Morir en la ruta



Esta semana fue un pésimo ejemplo de cómo la infraestructura vial obsoleta y colapsada, en especial la Ruta Nacional 22, se combina con la temeridad e irresponsabilidad de los conductores para producir choques múltiples, vuelcos y despistes que implicaron la pérdida de vidas, graves lesiones a otras personas y daños importantes, en medio de la inacción de nuestras autoridades.

Según los expertos viales, en los siniestros de tránsito influyen tras factores básicos: el conductor (entre 70 y 90% de los hechos), el vehículo (5 a 10%) y la infraestructura (la ruta, entre el 15 y 30% de los casos). Mientras en los últimos años avanzó la modernización de los vehículos que circulan por las rutas, la infraestructura mejora a paso de tortuga, incrementando el estrés y alentando conductas erróneas al volante, dejando además escaso margen de recuperación cuando esto sucede. Está comprobado que un correcto diseño de la ruta minimiza los despistes y los choques laterales y frontales, además de regular el flujo, la velocidad. Se busca segregar a los usuarios vulnerables (bicicletas, peatones) señalizar y ordenar accesos y vías de escape y atenuar factores como el cansancio y las distracciones.


Según los expertos, hasta el 30% de los siniestros viales es atribuible a la infraestructura del camino. La Ruta 22 es el mejor ejemplo de las deficiencias que, sumadas a los errores de los conductores, convierten a nuestras rutas en verdaderas trampas mortales.


Muy poco de todo eso se cumple en nuestras deterioradas rutas. Un reciente informe de este diario reveló que no hay ningún camino de acceso a la zona desde Roca, Neuquén o Bariloche que no represente un serio riesgo para la seguridad personal y la integridad de los vehículos.

El peor caso es sin dudas la Ruta 22, donde sólo en esta semana hubo tres muertes y más de 8 accidentes de distinto tipo. Esta vía acumula un promedio de un siniestro cada día y los mayores índices de mortalidad por kilómetro del país, en especial los poco más de 100 km que atraviesan el Alto Valle desde Plottier a Regina. Aquí el tránsito se incrementa de 8.000 vehículos diarios a más de 15.000, por el intenso tránsito interurbano y el flujo de camiones de las actividades petrolera y frutícola.

Obras inconclusas, desvíos y accesos mal señalizados, baches y ondulaciones, escasos espacios de sobrepaso, convivencia desordenada de peatones, bicicletas, motos, autos y camiones y pocos controles de tránsito se combinan con las actitudes temerarias de conductores ansiosos, hartos y estresados de convivir con un camino “en construcción” desde hace más de diez años, cuando se lanzó la ampliación que prometía convertir este camino colapsado en una autovía primero y en “autopista segura” después. Pasaron tres gobiernos y se han gastado más de 500 millones de pesos, con múltiples paralizaciones por modificaciones de diseño, conflictos políticos, recortes en el flujo de fondos y problemas de contratistas, entre otros.

El único tramo terminado son 20 kilómetros entre Chichinales y Godoy . El resto presenta diversos grados de avance, desde los casi completados entre Godoy y Cervantes o Plottier-Senillosa, al casi nulo de Cervantes-Gómez (que pasa por Roca) . El peor corredor es hoy el que va de Allen a Cipolletti, con tres desvíos por puentes en construcción, donde al desordenado tránsito se suman máquinas, camiones que llevan materiales y obreros trabajando. Vialidad se comprometió la semana pasada, por enésima vez y con un sesgo electoralista, a que antes de fin de año estarían terminado al menos dos de estos puentes.

Sin dudas la actitud de los conductores influye. El exceso de velocidad es una norma. La mayoría de los choques son productos de sobrepasos fallidos: es normal ver a vehículos tratando de sobrepasar a dos o tres por vez, con escaso margen, incluso en los desvíos de tierra. Dos de las víctimas fatales en esta semana se produjeron por no usar el cinturón de seguridad. No son pocos los hechos con conductores alcoholizados o distraídos por usar el celular.

Es hora de exigir una vez más al gobierno nacional que termine de una vez por todas las tareas de ampliación, que seguramente heredará la próxima administración. Mientras, se hacen necesarios controles más estrictos en el tránsito por parte de las autoridades locales y provinciales, que eviten y sancionen las actitudes irresponsables de los conductores, a la espera que una mejor educación y conducta vial hagan que nuestros caminos dejen de ser trampas mortales.


Comentarios


Morir en la ruta