centenario, cuando tampoco había voto universal, se ocultan los problemas graves que existían entonces para el desarrollo argentino.
Si se busca establecer la decadencia de la integración social, se idealizarán los años cincuenta o sesenta, cuando no había desempleo ni trabajo en negro. Nada se dirá acerca de las concepciones y prácticas prevalecientes en el Estado y en distintos actores políticos en relación con la democracia y los derechos humanos. Otro montón de problemas que se incubaban por entonces respecto de las leyes, pero también de los modos de imaginación de la acción política, serán basura arrojada debajo de la alfombra.
Aclaremos: no se discute en este libro la idea de que la Argentina desaprovechó innumerables oportunidades y que, por ello, su desarrollo relativo (esto es, comparado con el de otros países de la región) fue menor y en ese sentido el país decayó. Lo que se discute es que la noción de “decadencia” o nociones similares puedan ser aplicadas mecánicamente a todos y cada uno de los procesos económicos, sociales y políticos argentinos, forzando al ámbito de lo ridículo y lo inverosímil las afirmaciones de que en tal o cual terreno la sociedad o el país han avanzado.
Para decirlo de manera explícita, sería muy difícil argumentar que la Argentina no ha avanzado en la valoración y estabilidad de la democracia, en el respeto por los derechos humanos, en la integración con América Latina. Podría afirmarse que ninguno de estos temas es estrictamente económico. Pero también resulta objetivo que la Argentina ha avanzado en sus exportaciones, que ha aumentado su producto bruto interno y que ha reducido drásticamente la desocupación.
Las ironías artísticas sobre nuestra propia pedantería habilitan un horizonte de trabajo colectivo para erosionar esas imágenes simplificadas. Comprender cuán presente está esa soberbia es imprescindible para entender, tal como explicamos en este capítulo, por qué pasamos de allí a la autodenigración: de creernos los mejores a creernos los peores. Al movernos de un extremo a otro, logramos ahuyentar cualquier reflexión compleja sobre nuestra propia situación y permanecemos encerrados en la jaula mitológica. Esa dicotomía encuentra lugares de fuga que hacen posible un trabajo cultural para revertirla en aquellos momentos o aquellas obras en las que conseguimos reírnos un poco de esa imagen de la Argentina.
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