Mundo cruel
¿Qué es lo que temen quienes luchan contra la globalización? En el fondo, es el cambio, es decir, la modernización.
La «globalización», o sea, la propensión de las diversas comunidades a entrelazarse cultural y económicamente cada vez más, es un fenómeno clave de nuestra época, de suerte que es natural que haya provocado diferencias de opinión muy airadas entre aquellos que la consideran positiva y otras que creen que les convendría resistírsele. Según una encuesta de la largamente globalizada empresa Gallup, en los dos años últimos la proporción de los argentinos que la consideran mala ha crecido del 32% al 50%, lo cual puede entenderse porque si bien en el lapso así supuesto pocos se habrán visto directamente afectados por los cambios que están en marcha, la sensación de desánimo que se ha difundido por el país hace que muchos estén más que dispuestos a repudiar a cualquier novedad propia de los tiempos que corren. Asimismo, los distintos grupos contestatarios que se han apropiado del tema se han encargado de informar al resto de la población que la causa de sus problemas debería buscarse en el avatar más reciente del imperialismo foráneo que es, insisten, la «globalización».
Pues bien: una cosa es afirmarse en contra de la «globalización» y otra muy diferente ponerse a luchar contra ella porque se trata de un fenómeno multifacético, de una mezcla desconcertante de productos, actividades, fuentes de información e innovaciones económicas. Por ahora cuando menos, no hay indicio alguno de que la mayoría de los habitantes del país quisiera prohibir el aprendizaje de idiomas extranjeros, obligar a todos los usuarios a desconectarse de la Internet o a destruir sus computadoras, clausurar las redes de televisión satelital o por cable a fin de bloquear el ingreso de señales ajenas a nuestro ser, etc., etc. Tampoco los hay de que por patriotismo los consumidores estén pensando en rechazar los productos importados. Puesto que la posibilidad de comunicarse más con el mundo que existe allende las fronteras nacionales es una característica llamativa de la «globalización», parecería que los preocupados por sus eventuales consecuencias tienen en mente algo un tanto diferente.
¿Qué es lo que temen, pues? En el fondo, es el cambio, es decir, la «modernización». Como es notorio, aquí abundan los empresarios, los profesionales, los trabajadores y, claro está, los políticos que se creen capacitados para prosperar en la Argentina de hace muy poco, pero que no confían en que puedan lograr hacerlo en el país que está en vías de conformarse. Tal actitud es no sólo comprensible sino también realista, porque no cabe duda de que a raíz de décadas de conservadurismo millones carecen de la preparación o de las aptitudes que les permitirían abrirse camino en un país en que escasean los empleos tradicionales, en que son muchos los empresarios que nunca conseguirán competir contra las sucursales locales de grandes grupos pertrechados de la tecnología más novedosa que producen y reparten bienes de calidad superior a precios mucho más baratos y en que la clase política en su conjunto ni siquiera ha logrado entender las implicancias de lo que está sucediendo tanto aquí como en el resto del mundo. Por eso, es lógico que buena parte de la población tema a la «globalización».
Así y todo, no habrá forma de mantenerla a raya de suerte. Aunque es factible que el fenómeno se revierta debido a la hostilidad que está ocasionando y que, lejos de estar por entrar en una época signada por el cosmopolitismo, el mundo pronto verá renacer los viejos nacionalismos proteccionistas y estatistas, sorprendería que la eventual derrota de la «globalización» beneficiara a muchos que hoy en día se sienten asustados. En los países avanzados, la ciencia y la tecnología continuarán avanzando a un ritmo vertiginoso, las comunicaciones se harán más sofisticadas por momentos y la productividad seguirá aumentando. Excluirse voluntariamente de este proceso es una opción que supondría resignarse a la estrechez y a la mediocridad, alternativa que sin duda encantaría a los miembros de diversas elites que se sienten amenazados por el cambio, pero que no ayudaría del todo a los muchos cuyo malhumor actual se debe en buena medida a su fuerte deseo de disfrutar de los bienes y servicios que promete la «globalización» y a la conciencia de que no les será nada fácil cumplir un papel digno en la clase de sociedad que sería capaz de producirlos.