Nuestro glamoroso Che

Por Redacción

hÉctor landolfi (*)

En un conocido taller literario de la ciudad de Buenos Aires un aún más conocido escritor argentino discurre sobre sus vicisitudes literarias y políticas. De estas últimas destaca sus conocimientos sobre el Che Guevara. Luego de la referida exposición y en el debate posterior una asistente a ese taller se pregunta si la fama del Che no se debe, en buena medida, a que era buen mozo. Este enfoque tan femenino como original disparó en mi mente la imagen del Che con los rasgos fisonómicos de Marulanda. Sí, era evidente que de haber ocurrido algo así la fama del Che sería menor. ¿Alguien puede imaginarse a un joven vistiendo una remera con la cara impresa del fallecido jefe de las FARC? Pero hay más elementos que contribuyen al glamour guevarista: sus orígenes aristocráticos. Sus ancestros Lynch y De la Serna aportaron simpatía expresiva y cierto estilo a la bella estampa del Che. La modelo y vedette Graciela Alfano hacía vestir a su marido con la ropa de fajina del Che; decía que esa indumentaria la excitaba, agregando así un toque sexy y fashion a la mística guevarista. Las rubias turistas nórdicas que deambulan por Buenos Aires eligen tarjetas postales con la figura del Che para enviar a sus amistades más por la pinta del argentino que por su ideología. La gestualidad de Guevara fumando habanos es más propia de un millonario texano que de un campesino cubano. Pero si algo faltaba para definir el perfil “paquete” del Dr. Guevara, fueron sus preferencias deportivas. Le encantaba jugar al rugby (deporte de los chicos “bien” argentinos) y al golf (deporte burgués, según Hugo Chávez). Esta relación entre la estética y la fama en Guevara nos lleva a comparar la magnitud de esa fama –mítica– con los concretos resultados obtenidos en sus muchas actividades. Hay un rasgo en la conducta de Guevara que es común a muchos argentinos: el hacer varias cosas sin terminarlas ni hacerlas bien. Como jefe de la fortaleza de la Cabaña –durante los primeros días de la Revolución– fue responsable de la ejecución de los prisioneros, actividad donde sí demostró eficacia. Fue jefe de Policía en La Habana; una de sus funciones consistió en perseguir homosexuales, que a partir de entonces serían enemigos de la Revolución. Como presidente del Banco Nacional de Cuba se distinguió por imprimir billetes firmados con la palabra Che –una compadrada típica de Isidoro Cañones–. Fue ministro de Industrias y en ese cargo dijo que “Cuba será la usina industrial de América Latina” –una compadrada mayor–. A casi medio siglo de ese público deseo Cuba se sigue distinguiendo como productora de azúcar, tabaco y ron. “Aquí todo es chino”, dijo Fidel Castro en uno de los últimos reportajes públicos que le hicieron; se refería a electrodomésticos y otros productos industriales usados en el país caribeño. Recientemente el gobierno cubano consideró “primordial” la utilización de ¡bueyes! en la agricultura ante la falta de tractores. También fue escritor de libros, de diarios de viaje y guerra y de variada correspondencia. Fue cortador de caña de azúcar y en el único desarrollo relativamente independiente que hizo Cuba, el de la salud, él siendo médico no tuvo nada que ver. Raúl Castro, el general y presidente cubano, expresó con claridad lo que piensa sobre la capacidad profesional del Dr. Ernesto Guevara: “Con el Che no me daría ni una inyección”. Este hado proveniente de su país de origen persigue al Che como hilo hilvanador que une a sus variadas actividades. Si esta característica no se hizo más evidente fue por su famosa victoria en la batalla de Santa Clara, tan alabada de diversas formas. Pero aquí también se presenta esa dicotomía entre la realidad y la fama lograda. Se trató de una operación militar ordenada por Castro, bajo su paraguas estratégico, y con el apoyo del Directorio Revolucionario. El Che se ocupó de la conducción táctica de varios cientos de combatientes que debieron enfrentar a un ejército corrupto y desmotivado cuyo jefe, Batista, estaba haciendo las valijas para huir. Cuando debió actuar solo como en el Congo o en Bolivia y reunir sobre sí las responsabilidades estratégicas y las tácticas de la lucha, fracasó. Su colega el comandante Huber Matos no estaba equivocado cuando afirmó que “el Che era un guerrillero mediocre”. En 1965 Guevara apareció en el Congo al frente de 200 soldados de raza negra, todos pertenecientes a la elite del ejército cubano. Parecería que la elección del color de su tropa indicaría que tuvo bien en cuenta el medio donde debió actuar. Pero fue solamente eso lo que percibió de la realidad africana. Promovió una reforma agraria en un país donde sobra la tierra y falta la gente. Desconoció la cultura africana creyendo que a los combatientes locales aliados los podía dirigir con la misma dura racionalidad con que dirigía a su propia tropa. Las limitaciones de su ideología marxista no le permitieron ver que los componentes mágicos de la cultura africana tenían tanto valor en la paz como en la guerra. Los resultados de esa campaña son conocidos y el Che terminó huyendo, casi en solitario, en un gomón por un río africano. El final Ernesto Guevara integraba junto a Camilo Cienfuegos y Huber Matos la tríada de comandantes que fue devorada por la vorágine revolucionaria. Cienfuegos desapareció en un confuso accidente, Matos fue encarcelado durante veinte años y Guevara debió esperar a estar en Bolivia. El fracaso del Che en África llevó a Fidel a pensar en deshacerse de él. Se cansó de un Guevara convertido en una suerte de Gardel de la Revolución cuyas sonoridades y brillos fueron siempre mayores a sus logros como combatiente o funcionario. Le preocupaba la creciente fama universal del Che que se proyectaba como una sombra sobre su propio liderazgo. Y ningún jefe acepta –menos aún Castro– que un subordinado opaque su figura. La intención de Fidel de apartar a Guevara del centro del poder cubano fue simultánea con la idea de sostener su figura como la del ideólogo del régimen. Ernesto Guevara fue eso toda su vida, un apasionado ideólogo marxista. No obstante lo ocurrido en el Congo el Che solicitó autorización para una nueva aventura en Bolivia; el comandante en jefe no tardó mucho tiempo en concedérsela. Puede pensarse que el Che se sintió cómodo los primeros días pasados en el monte boliviano. Pudo haber sentido que volvían los buenos viejos tiempos de Sierra Maestra. Pero no fue así. La nueva realidad se le impuso implacable y rápidamente. Ya no estaba en una guerrilla artesanal que operaba insurgente en su propio territorio sino al frente de una unidad del ejército cubano, también integrada por tropas de elite, que había invadido un país extranjero. La situación internacional tampoco era la misma. Los Estados Unidos, que antes le habían soltado la mano al impresentable Batista facilitando así el triunfo final de la guerrilla, hoy lo perseguían a él con su servicio secreto. A pesar de lo que le había pasado en África, el Che cometió en Bolivia el mismo error: ignorar la cultura local. Error doblemente incomprensible, pues él había recorrido antes esa zona andina en tres oportunidades. La última, la de su famoso viaje en motocicleta, tuvo también consecuencias glamorosas: la producción de la película sobre ese viaje fue, inicialmente, de Robert Redford. Su eurocéntrica ideología marxista no le permitió comprender a los aymaras. Este milenario pueblo boliviano desarrolló, a diferencia de nuestros collas, una cultura de rechazo a los dos imperios que lo conquistaron: el incaico y el español. Dos actividades muestran claramente la actitud aymara ante sus conquistadores españoles. Hasta hace pocos años se desarrollaba en algunas zonas de Bolivia, y en algunas poblaciones andinas del Perú, una fiesta popular llamada la Cóndor Rachi que consistía en atar un cóndor al lomo de un toro. El cóndor representaba a la cultura andina y el toro, a la europea. La horrible muerte del toro, picado constantemente por el cóndor, era la venganza del pueblo sometido. La otra actividad, más alegre y conocida, es la Diablada. Este carnestolendo y colorido baile es la celebración del diablo, porque éste es el enemigo del dios que tenían los conquistadores españoles. Y, ya se sabe, el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Este rechazo al conquistador español, personificado en esos seres blancos y barbados, quedó grabado en la memoria colectiva del pueblo aymara. Cuando los soldados cubanos también blancos y barbados se presentaron ante los aborígenes con intenciones reivindicatorias no recibieron adhesiones sino miedo y rechazo. El ejército boliviano no necesitó hacer mucha inteligencia para seguirle el rastro a Guevara; era informado sobre los movimientos de la columna cubana por los propios campesinos. Esta situación llegó a un extremo ridículo cuando una anciana aborigen descubrió a los cubanos y el Che, en una muestra de incompetencia militar, coimeó a la mujer para que no los delatara. Obviamente la campesina tomó el dinero y luego informó al ejército boliviano. Los angustiosos pedidos de ayuda provenientes del interior del país del altiplano, desoídos por la estructura comunista suda-mericana, anunciaron el ineluctable fin de la tríada de comandantes formada en Sierra Maestra. Quien había previsto hacer 100 Vietnam a Estados Unidos sólo logró hacer el suyo propio. (*) Ex directivo y conferencista de la industria editorial y gráfica


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