Modelos de universidades

Por Ana M. Pechen de D’Angelo (*)

Las universidades son instituciones ancestrales que han evolucionado a lo largo de los siglos, liderando importantes cambios en la sociedad. Estas instituciones surgieron en la Edad Media como una comunidad de estudiantes y profesores que se regían por reglas internas y poseían la protección de la Iglesia o los reyes. Desde el punto de vista económico, eran entidades autónomas que recibían sus fondos de sus propiedades o de los aportes de los estudiantes. El advenimiento del Estado-nación en el siglo XIX dio impulso a un nuevo tipo de universidad que se plasmó en Europa en dos nuevos modelos: el alemán y el francés, donde el Estado se apropiaba de las universidades que hasta entonces eran formalmente privadas. El modelo «Humboldtiano» de universidad centró en la investigación su objetivo básico, adquiriendo las instituciones alemanas un fuerte desarrollo científico, que fue controlado por el Estado en todos sus aspectos económicos y administrativos. No obstante, persistía en las mismas un gran respeto por la libertad académica. La universidad napoleónica, en cambio, se estructuró en Francia como un servicio del Estado para satisfacer las necesidades del propio Estado y lograr el desarrollo económico de la sociedad mediante la formación de las clases dirigentes.

El otro modelo existente, el anglosajón, respetó siempre el origen privado de la universidad medieval. La organización institucional en este caso se establecía bajo los auspicios de un Consejo de Regentes, formado por miembros de la comunidad que no eran académicos, pero que respetaban la libertad académica y no interferían en el funcionamiento de las instituciones. Este modelo se trasladó también a América y especialmente en Estados Unidos se fusionó con el modelo «Humboldtiano», al que se le adicionó características propias de la sociedad norteamericana. Así nació el modelo americano de universidad cuya influencia hoy en el mundo es indiscutible.

En cualquiera de estos sistemas, el prestigio académico posee un gran poder dentro y fuera de la institución, por lo que su influencia es fuerte en la formulación de las políticas del sector. La libertad académica es en todas ellas un principio universal, no así la autonomía (capacidad que tienen las instituciones universitarias para autoorganizarse independientemente de los poderes públicos). La autonomía universitaria es reconocida en algunas constituciones europeas y americanas (como en nuestro país), no obstante el ejercicio de la autonomía se ha ido modificando con el paso de los tiempos. En Europa, por ejemplo, que proviene de una tradición histórica de escasa autonomía, se ha ido incrementando, mientras que en Estados Unidos ha ocurrido lo contrario, pasando a un mayor control por parte de la sociedad que llega en algunos casos a la elección del Consejo de Gobierno por el voto directo de los ciudadanos.

Existe sin duda en el mundo un movimiento convergente que otorga una mayor independencia a las universidades, pero como contrapartida aumentan las exigencias de eficiencia interna, medidas de aseguramiento de la calidad y rendición de cuentas.

Podemos decir entonces que el concepto de universidad es unidad en la diversidad. Diversidad entre instituciones, diversidad dentro de una misma institución, diversidad entre países, diversidad entre regiones. La universidad ha evolucionado a lo largo de la historia mostrándose como una institución elástica, resiliente, una institución que cambia sin perder las características esenciales.

Sin embargo, los grandes cambios que ocurrieron en el mundo en las últimas décadas han desbordado la capacidad de adaptación de las universidades. La universidad del futuro se vislumbra hoy como una institución que brindará formación a una gran mayoría de la población a lo largo de toda la vida, contribuyendo a la generación del conocimiento y a su transferencia dentro de un modelo de sociedad que ha sido definida como la sociedad del conocimiento.

Basta con observar las estadísticas recientes para reconocer que el número de alumnos que acceden a la educación superior en el mundo se duplicó en el período 1975-1995, pasando de 40 a 80 millones de estudiantes. La tendencia persiste en nuestros días e indica que este número será nuevamente duplicado en los próximos 20 años.

Las demandas crecientes de la sociedad incluyen hoy aumentar la posibilidad de acceso a la educación superior; incrementar la oferta de nuevas carreras con programas más flexibles; estimular la formación de ciudadanos más comprometidos con la consolidación de la democracia y la convivencia pacífica entre las naciones y lograr una contribución sustantiva en el campo de la investigación y el desarrollo. Así mismo y especialmente en América Latina se demanda intensamente que la universidad se constituya en un foro permanente de discusión y elaboración de propuestas que orienten el desarrollo del país.

Para lograr que la educación lidere las transformaciones necesarias para impulsar el desarrollo nacional se requiere, en primera instancia, de programas innovadores para la formación de profesionales calificados, que son quienes finalmente deberán protagonizar los cambios económicos, sociales y políticos. Para ello se necesita reemplazar los paradigmas tradicionales por otros que conduzcan a adquirir conocimientos sólidos, valores y competencias para construir un desarrollo humano sustentable que sirva de marco a una cultura de paz. Abrirse a las necesidades de la sociedad contemporánea, tal como reza la Carta Magna Universitaria firmada en Bolonia por las universidades europeas en 1988, «requiere disponer para la tarea docente y de investigación de una independencia moral y científica frente a cualquier poder político, económico e ideológico».

Como una terrible paradoja se observa que mientras las demandas sociales aumentan, existe una reducción en el financiamiento estatal, críticas, indecisiones políticas, falta de inversión en becas que permita una mayor equidad en el acceso a la educación superior, fuerte competencia de instituciones internacionales que, formando parte del mercado internacional del conocimiento, se establecen en el territorio nacional sin mayores controles.

Dentro de este esquema, si las universidades no llegan a ser suficientemente flexibles pueden volverse redundantes, pero en cambio si llegan a ser excesivamente flexibles y sobrepasan el umbral de la elasticidad pueden perder su forma y volverse irreconocibles. Si sacrifican sus valores fundamentales, la tradicional «cultura universitaria» en aras de la demagogia, tal vez no merezcan llamarse universidades y estemos presenciando su desaparición.

Sin duda la situación de la universidad pública argentina y en particular la de la Universidad Nacional del Comahue es grave y la superación de sus problemas no será sencilla. Algunos de los cambios vividos han creado tensiones acerca de la misión y los valores de la educación superior. Alguna de estas tensiones fueron saludables y creativas, otras sin embargo aparecieron como amenazadoras y destructivas. Abrir el camino para las grandes transformaciones que reclama la sociedad, sin desconocer los reclamos colectivos de progreso, justicia y equidad requiere del establecimiento de un diálogo fecundo enmarcado por la tolerancia y el respeto por la legalidad democrática, ya que la ruptura de los procedimientos constitucionales da lugar a una crisis mayor que la que se pretende solucionar.

 

 

(*) Rectora de la Universidad

Nacional del Comahue.


Las universidades son instituciones ancestrales que han evolucionado a lo largo de los siglos, liderando importantes cambios en la sociedad. Estas instituciones surgieron en la Edad Media como una comunidad de estudiantes y profesores que se regían por reglas internas y poseían la protección de la Iglesia o los reyes. Desde el punto de vista económico, eran entidades autónomas que recibían sus fondos de sus propiedades o de los aportes de los estudiantes. El advenimiento del Estado-nación en el siglo XIX dio impulso a un nuevo tipo de universidad que se plasmó en Europa en dos nuevos modelos: el alemán y el francés, donde el Estado se apropiaba de las universidades que hasta entonces eran formalmente privadas. El modelo "Humboldtiano" de universidad centró en la investigación su objetivo básico, adquiriendo las instituciones alemanas un fuerte desarrollo científico, que fue controlado por el Estado en todos sus aspectos económicos y administrativos. No obstante, persistía en las mismas un gran respeto por la libertad académica. La universidad napoleónica, en cambio, se estructuró en Francia como un servicio del Estado para satisfacer las necesidades del propio Estado y lograr el desarrollo económico de la sociedad mediante la formación de las clases dirigentes.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora