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Recorte a la Universidad: de las oportunidades al claroscuro de los monstruos

La reflexión que abrió la marcha de ayer puede ser leída como una antítesis. Un límite que la sociedad no está dispuesta a cruzar.

No hay nada más determinante para el futuro de una persona, y por lo tanto para la sociedad, que tener una oportunidad. A veces es una condición necesaria para el talento o para el esfuerzo. Solo basta una oportunidad para torcer el destino. Y la educación pública, y en particular la Universidad, garantizan eso.

Cualquier habitante de Neuquén o Río Negro conoce esto. Sabe, se enteró o le contaron que fulano es el primer estudiante o egresado universitario de la familia. No es relato. Muchos de ellos se quedan en la región por las posibilidades, pero también por la oferta. Miles de chicos y chicas de la Línea Sur, del Alto Valle, del Norte neuquino, de la cordillera y del mar tienen, al menos, una oportunidad en la Universidad del Comahue y en la de Río Negro.

Existe una frase atribuida a Antonio Gramsci, tomada de Cuadernos de la Cárcel, que se popularizó después de simplificarse: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”. El texto original se escribió en los años posteriores a la crisis económica del 29’ y fue recuperada con frecuencia para los análisis del crack financiero de 2008.

Lo que siguió a la descripción de Gramsci fue el fascismo. Pese a la obligación intelectual de evitar comparaciones forzosas, la frase del filósofo italiano cobra relevancia en el presente. Hace algunos días el estudioso francés Éric Sadin, de paso por Argentina para presentar un nuevo libro, señaló que “los Milei van a florecer en todo el mundo”. Para el autor existen cambios significativos en la condición humana que fueron generados por las plataformas digitales. El resultado es un individuo que se sale del contrato social.

Un terreno, donde el odio y la rabia nutren la puja entre lo viejo y lo nuevo, gana centralidad en nuestra sociedad y permite que se pongan en discusión -bajo pretextos generalmente economicistas- derechos consagrados que hasta ahora parecían blindados en el seno del consenso social. Allí puede inscribirse el recorte a las Universidades como una marca de época.

La insatisfacción generalizada, por la incapacidad de la política de dar respuestas a demandas sociales básicas, habilitó a poner en borrador todo el contrato social. En este caso, al punto de creer que desfinanciar el conocimiento y la ciencia, dos de los activos más preciados de cualquier sociedad, son un acto de nueva justicia social.

El ajuste presupuestario a las casas de estudio, que según Centro de Economía Política Argentina (CEPA) representó una caída en términos reales de 61% en marzo, no parece querer echar luz sobre las cuentas de las Universidades ni achicar el gasto del Estado en todos sus niveles. Los motivos parecen ser de otra índole donde, más allá de cómo se imagine en la práctica la finalidad de esos actos, lo que realmente asoman son los monstruos.

La reflexión que abrió la marcha de ayer puede ser leída como una antítesis. Un límite que la sociedad no está dispuesta a cruzar. La educación aparece como una fuente de oportunidades ante los monstruos.


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