Opciones limitadas

Con el terrorismo, la voluntad de hacer concesiones suele ser contraproducente.

Por Redacción

A pesar de que en las declaraciones que formulan en inglés el líder palestino Yasser Arafat y sus allegados suelen brindar la impresión de ser personas muy razonables que estarían más que dispuestos a convivir en paz con Israel si éste dejara de castigarlos, lo que algunos dicen en árabe es muy distinto. Aunque sólo fuera por su deseo de congraciarse con los sectores más combativos, dan a entender que no han abandonado el objetivo de eliminar por completo lo que denominan «la entidad sionista» cuya existencia misma les parece un agravio insoportable. Puesto que a diferencia de los norteamericanos y europeos los israelíes prestan más atención a lo dicho en árabe que a las palabras conciliadoras expresadas en inglés, la mayoría da por descontado que Arafat es el jefe de una organización terrorista comparable con Al-Qaeda, opinión que, de más está decirlo, a su juicio se ha visto confirmada por la serie de atrocidades que han perpetrado «bombas humanas» de mentalidad muy similar a los responsables de la matanza de Nueva York. Antes de cobrar fuerza la nueva «intifada» que está agitando a palestinos e israelíes, una proporción significante de éstos se afirmaba en favor de concesiones acaso traumáticas, pero una consecuencia del estado de semiguerra que se ha dado a partir de entonces ha sido el endurecimiento del consenso en Israel que, desde luego, se asemeja mucho a aquel de la derecha norteamericana en los días que siguieron a los ataques del 11 de setiembre, lo cual es comprensible porque está en juego su propia supervivencia.

Mientras persista la convicción israelí de que no sólo Arafat sino también muchos palestinos supuestamente moderados quieren destruirlos y que por lo tanto las «negociaciones de paz» son meras maniobras tácticas, no habrá ninguna posibilidad de solucionar el conflicto mediooriental. Para que tal posibilidad existiera, las autoridades palestinas tendrían que mostrarse decididas a reprimir vigorosamente las muchas agrupaciones que están comprometidas con la eliminación física del Estado de Israel -y de sus habitantes-, pero si bien de vez en cuando han sido detenidos en el territorio regido por Arafat militantes del Hamas y otros movimientos, los más concuerdan en que sólo se ha tratado de medidas simbólicas, no de un esfuerzo auténtico por desmantelarlos. Asimismo, aunque tengan razón aquellos palestinos que señalan que a esta altura intentar impedir más violencia podría provocar una guerra civil sanguinaria, Israel no puede darse el lujo de asumir una postura pasiva por temor a enfurecer todavía más a «la calle árabe»: sus dirigentes saben que, según la lógica brutal que impera en el Medio Oriente, la presunta debilidad puede resultar más mortífera que la prepotencia armada.

De no haber sido por la presión a veces fuerte de Estados Unidos, cuyos gobernantes preferirían subordinar todo a su propia «guerra contra el terror» y no quieren que Israel irrite a los integrantes musulmanes de la «coalición» que han ensamblado, y la Unión Europea, que tiene que preocuparse tanto por sus intereses comerciales en la zona como por la conducta de los millones de musulmanes, muchos de origen árabe, que viven en los países miembros, Israel ya hubiera adoptado una actitud decididamente más agresiva frente a quienes son sus enemigos mortales. Aunque con toda seguridad sus acciones hubieran merecido la condena casi unánime del resto del mundo, en especial de la opinión pública europea que se resiste a creer que no todos los demás sean demócratas cabales, es probable que como resultado el Medio Oriente sería mucho más tranquilo de lo que es en la actualidad. El gran motor del terrorismo no es la desesperación de los pobres, sino la confianza en que tarde o temprano el enemigo se sentirá tan cansado de luchar que terminará aceptando cualquier «plan de paz», de suerte que la flexibilidad y la voluntad de hacer concesiones que son tan típicas de la diplomacia occidental suelen resultar contraproducentes. Se trata de un principio desagradable que no condice con el pacifismo habitual en sociedades más seguras, pero nada de lo sucedido últimamente entre Israel y la Autoridad Palestina hace pensar que sea falso.