Nada es gratis

Redacción

Por Redacción

En dos minutos el supermercado cierra sus puertas, pero adentro queda un montón de gente. Un muchacho –tendrá unos 20 años–hace la fila para pagar. Detrás suyo hay un señor –¿tendrá 50 años?–. Adelante de ellos esperan unas diez personas y otras tantas detrás. El joven mira el celular, se queja de que no tiene señal, lo guarda en el bolsillo de su traje de baño. Abre un paquete de bizcochos que tiene entre sus manos pero que aún no pagó y empieza a comer. “Esta fila no avanza más”, se queja. El señor lo mira y sonríe. El joven le pregunta si quiere un bizcocho. “No, gracias”, dice el señor, que evidencia cierta dificultad para mover su pierna derecha. –Uno debería saber que nada es gratis– dice el señor. –El aire es gratis– responde el joven. Siguen intercambiando comentarios. La fila avanza lenta. El señor cuenta que hasta hace unos años fue profesor de Educación Física en un colegio secundario. El joven se sorprende: “¡¿En serio?! Yo estoy haciendo el profesorado, me faltan algunos años para recibirme”. Los miro y pienso que todas las situaciones generan otras; que los hechos pueden parecer aislados pero que no lo son, que hay un hilvanado previo, generalmente invisible aunque no por eso inexistente; como que se va construyendo una cadena que temprano o tarde desemboca en otro hecho. “Perdimos 2-0, no quiero jugar más”, dice el joven, mirando el suelo. El señor, con una sonrisa, le dice que ganar o perder es una ilusión. Se produce un silencio por unos segundos, una pausa en esa interacción entre dos generaciones. –Te voy a contar una historia– dice el señor-. Cuando era niño, mi viejo me dijo: “En el juego, a la final, la ganancia está en la experiencia”. Recién lo entendí mucho después, cuando tenía 16 años. Habíamos perdido una final contra un equipo al que le habíamos ganado muchas veces. Pero esa vez perdimos. Estaba frustrado, triste… No quería jugar más. –Seguro que en el vestuario nadie decía nada, ¿no?– preguntó el joven. –El entrenador nos palmeaba la espalda. Hasta que, de pronto, uno de mis compañeros empezó a hablar. Lo miramos algo desconcertados, porque era alguien de perfil bajo y, además, era suplente en el equipo. –¿Y por qué habló? –No sé. Me acuerdo que dijo: “Muchachos, hoy perdimos un partido y ojalá que perdamos muchos más, porque eso significará que vamos a seguir jugando juntos”. –… –Ya pasaron más de treinta años. No me acuerdo puntualmente de cuántos partidos ganamos o perdimos; pero sí de los días que pasamos entrenando juntos, los momentos que compartimos dentro y fuera de la cancha. Me acuerdo de la experiencia y de todo lo que crecí y aprendí de estar con el equipo, de compartir. Como dijo en aquel entonces mi compañero, no hay que hundirse en un resultado, eso es circunstancial. Con esto no quiero decir que ganar no vale la pena, al contrario. Ganar nos recuerda que es más lindo que perder; pero perder nos enseña que las cosas cuestan, que nada es gratis y, sobre todo, que cuando perdemos también ganamos… –Buenas noches, señor– lo interrumpió la cajera del supermercado. –Qué rápido avanzó la fila, ¿no?– comentó el joven.

juan ignacio pereyra


En dos minutos el supermercado cierra sus puertas, pero adentro queda un montón de gente. Un muchacho –tendrá unos 20 años–hace la fila para pagar. Detrás suyo hay un señor –¿tendrá 50 años?–. Adelante de ellos esperan unas diez personas y otras tantas detrás. El joven mira el celular, se queja de que no tiene señal, lo guarda en el bolsillo de su traje de baño. Abre un paquete de bizcochos que tiene entre sus manos pero que aún no pagó y empieza a comer. “Esta fila no avanza más”, se queja. El señor lo mira y sonríe. El joven le pregunta si quiere un bizcocho. “No, gracias”, dice el señor, que evidencia cierta dificultad para mover su pierna derecha. –Uno debería saber que nada es gratis– dice el señor. –El aire es gratis– responde el joven. Siguen intercambiando comentarios. La fila avanza lenta. El señor cuenta que hasta hace unos años fue profesor de Educación Física en un colegio secundario. El joven se sorprende: “¡¿En serio?! Yo estoy haciendo el profesorado, me faltan algunos años para recibirme”. Los miro y pienso que todas las situaciones generan otras; que los hechos pueden parecer aislados pero que no lo son, que hay un hilvanado previo, generalmente invisible aunque no por eso inexistente; como que se va construyendo una cadena que temprano o tarde desemboca en otro hecho. “Perdimos 2-0, no quiero jugar más”, dice el joven, mirando el suelo. El señor, con una sonrisa, le dice que ganar o perder es una ilusión. Se produce un silencio por unos segundos, una pausa en esa interacción entre dos generaciones. –Te voy a contar una historia– dice el señor-. Cuando era niño, mi viejo me dijo: “En el juego, a la final, la ganancia está en la experiencia”. Recién lo entendí mucho después, cuando tenía 16 años. Habíamos perdido una final contra un equipo al que le habíamos ganado muchas veces. Pero esa vez perdimos. Estaba frustrado, triste... No quería jugar más. –Seguro que en el vestuario nadie decía nada, ¿no?– preguntó el joven. –El entrenador nos palmeaba la espalda. Hasta que, de pronto, uno de mis compañeros empezó a hablar. Lo miramos algo desconcertados, porque era alguien de perfil bajo y, además, era suplente en el equipo. –¿Y por qué habló? –No sé. Me acuerdo que dijo: “Muchachos, hoy perdimos un partido y ojalá que perdamos muchos más, porque eso significará que vamos a seguir jugando juntos”. –... –Ya pasaron más de treinta años. No me acuerdo puntualmente de cuántos partidos ganamos o perdimos; pero sí de los días que pasamos entrenando juntos, los momentos que compartimos dentro y fuera de la cancha. Me acuerdo de la experiencia y de todo lo que crecí y aprendí de estar con el equipo, de compartir. Como dijo en aquel entonces mi compañero, no hay que hundirse en un resultado, eso es circunstancial. Con esto no quiero decir que ganar no vale la pena, al contrario. Ganar nos recuerda que es más lindo que perder; pero perder nos enseña que las cosas cuestan, que nada es gratis y, sobre todo, que cuando perdemos también ganamos... –Buenas noches, señor– lo interrumpió la cajera del supermercado. –Qué rápido avanzó la fila, ¿no?– comentó el joven.

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