Mundo perfecto
Columna semanal
El disparador
Son las seis de la mañana. Se acostó hace menos de cinco horas pero Isidoro Reyes lleva un rato dando vueltas entre las sábanas. Algo lo inquieta. No aguanta más, y lo hace: ojea el reloj para ver si se quedó dormido. Pasa lo mismo de siempre: faltan dos minutos para que suene el despertador.
En el último tiempo, Reyes adquirió una costumbre que considera dañina para su bienestar: empieza el día navegando con su celular por redes sociales y sitios de noticias. Al final, casi lo único que disfruta son fotos, sobre todo de paisajes. Y se cuestiona por qué sucumbe ante a la misma tentación de meter las narices en cada rincón hasta ver algo que lo afecta.
Como ahora, que lee un mensaje de una ex que articula un horrible relato de un asalto que sufrió. Ella se descarga. Él suspira, sale de la habitación y va al jardín. El gato lo persigue y le reclama comida como si no hubiese sido alimentado en el último mes. Isidoro lo acaricia y, de pronto, descubre en el césped un pequeño montículo ocre, aún tibio. Parece excremento, pero es vómito. Le pregunta si está bien y el gato camina hasta la bolsa de alimento. Le sirve y el gato come con desesperación.
Reyes mira fijo al gato. Se rasca la cabeza. Piensa. Teje relaciones entre las redes sociales, el robo y el vómito. En el jardín aparece Latana Buendía. Su compañera le pregunta si le pasa algo. “Sí, creo que conecto hechos e ideas de manera tan automática como absurda”, le responde.
-¿De qué hablás? No te entiendo.
-A ver, por ejemplo, pienso en El Principito de Saint-Exupéry y me imagino un mundo perfecto. Y juego con esa idea.
-Ah, mirá, ¿y cómo sería ese mundo? -pregunta Latana.
-No existirían ladrones, policías, militares, jueces ni abogados.
-¿Y qué pasaría con tus amigos? No sé, con Ignatius, ponele.
-Bueno, que haga algo más digno que ser abogado.
Los dos se ríen. Reyes le escribe un mail a Loier para comentarle su fantasía. Ignatius le responde que comparte el deseo del mundo utópico pero que no ve posible la extinción de los abogados porque son los que ayudan a clarificar reglas. A veces -sostiene- los problemas no solo surgen de la maldad sino de las diversas interpretaciones de un mismo hecho. “Podés desconocer las motivaciones que tengo para actuar de determinado modo y quizás yo no te lo cuento por vergüenza”, ejemplifica.
Ignatius le cuenta que un cliente tenía que pagarle bastante dinero por honorarios y daba vueltas para ir al banco a retirar el efectivo. Loier pensaba que el cliente quería demorar el pago. Hasta que, el día que salieron del banco, el hombre le confesó que una vez lo molieron a golpes a él y a su mujer para robarles en una situación similar.
“A veces -escribe Loier- dos personas creen tener derecho sobre una misma cosa pero las reglas tienen un margen de ambigüedad inherente al lenguaje. Si en la sociedad ideal cada familia puede tomar lo necesario para su subsistencia, ¿cómo sabemos cuánto será ‘lo necesario’ y si será suficiente? Igual, sí, podemos apuntar a mucho más. Con un poco de empatía y vocación de comprensión del otro vamos a estar más cerca de tu utopía. Mientras, los abogados gozamos de buena salud”.
Juan Ignacio Pereyra
pereyrajuanignacio@gmail.com
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