El factor emocional de la Scaloneta y su gente

Messi, sus compañeros y el cuerpo técnico representan hoy en buena medida el aspiracional de la sociedad que deseamos ser. Eso explica la simbiosis entre el equipo y su gente.

Por Marcelo Antonio Angriman

La Selección jugará la final del Mundial ante España, el domingo próximo en Nueva York.

En la previa al partido con Inglaterra, el tablero de la lógica nos devolvía una mueca de escepticismo.

Si cruzábamos el último andar de los británicos frente a Noruega con el tortuoso transitar de Argentina ante Cabo Verde, Egipto y Suiza, el diagnóstico resultaba alarmante: los puntos débiles de nuestra selección encajaban, con precisión quirúrgica, con las mayores virtudes de los ingleses.

El libreto previo auguraba una noche de sufrimiento en Atlanta. Sin embargo, el fútbol, ese maravilloso deporte que se empeña en humillar a los algoritmos, volvió a demostrar que las batallas humanas no se ganan exclusivamente en los pizarrones, sino en el indescifrable territorio del templo interior.

La semifinal se planteó como “el partido de nuestras vidas”, ese que nos iba a atravesar por siempre. El hecho de que fuera el único enfrentamiento contra los británicos de Lionel Messi a sus 39 años, el recuerdo latente del Azteca y de Diego, el dolor por Malvinas y el pasaje en juego a la final, alimentaron el morbo con una voracidad pocas veces vista.

La declaración de principios se firmó mucho antes del pitazo inicial. Bastó con escuchar el Himno Nacional en la garganta de los jugadores y del cuerpo técnico, con las venas del cuello a punto de estallar y las miradas clavadas en el infinito, para comprender que este equipo no iba a ceder un solo centímetro del territorio conquistado.

Esa templanza se tradujo de inmediato en el césped. Hubo “hombres” que sostuvieron la estructura desde la disputa áspera de cada pelota: Cuti Romero, Licha Martínez, Giuliano Simeone, Nicolás Tagliafico y Leandro Paredes fueron el soporte granítico que le permitió a la ofensiva volcarse en masa hacia el arco contrario, liderados por un Messi conductor, un Julián Álvarez incansable y el posterior ingreso de un decisivo Lautaro Martínez. Párrafo aparte para Enzo Fernández y Alexis Mac Allister, quienes redondearon su mejor partido en el torneo, adueñándose del círculo central con jerarquía y despliegue.

Existe un axioma en el deporte de alto rendimiento que solo los elegidos logran validar: “A mayor presión, más y mejor juego”. Semejante proeza es imposible de alcanzar sin la amalgama de un grupo humano que se respeta, se quiere y se cuida mutuamente. El liderazgo no se impone, se legitima en la entrega por el compañero.

Cuando Inglaterra se puso en ventaja con el gol de Anthony Gordon a los 10 minutos del segundo tiempo y decidió refugiarse atrás en una propuesta «pijotera» , la Selección Argentina no se amedrentó. Al contrario, sintiéndose herida en su orgullo, se lanzó al ataque impulsada por un ímpetu difícil de auscultar.

Así llegaron los relámpagos que guardaremos para siempre en las pupilas del alma. Dos remates en los postes y algunas atajadas milagrosas del quejoso Jordan Pickford fueron el preludio de lo que se vendría.

Hasta que aparecieron las dos pinceladas del artista eterno, Lionel Messi, para quebrantar la resistencia inglesa. Primero, la cesión para que Enzo Fernández sacara un remate colosal, convirtiendo el estéril vuelo del arquero en una foto para la historia. Poco después, otra asistencia milimétrica, esta vez de derecha del diez, para que Lautaro Martínez, con un cabezazo letal, decretara el dos a uno definitivo.

Este triunfo, y el andar de este plantel en el Mundial 2026, trasciende lo estrictamente deportivo. Messi, sus compañeros y el cuerpo técnico representan hoy el aspiracional de la sociedad que deseamos ser: personas de bien, profesionales que estudian el juego, planifican y saben lo que hacen dejándolo todo —aun con errores—, pero que se dejan guiar, por, sobre todo, por el motor sagrado del sentimiento.

La simbiosis entre el equipo y su gente no es un hecho casual. Si analizamos la conducta de la hinchada que copó Atlanta y de la que vibró en cada rincón del suelo argentino, entendemos que el fútbol opera directamente sobre las funciones emocionales del cerebro. El ser humano busca, por naturaleza, el sentido de pertenencia y el reconocimiento colectivo.

Lo dijo el propio Lionel Scaloni luego del memorable triunfo: “Somos únicos. No es arrogancia, es corazón. Esta gente hoy nos llevó a ganar el partido, así que agradecido”.

En un mundo hiperconectado, pero profundamente aislado, la camiseta celeste y blanca activa esos neurotransmisores de la empatía y la identidad comunitaria. Nos abrazamos con desconocidos en la calle porque el cerebro reconoce en el otro a un igual, un miembro de la misma tribu que late bajo el mismo pulso emocional. Es la cura temporaria a la epidemia de la soledad.

Hemos llegado, una vez más, al umbral del Last Dance de esta gesta mundialista. Solo dos disputarán la gran final, aquellos que mejor trataron a la pelota: España y Argentina. No es poco; es muchísimo.

Sea cual sea el veredicto que el destino nos depare, la sentencia más importante ya está dictada en el corazón de los argentinos. Nos queda la más profunda gratitud hacia una Selección que nos enseñó a creer, y el orgullo de haber nacido en este bendito y maravilloso país del fin del mundo.

*Abogado. Prof. Nac. de Educación Física. Docente Universitario. angrimanmarcelo@gmail.com


La Selección jugará la final del Mundial ante España, el domingo próximo en Nueva York.

En la previa al partido con Inglaterra, el tablero de la lógica nos devolvía una mueca de escepticismo.

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