La Tierra: del derecho a la obligación
¿No será la hora de aportar más equilibrio a nuestras raíces culturales, dándole a las obligaciones el lugar que les corresponde? ¿No nos estará faltando ese principio de humanidad que es ponerse en el lugar del otro?

La tierra: una molécula en la infinitud del universo. Seres humanos: millones de entidades más pequeñas aún, que conviven en ella. Bastaría para erradicar en el humano todo sentido de soberbia y discriminación respecto del prójimo. Y desde la humildad de nuestra pequeñez, hacer honor a ese efímero regalo de la naturaleza que es la vida, conscientes de que es lo único que tenemos, y tratando por ende de convivir en paz, colaborando en un marco de mutuo respeto, haciendo de la existencia propia y ajena un tránsito lo más armonioso posible.
1) Civilizar: sacar del estado salvaje a pueblos y personas” (Diccionario lengua española). Llevamos siglos fracasando en ese necesario cambio evolutivo. Desde aquellos humanos que por su color de piel, su raza, su sexo, su religión , o por la fuerza, se sentían superiores, llegando al extremo de esclavizar al prójimo, pasando por tantos tipos de discriminación, con la secuela de creerse con derecho a infligir sufrimiento al discriminado. Como si nacer con determinado sexo, color de piel, o profesar cierta religión fuera una virtud o un mérito personal, siendo, como lo es, una cuestión de azar, según de qué progenitores y con que características nos tocó nacer o que religión nos inculcaron. Dando pábulo a quienes sostienen que la estupidez humana no tiene límites. O que nada hemos aprendido.
2) Aquí y ahora. Nada de fondo ha cambiado. Asistimos horrorizados al asesinato masivo de personas, por distintos métodos, en diversos lugares del mundo. La diferencia con el pasado es que se hace a través de medios infinitamente más sofisticados y destructivos. Y que en lugar del salvaje con garrote dispuesto a matar o morir, hay algunos megalómanos, con las manos limpias de sangre, empuñando una aséptica lapicera con la que firman un documento ejecutivo, a raíz del cual, miles de personas inocentes mueren, pierden sus viviendas, sus trabajos, se exilian, sufren hambre, violaciones, la humillación de la ayuda humanitaria, viviendo en campamentos de refugiados en condiciones infrahumanas, o condenados de por vida a revivir la imagen de sus seres queridos destrozados por un misil.
3) Nos vemos impotentes, sin herramientas para parar tanta locura, con ganas de gritar, de clamar, al menos de condenarla en palabras y esperar que se difunda el basta de sangre, de muerte, de sufrimiento, de cuerpitos de niños destrozados por las bombas. Los organismos internacionales ausentes o inútiles. La indiferencia. La noticia de los muchos niños, muertos anónimos convertidos en un número, compartiendo espacio en el periódico con el de la diva que reveló el nombre que le puso a su perrito.
4) Ya sea el propósito anexar territorios, apoderarse de recursos naturales, imponer sus ideas, costumbres o religión, el común denominador es el derecho que inventa o del que se considera investido el agresor. Y porque puede.
5) Mi reflexión. Nuestra sociedad ha venido haciendo hincapié en los derechos. Y no está mal que lo haga. Pero los derechos y las obligaciones son caras de la misma moneda. Leyendo los principios de Confucio ( 551-479 a.C.) – un maestro en la búsqueda de la armonía y la paz social- se advierte que no invocaba jamás los derechos, sino las obligaciones. Resumiendo en una frase: “nunca hagas a los demás lo que no te gustaría que te hagan a ti”. Lo que nos lleva a recordar al filósofo español que sostenía, que hacer hincapié en los derechos conduce al egoísmo (yo tengo derecho…), hacer hincapié en las obligaciones conduce al altruismo (tengo la obligación de respetar los derechos de mi prójimo…). Partir de un criterio o del otro supone un abismo de diferencia en las conductas derivadas. Llevado a la práctica : la obligación implica no más discriminación, no más genocidio. ¿No será la hora de aportar más equilibrio a nuestras raíces culturales, dándole a las obligaciones el lugar que les corresponde? ¿No nos estará faltando ese principio de humanidad que es ponerse en el lugar del otro? Y quizás, con el tiempo, como sociedad, podamos encajar en la definición del diccionario. Finalmente, enfatizando que no hay palabras para resumir en un título el dolor sin límites y la muerte que esta barbarie viene ocasionando, este artículo no tenía un título preestablecido.
6) Como colofón, entre esas manifestaciones que por su peso, y sin permiso, se quedan a vivir en nuestra memoria, se encuentra este video, en el que dialogan un señor y una niñita. Le pregunta el señor: ¿En tu escuela hay cristianos, judíos y musulmanes ?. Y ella le responde : En mi escuela solo hay niños.
*Abogado neuquino.
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