No tocar



Puesto que el Ministerio de Trabajo está en manos de la esposa de uno de los sindicalistas más notorios del país, el actual senador Luis Barrionuevo, a nadie le habrá motivado mucha sorpresa su decisión de derogar la resolución que fue impulsada por una antecesora, Patricia Bullrich, según la cual los jefes sindicales se veían obligados a presentar una declaración jurada de bienes ante las autoridades competentes. De todas las medidas tomadas por el gobierno del entonces presidente Fernando de la Rúa, aquélla había provocado la reacción más agresiva por parte de los sindicalistas que ni siquiera intentaron disimular su enojo, lo cual era comprensible porque no cabía duda de que los patrimonios que algunos se las habían ingeniado para acumular no guardaban una relación confesable con sus ingresos formales. Es que, como explicó en detalle en una ocasión memorable el propio Barrionuevo, "en la Argentina nadie hace dinero trabajando". Es posible que los sindicalistas groseramente enriquecidos conformen una minoría, pero a juicio de la ciudadanía son típicos. Por lo tanto, sería lógico que los preocupados por el destino del sindicalismo en la Argentina insistieran en medidas aún más severas que la prohijada por la ex ministra, pero hasta ahora los adversarios del apenas presentable establishment gremial han preferido asumir una actitud caracterizada por la lealtad corporativa.

La ex ministra y en la actualidad candidata sin muchas esperanzas a la presidencia de la República Bullrich ha contraatacado denunciando a la señora de Barrionuevo, Graciela Camaño, y a la viceministra de Trabajo, Noemí Rial, por ser "juez y parte" porque podrían verse adversamente afectadas por la norma, violando así la ley de ética pública, pero no es demasiado probable que su acusación prospere. Si bien es evidente que Bullrich tiene razón, en nuestro país la realidad política suele pesar mucho más que las reglas teóricas y en vista de la necesidad del gobierno de Eduardo Duhalde de congraciarse con los sindicalistas, es de suponer que encontrará la manera de archivar el asunto para que se pierda definitivamente en una nebulosa judicial. De lo contrario, los duhaldistas no tardarían en verse frente a un brote de activismo sindical que contrastaría llamativamente con la pasividad de la que los gremios han estado haciendo gala a partir de la caída de De la Rúa. En efecto, parecería que luego de haber festejado el default y la "devaluación asimétrica" que tantos perjuicios han causado a los trabajadores, los sindicalistas antes más beligerantes se han borrado del escenario. Tal actitud podría considerarse digna si reflejara su voluntad de someterse a una "autocrítica" y repensar su papel en la sociedad, pero no existe ningún motivo para creer que se han dedicado a un ejercicio tan arduo. Antes bien, habrán optado por mantener un perfil bien bajo hasta que la situación se aclare un poco con el propósito de aprovechar cualquier oportunidad que surja para consolidar sus propias posiciones.

De todas las corporaciones del país, la sindical es la más despreciada, lo que en vista del desprestigio de los partidos políticos, el Congreso y la Corte Suprema de Justicia, constituye una especie de hazaña. Su reputación nada envidiable se debe a la convicción, justificada o no, de que muchos son ladrones que se han enriquecido a costillas de los trabajadores saqueando las llamadas obras sociales, extorsionando a empresarios -como hicieron hace poco hombres de la UOCRA, el gremio de la construcción- y vendiendo favores. También ha aportado a su imagen antipática el hecho indiscutible de que los mejor conocidos se han eternizado en sus cargos a pesar de su incapacidad patente para defender los intereses de los afiliados. Si bien hay muchos sindicalistas honestos, pocos habrán podido abrirse camino en las burocracias gremiales porque, tal como sucede en el ámbito estrechamente relacionado de la política, a los corruptos no les gusta en absoluto compartir el poder con quienes se atienen a códigos morales que les son ajenos. Para los trabajadores, la decadencia del sindicalismo ha sido un auténtico desastre, pormenor que, claro está, no preocupa para nada a personajes que siempre han antepuesto sus intereses personales a aquellos de quienes dicen representar.


Comentarios


No tocar