La deforestación es culpable

Recordemos que, cuando pensamos en el cambio climático, no podemos detenernos al final de este siglo. Las consecuencias continúan muchos siglos más.

Carta de Lector

Por Carta de lector





*por Cristian Frers, Técnico Superior en Gestión Ambiental y Técnico Superior en Comunicación Social.

La deforestación es una causa del cambio climático y este cambio climático agudiza los problemas de los bosques y favorece la deforestación.

Si bien las cuestiones relacionadas con los bosques y selvas son complejas, se reducen a un principio económico muy simple. Hoy en día, vale más para una compañía maderera que un agricultor limpie la selva que dejarla tranquila. No hay actualmente ningún ahorro económico en salvar a los árboles. Básicamente, el mercado considera que los árboles valen más muertos que vivos. Sin embargo, cuando se trata de detener el cambio climático, los bosques y las selvas del planeta son invaluables.

En muchas áreas el proceso de deforestación va acompañado de una mala gestión de las políticas territoriales, a menudo debido a la existencia de regímenes que no prestan demasiada atención al ambiente, pero que en cambio se muestran preocupados por satisfacer intereses particulares.

Los bosques son los aliados del clima. Los árboles, como el resto del reino vegetal, y a través de la fotosíntesis, captan el dióxido de carbono de la atmósfera y lo transforman en carbono orgánico que pasa a formar parte de la biomasa vegetal.

En los bosques, además, hasta la materia orgánica muerta y los restos vegetales se depositan en los suelos formando capas de materia orgánica que constituyen reservas importantes de carbono. Un suelo rico en carbono no sólo es un suelo fértil y estable, también cumple la función de regular el ciclo hidrológico a través de la retención del agua de lluvia.

Se acaban de desmontar centenares de hectáreas. El proceso de desmonte es brutal y no hay sutilezas: para limpiar una parcela, en la mayoría de los casos se usan dos topadoras separadas decenas de metros entre sí y entre ellas se tensa una gruesa cadena que, de forma literal, arranca y derriba todo a su paso al avanzar las máquinas. Como en las películas de guerra, el lugar queda lleno de restos apilados, aplastado, polvoriento y en silencio.

El problema de la deforestación, no es nuevo. Desde los albores del siglo XX hasta la actualidad, Argentina perdió dos tercios de la superficie de selva y bosques nativos originales;la situación es crítica. El país está entre los 10 países que sufrieron más desmontes en los últimos 30 años. Se perdieron alrededor de ocho millones de hectáreas de bosques, especialmente en Salta, Santiago del Estero, Chaco y Formosa… No debemos olvidarnos de las provincias que integran la Patagonia.

Además de la pérdida acelerada de bosques nativos, aquellos que quedan en pie sufren un proceso continuo de degradación desde hace más de cien años. Ya sea para extraer madera, tanino, durmientes de ferrocarriles, postes de alambrados o carbón, la explotación forestal de los bosques nativos tuvo históricamente y tiene hasta nuestros días características agropecuarias.

Esto quiere decir que no se aplican técnicas de manejo o reforestación para asegurar su renovación o regeneración, sino que simplemente se extraen los mejores ejemplares hasta su agotamiento. Una de las razones para este comportamiento es la escasa rentabilidad y consecuente informalidad del sector forestal. Sumado a esto, la falta de acceso al asesoramiento técnico y al uso de las mejores tecnologías disponibles agravan la situación.

La reutilización y el reciclaje son dos métodos ecológicos que pueden ayudar a reducir la deforestación ya que la madera y el papel están directamente relacionados con la extracción de recursos de estos lugares.

Nadie pone en duda que la deforestación es uno de los factores que agravan el cambio climático, aún más cuando esos terrenos antes ocupados por bosques se reconvierten a un uso agropecuario, industrial o urbano. Y esos cambios suelen ser irreversibles: ni es posible recuperar de un plumazo la masa forestal perdida, ni tampoco podemos prescindir ya de esas viviendas, esas fábricas o esas explotaciones de producción de alimentos. Pero la solución podría parecer inmediata: plantemos árboles allí donde ahora hay tierra disponible, y así conseguiremos poco a poco recuperar lo perdido. Hoy son numerosas las iniciativas de reforestación masiva contra el cambio climático, a menudo respaldadas por compañías que dicen compensar con ello sus emisiones de carbono. Pero ¿es tan sencillo? ¿Realmente basta con plantar billones de árboles para cicatrizar la herida climática del planeta?

Recordemos que, cuando pensamos en el cambio climático, no podemos detenernos al final de este siglo. Las consecuencias continúan muchos siglos más.


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