Ni lujo ni privilegio. Es un derecho
Hacía tiempo que no me pasaba. Días atrás, en el supermercado, una señora a mi lado tomó un producto y me preguntó si decía yogurt. La miré y agregó “yo no sé leer”. Fue un momento que me dejó pensando aún más en nuestra democracia, en la injusticia, en la desigualdad, pero sobre todo en afirmaciones que hace décadas enmarcan mis clases de alfabetización inicial: la alfabetización no es ni un lujo ni una obligación, es un derecho. Un derecho de todas y todos para ser personas libres en este mundo tan estructuralmente injusto.
Como sociedad tenemos que darle respuesta a esta realidad que excluye; asumir que la lectura y la escritura se constituyen, no como señal de sabiduría, sino como una marca de ciudadanía. Por esto, centro la esperanza siempre en la educación como posibilidad de construir una sociedad más respetuosa e igualitaria.
En este camino, propongo pensar la escuela -no dejar esta tarea en el ámbito de la casa- como lugar donde se comparten experiencias, se aprende a escuchar, a interpretar la realidad y a incomodarse frente a las injusticias; una escuela que impulsa transformaciones y hace de cada acto educativo un acto de amor. Más aún en este presente, donde convivir y pensar con otros y otras se vuelve cada vez más importante.
Entusiasmo y esperanza son herencias del gran Paulo Freire que hoy, más que nunca, necesita la educación. Una educación que para ser liberadora debe garantizar el acceso a la lectura y la escritura como un bien democratizante. Lo que significa asegurar que la palabra circule, que no quede en la voz de unos pocos y que cada persona pueda apropiarse de ella para nombrarse en el mundo, expresarse y participar.
Alfabetizar es abrir puertas. Es poder elegir de la heladera del supermercado el yogurt que se quiere comprar sin la vergüenza que sienten hombres y mujeres por no poder hacerlo sin la ayuda de alguien que les lea. Esta realidad suele pasar desapercibida. Aunque suene de otro tiempo, lamentablemente, la vemos hoy. En pleno año 2026, para algunas personas la preocupación cotidiana no pasa por acceder a la última información, sino por poder orientarse en el mundo que habitan: recordar el color del colectivo para regresar a casa, distinguir un cartel de otro por su color sin poder leer su nombre, o comprender una indicación médica escrita. Estas situaciones no hablan de incapacidad individual, sino de una desigualdad profunda en el acceso a la palabra escrita que limita la autonomía y restringe la libertad.
Insisto. Leer y escribir no es un privilegio: es un derecho que se construye colectivamente. Así, desde esta mirada, alfabetizar es también un acto político. De ahí la obligación ineludible del Estado de garantizar las condiciones óptimas para el desarrollo de prácticas alfabetizadoras, que enseñen a leer críticamente el mundo, a preguntarse quién dice qué, para qué y desde dónde. Es formar personas capaces de pensar, cuestionar y transformar la realidad.
Alfabetizar es un proceso complejo, profundo y colectivo. Defender la alfabetización inicial de las infancias, de los jóvenes y de los adultos como derecho es también defender la confianza en todos ellos y en las maestras que, día a día, sostienen el trabajo de enseñar a leer y escribir para democratizar el acceso a la palabra.
Alfabetizar, entonces, es habilitar la palabra propia y la escucha del otro. Es apostar a una educación que no excluye, que no acelera, que no reduce, sino que acompaña y confía. Porque formar parte de la cultura escrita es, en definitiva, un derecho que se aprende ejerciéndolo.
*Profesora de Letras en IFDC Fiske Menuco de General Roca y Universidad Nacional del Comahue.
Comentarios