Negro no toca sábana…

Por Redacción

Lo contó en Santiago de Chile, en el 98. En un Chile que se alejaba de la devoción por la sangre de Augusto Pinochet. Un Chile en el que ella permaneció varios días, días en que recibió relatos y más relatos de torturas, asesinatos, desapariciones. Relatos que no dejaban que se desgranaran, se liberaran. Y siempre, cuando concluían, acariciaba la cara de esa madre, ese padre, ese hermano, esa hermana de una o de muchas víctimas. Entonces ella reflexionaba… –Estemos juntos, defendamos la vida. Vamos ganando, vamos ganando… Aquí y allá, somos más. Yo también he visto sufrir a mis hermanos negros. Era chiquita cuando percibí en sus miradas cuando sufrían. Y un día de esa visita, alguien le preguntó cuál era de todas las imágenes sobre el apartheid que había asumido siendo piba, la que más le había quedado ligada a lo largo de la vida. Entonces ella, Nadine Gordimer, demoró por un momento la respuesta. Revolvía su historia. –Muchas –dijo finalmente–, pero hay una que siempre está. Acompañé a mi mamá a comprar sábanas. Mi mamá y yo tocábamos las que nos ofrecía el vendedor, las extendíamos. A mí me entusiasmaba el tema, opinaba, era parte de la compra. De golpe miré a una familia negra que también compraba sábanas, pero no las podían tocar, abrir. A los negros les estaba prohibido palpar la calidad de la tela. Se debían remitir sólo a comprar, si es que les gustaba. Y pagar, claro. Porque claro, el dinero de ellos valía, eso sí… valía.


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