El foresight estratégico de Roca y la Patagonia que hoy disputa la IA
Este concepto en inglés consiste en imaginar escenarios posibles e intervenir antes de que los hechos se impongan, como hizo Roca en el siglo XIX. Vaca Muerta reconfigura la posición geopolítica de Argentina y Neuquén.

La ocupación de la Patagonia en el último cuarto del siglo XIX fue una visionaria decisión de Estado que respondió a una congruente lectura de cómo maximizar el interés nacional, entendido como todo aquello que hace a la prosperidad de la nación. Para las reglas del sistema internacional decimonónico, la soberanía no era un atributo declarativo sino el resultado de la ocupación efectiva. La Patagonia de 1878, débilmente administrada, era percibida por las potencias en términos geopolíticos, como un ´´espacio abierto´´ o espacio próximo a la condición de ´´terra nullius´´ (tierra de nadie). Como recordaba el derecho clásico desde Vattel, formalizándose operativamente en la Conferencia de Berlín, el título territorial se consolidaba con presencia administrativa, control militar y ejercicio continuo de autoridad.
La visión estratégica de Julio A. Roca de avanzar hacia el sur es comparable a la compra de Alaska por parte del secretario de Estado W. Seward en 1867. Ambos territorios fueron calificados como inhóspitos e inútiles, y en el caso norteamericano fue catalogado de ´´locura´´ (“Seward’s folly”). Roca, como Seward, apostó por la soberanía futura antes que por beneficios visibles. Charles Darwin había definido a la Patagonia como un “terreno baldío” o “océano petrificado”. Roca comprendía que esa imagen no equivalía a irrelevancia estratégica, ya que el valor de un territorio no se mide solo por su productividad agrícola, sino por el acceso marítimo, el control de rutas, la proyección antártica y la posición frente a otras potencias. Mientras Chile se concentraba en la Guerra del Pacífico y el guano, las fuerzas argentinas avanzaban en la Patagonia. Solo esa ocupación real hizo posible el Tratado de Límites de 1881.
Otro factor decisivo era la dimensión atlántica. Con Malvinas en manos británicas desde 1833, la colonia galesa en Chubut y misiones en Tierra del Fuego existía el riesgo de una penetración indirecta. El capital británico podía asentarse mediante colonización privada e influencia económica o religiosa. El presidente Avellaneda advirtió ese peligro al recordar que Gran Bretaña había intervenido en Abisinia para rescatar a sus súbditos británicos. La doctrina de protección de nacionales se invocaba para legitimar la coerción de las potencias, principio también invocado en el S.XIX por el Imperio Ruso frente al Imperio Otomano bajo el pretexto de proteger a los ´´cristianos ortodoxos´´.
Esa capacidad de anticipación es lo que hoy conocemos como foresight estratégico, el cual consiste en imaginar escenarios posibles e intervenir antes de que los hechos se impongan. Roca no esperó a que el valor económico se materializara, sino que consolidó el control territorial e impulsó las condiciones para su integración productiva. Como él mismo sostenía, “el comercio sabe mejor que el gobierno lo que le conviene; la verdadera política consiste en dejarle la más amplia libertad. El Estado debe limitarse a establecer las vías de comunicación y a levantar el crédito público en el exterior”.
En el siglo XXI esa misma lógica se reactualiza. La Patagonia, con Vaca Muerta, reconfigura la posición geopolítica de la Argentina y de Neuquén. Pero el valor estratégico se amplía ahora hacia un nuevo factor de poder. la infraestructura de inteligencia artificial.La IA a escala industrial exige centros de datos de alta densidad energética que consumen enormes cantidades de electricidad y generan calor intenso. En ese contexto, el clima frío deja de ser una debilidad y se transforma en ventaja competitiva. Las bajas temperaturas de la Patagonia reducen de manera significativa los costos de refrigeración —uno de los principales gastos operativos de estos complejos— y disminuyen la dependencia de sistemas de enfriamiento intensivos en agua. A esa condición climática se suman tres elementos que solo un territorio soberano y consolidado puede ofrecer: energía abundante (hidrocarburos de Vaca Muerta y potencial eólico), disponibilidad de grandes superficies y estabilidad institucional. Australia compite por los mismos proyectos, pero enfrenta mayores tensiones hídricas y de red eléctrica. La combinación resulta especialmente atractiva para los grandes operadores tecnológicos.
El paralelo con el Ártico es iluminador. Allí, la tecnología actual convirtió en recursos críticos minerales que hace pocas décadas carecían de valor comercial. De manera análoga, el auge de la inteligencia artificial revaloriza los territorios fríos, energéticamente densos y poco densamente poblados del sur. La decisión de Roca no solo aseguró soberanía territorial, sino que creó las condiciones físicas y políticas que hoy permiten a la Argentina competir por la instalación de futuras “fábricas de cómputo” y por la infraestructura digital que las sostiene. Sin esa soberanía efectiva temprana, el sur argentino no estaría en condiciones de aspirar a estos nodos de poder tecnológico.
* Mg. en Economía política, Relaciones internacionales

La ocupación de la Patagonia en el último cuarto del siglo XIX fue una visionaria decisión de Estado que respondió a una congruente lectura de cómo maximizar el interés nacional, entendido como todo aquello que hace a la prosperidad de la nación. Para las reglas del sistema internacional decimonónico, la soberanía no era un atributo declarativo sino el resultado de la ocupación efectiva. La Patagonia de 1878, débilmente administrada, era percibida por las potencias en términos geopolíticos, como un ´´espacio abierto´´ o espacio próximo a la condición de ´´terra nullius´´ (tierra de nadie). Como recordaba el derecho clásico desde Vattel, formalizándose operativamente en la Conferencia de Berlín, el título territorial se consolidaba con presencia administrativa, control militar y ejercicio continuo de autoridad.
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