“No robar, no mentir, no ser haragán…”

Redacción

Por Redacción

Esta nueva posibilidad de elección nacional pone ante la mirada las cosas positivas y negativas que nos ofreció este largo período de gobierno. Creo que las hay abundantes desde ambas visiones. Existen, además, intereses contrapuestos que paradójicamente se tocan muchas veces y dan lugar a contradicciones entre el hacer y el decir. Pero, más allá de esa esfera del “poder” que llega a solazarse ante sí mismo, estamos cada uno de los ciudadanos de a pie que construimos esta sociedad. Y en ese “construimos” quiero centrar el hilo de mi reflexión. “No robar, no mentir, no ser haragán” era la sencilla y profunda regla de la moral que orientaba a las sociedades originarias del Altiplano. Cuán sabio era Belgrano, que abogó por la coronación de un rey inca… ¿No sería mucho más ética y más solidaria nuestra sociedad si ese precepto se viviera como un imperativo interior, como una autodisciplina? Y el precepto es amplio, porque “no robar”, por ejemplo, va más allá de sustraer elementos materiales a otro; implica pagar una remuneración justa, no evadir los impuestos, no recibir ni entregar “sobornos”, optimizar los recursos públicos, etcétera. “No mentir” habla por sí solo, tanto desde lo individual como desde lo colectivo; desde lo más íntimo de la familia y las relaciones interpersonales hasta el ámbito de lo político, lo sindical, lo laboral. Es la base de la conducta ética. No ser haragán: que el trabajo, cualquiera sea éste, se realice con responsabilidad, buscando alcanzar un nivel de eficiencia que, respetando a la persona, permita llegar a resultados óptimos; que sea valorado como un modo de relación con la naturaleza y con los otros, generando un compromiso social. Que pueda vivirse con alegría y no como un castigo impuesto. Que el esfuerzo, concepto degradado desde algunas posturas ideológicas, sea una satisfacción y no una carga. Lejos del látigo sobre el esclavo, remite al imprescindible aporte de energía física, emocional y cognitiva para el progreso individual y comunitario. Agregaría a estos tres mandatos heredados, “no matar” y “ser solidario”. Si actualizamos al siglo XXI el imperativo de “no matar”, podríamos decir: mejorar los servicios de salud y asistencia. Trabajar desde todos los ámbitos para el desmantelamiento del narcotráfico, la venta de armas y la violencia de género. No habría cabida para la trata en sus diversas modalidades y el manejo vehicular sería más responsable. “Ser solidario” implica actitudes elementales como observar dónde arrojo los residuos, cuidar el medioambiente natural y construido, resguardar los espacios públicos como propios. Respetar y estar atento al “otro”. ¿Cómo serían los ciudadanos si en cada uno se desarrollara la convicción elegida, no impuesta por coerción, de adherir a estas conductas? ¿Qué sociedad resultaría de dichos ciudadanos? Es la nuestra una sociedad que ha evolucionado respecto de la adquisición de derechos, que levanta como bandera la búsqueda de alternativas no represivas para la resolución de conflictos, que promueve el respeto por la persona más allá de diferencias culturales, ideológicas y económicas. No debiéramos esperar que esas reglas básicas para la interrelación comunitaria surjan de leyes y mandatos gubernamentales. Por el contrario, sería deseable que la adhesión a esos preceptos fuera el resultado de la evolución interior de la conciencia desde la propia familia o el núcleo afectivo de acogimiento de cada niño, reforzado y fortalecido luego por la educación. Bien podríamos llamar a aquellos preceptos “obligaciones connaturales”, inherentes a la persona para hacer posible la supervivencia de la comunidad. Y, por supuesto, estas “obligaciones connaturales” debieran ser exigibles y excluyentes para cada uno de quienes se presenten o acepten la designación como funcionarios para administrar el bien social en cualquier nivel de jerarquía o poder. Qué fácil sería elegir a un candidato si esas actitudes básicas fueran el sustento de las propuestas políticas, propuestas que en muchos casos no aparecen claras ni expuestas. Siento que no hay cambio posible si éste no parte de la convicción de que una sociedad honesta, solidaria y progresista hoy no va a ser sólo el logro de un grupo de políticos iluminados, sino la decisión firme de cada uno de los ciudadanos. Un cambio de conciencia no se declara ni surge por decreto. Nace de lo profundo de una persona que lo percibió como necesario y se propuso racional y afectivamente alcanzarlo. Y para que ello se logre la llave fundamental está en la educación en su sentido más amplio. Desde la familia, pasando por los distintos niveles y modalidades educativas e integrando la multiplicidad de prácticas y aprendizajes que se proponen en cada comunidad. En este sentido, el deber del Estado frente a la educación es prioritario. Celebro el empuje que el gobierno nacional otorgó a muchas áreas de la educación y al acceso a los bienes culturales, pero disiento en cuanto al adoctrinamiento partidario que se hizo en muchos ámbitos y el facilismo que se fue otorgando a los diferentes niveles de promoción. Democratizar la educación es igualar oportunidades. Esto no es, a mi modo de ver, facilitar la promoción bajo cualquier condición académica, sino equiparar los puntos de partida. Para finalizar, nuestro país no es el mejor ni el peor. Nosotros, como ciudadanos, tenemos acceso a múltiples servicios de los que en otros lugares se carece. Visualizar lo que tenemos, potenciar los posibles cambios, reflexionar cuántos de éstos dependen en gran medida de nuestras actitudes e intentar participar en acciones comunitarias y/o individuales para generarlos es el primer aporte que podemos hacer. Graciela Castro, DNI 13.208.888 Paraje Chapelco Grande – Neuquén

Graciela Castro, DNI 13.208.888 Paraje Chapelco Grande – Neuquén


Esta nueva posibilidad de elección nacional pone ante la mirada las cosas positivas y negativas que nos ofreció este largo período de gobierno. Creo que las hay abundantes desde ambas visiones. Existen, además, intereses contrapuestos que paradójicamente se tocan muchas veces y dan lugar a contradicciones entre el hacer y el decir. Pero, más allá de esa esfera del “poder” que llega a solazarse ante sí mismo, estamos cada uno de los ciudadanos de a pie que construimos esta sociedad. Y en ese “construimos” quiero centrar el hilo de mi reflexión. “No robar, no mentir, no ser haragán” era la sencilla y profunda regla de la moral que orientaba a las sociedades originarias del Altiplano. Cuán sabio era Belgrano, que abogó por la coronación de un rey inca… ¿No sería mucho más ética y más solidaria nuestra sociedad si ese precepto se viviera como un imperativo interior, como una autodisciplina? Y el precepto es amplio, porque “no robar”, por ejemplo, va más allá de sustraer elementos materiales a otro; implica pagar una remuneración justa, no evadir los impuestos, no recibir ni entregar “sobornos”, optimizar los recursos públicos, etcétera. “No mentir” habla por sí solo, tanto desde lo individual como desde lo colectivo; desde lo más íntimo de la familia y las relaciones interpersonales hasta el ámbito de lo político, lo sindical, lo laboral. Es la base de la conducta ética. No ser haragán: que el trabajo, cualquiera sea éste, se realice con responsabilidad, buscando alcanzar un nivel de eficiencia que, respetando a la persona, permita llegar a resultados óptimos; que sea valorado como un modo de relación con la naturaleza y con los otros, generando un compromiso social. Que pueda vivirse con alegría y no como un castigo impuesto. Que el esfuerzo, concepto degradado desde algunas posturas ideológicas, sea una satisfacción y no una carga. Lejos del látigo sobre el esclavo, remite al imprescindible aporte de energía física, emocional y cognitiva para el progreso individual y comunitario. Agregaría a estos tres mandatos heredados, “no matar” y “ser solidario”. Si actualizamos al siglo XXI el imperativo de “no matar”, podríamos decir: mejorar los servicios de salud y asistencia. Trabajar desde todos los ámbitos para el desmantelamiento del narcotráfico, la venta de armas y la violencia de género. No habría cabida para la trata en sus diversas modalidades y el manejo vehicular sería más responsable. “Ser solidario” implica actitudes elementales como observar dónde arrojo los residuos, cuidar el medioambiente natural y construido, resguardar los espacios públicos como propios. Respetar y estar atento al “otro”. ¿Cómo serían los ciudadanos si en cada uno se desarrollara la convicción elegida, no impuesta por coerción, de adherir a estas conductas? ¿Qué sociedad resultaría de dichos ciudadanos? Es la nuestra una sociedad que ha evolucionado respecto de la adquisición de derechos, que levanta como bandera la búsqueda de alternativas no represivas para la resolución de conflictos, que promueve el respeto por la persona más allá de diferencias culturales, ideológicas y económicas. No debiéramos esperar que esas reglas básicas para la interrelación comunitaria surjan de leyes y mandatos gubernamentales. Por el contrario, sería deseable que la adhesión a esos preceptos fuera el resultado de la evolución interior de la conciencia desde la propia familia o el núcleo afectivo de acogimiento de cada niño, reforzado y fortalecido luego por la educación. Bien podríamos llamar a aquellos preceptos “obligaciones connaturales”, inherentes a la persona para hacer posible la supervivencia de la comunidad. Y, por supuesto, estas “obligaciones connaturales” debieran ser exigibles y excluyentes para cada uno de quienes se presenten o acepten la designación como funcionarios para administrar el bien social en cualquier nivel de jerarquía o poder. Qué fácil sería elegir a un candidato si esas actitudes básicas fueran el sustento de las propuestas políticas, propuestas que en muchos casos no aparecen claras ni expuestas. Siento que no hay cambio posible si éste no parte de la convicción de que una sociedad honesta, solidaria y progresista hoy no va a ser sólo el logro de un grupo de políticos iluminados, sino la decisión firme de cada uno de los ciudadanos. Un cambio de conciencia no se declara ni surge por decreto. Nace de lo profundo de una persona que lo percibió como necesario y se propuso racional y afectivamente alcanzarlo. Y para que ello se logre la llave fundamental está en la educación en su sentido más amplio. Desde la familia, pasando por los distintos niveles y modalidades educativas e integrando la multiplicidad de prácticas y aprendizajes que se proponen en cada comunidad. En este sentido, el deber del Estado frente a la educación es prioritario. Celebro el empuje que el gobierno nacional otorgó a muchas áreas de la educación y al acceso a los bienes culturales, pero disiento en cuanto al adoctrinamiento partidario que se hizo en muchos ámbitos y el facilismo que se fue otorgando a los diferentes niveles de promoción. Democratizar la educación es igualar oportunidades. Esto no es, a mi modo de ver, facilitar la promoción bajo cualquier condición académica, sino equiparar los puntos de partida. Para finalizar, nuestro país no es el mejor ni el peor. Nosotros, como ciudadanos, tenemos acceso a múltiples servicios de los que en otros lugares se carece. Visualizar lo que tenemos, potenciar los posibles cambios, reflexionar cuántos de éstos dependen en gran medida de nuestras actitudes e intentar participar en acciones comunitarias y/o individuales para generarlos es el primer aporte que podemos hacer. Graciela Castro, DNI 13.208.888 Paraje Chapelco Grande - Neuquén

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