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Según lo veo…:  Un Estado dominado por topos  

Además de ser animales solitarios que suelen atacar a sus congéneres si se entrometen en el espacio que creen suyo, los topos provocan daños costosos que molestan sumamente a los agricultores. Así y todo, hay quienes los encuentran simpáticos. Uno es “el león” Javier Milei: algunos días atrás, dijo a la periodista norteamericana Bari Weiss que odia tanto al Estado que, como un topo, lo está destruyendo “desde adentro”.


Parecería, pues, que Milei está resuelto a privarse de lo que necesitará para acercarse a sus objetivos. En el mundo actual, un país sin Estado se asemejará a un cuerpo sin huesos que, una vez postrado, sería incapaz de levantarse del suelo y caminar hacia un destino mejor.


El desprecio de Milei por el Estado está compartido por la mayoría de los obligados a financiarlo. Coinciden en que la versión construida por “la casta” local es un bodrio. Lo es porque demasiados gobiernos nacionales y provinciales se acostumbraron a tratarlo como una parte valiosa del botín político. Para ellos, ha sido una fuente casi inagotable de fondos, que en ocasiones terminan en sus propios bolsillos, y de oportunidades para repartir sinecuras entre sus dependientes sin pedirles a cambio nada más que lealtad hacia sus benefactores.


Con todo, una cosa es procurar reformar el Estado para que pueda funcionar como es debido y otra muy diferente es fantasear con abolirlo, como hace Milei y, un siglo y medio atrás, hizo un tal Karl Marx que – en palabras que en cualquier momento podría repetir el libertario -, lo calificaba de “un poder de servidumbre” y “una máquina de despotismo de clase” que era incompatible con la democracia auténtica.


En su papel de enemigo número uno del Estado, Milei puede sentirse reivindicado toda vez que brinda nuevos ejemplos de ineptitud, pero sucede que, para casi todos, el máximo responsable de perpetrarlos no es el Estado sino el gobierno que lo maneja. Por injusto que a Milei le parezca culpar a Sandra Pettovello por el caos que impera en el sobredimensionado Ministerio de Capital Humano, no cabe duda de que la impericia de su amiga, y la de muchos subordinados, ha contribuido enormemente a la crisis que se ha desatado en la repartición.


Antes de que Milei comenzara su gestión presidencial, Mauricio Macri le advirtió que, para gobernar con cierta eficacia, requeriría contar con miles de personas capaces de desempeñar funciones clave en los ministerios y otras instituciones estatales, razón por la cual sería de su interés, y aquel del país, “fusionar” La Libertad Avanza con el PRO que estaría en condiciones de suministrarle cuadros experimentados.
Por motivos netamente políticos, Milei, su hermana Karina y quienes se habían subido a su carro triunfal durante la campaña electoral, rechazaron la oferta; no querían compartir el poder con nadie. Para más señas, los libertarios habían hecho de “juntos por los cargos” un eslogan hiriente que emplearon para mofarse de sus rivales de Juntos por el Cambio.


Puede que haya sido un acierto táctico negarse a colaborar desde el vamos con los macristas y otros que están a favor del “rumbo” emprendido por Milei, pero a esta altura no cabe duda de que ha sido un grave error estratégico.


Hasta nuevo aviso, Milei y su gente tendrán que gobernar con el Estado que existe. Por mucho que le fascine al presidente el sueño de una sociedad con estructuras, es de suponer espontáneas, que sean radicalmente distintas de todas las conocidas en el resto del mundo, sería mejor para todos que optara por aplicar un programa de reformas profundas con el objetivo de poner el Estado al servicio de la ciudadanía. Puede que sea imposible despolitizarlo por completo, pero no lo sería inducir a los empleados jerárquicos a privilegiar la eficiencia y por lo tanto el bien común por encima de los intereses de los poderosos de turno.


Puesto que Milei presta atención a los mensajes enviados por el mercado y está a favor de la competencia, no le sería difícil compatibilizar la reforma del Estado con el proyecto libertario que está elaborando. Sabrá que, como una buena empresa privada, un buen servicio civil tiene que ser profesional y meritocrático para que atraiga a los más talentosos. Cuando inciden más las presuntas preferencias ideológicas o los vínculos personales, a los mediocres les es fácil expulsar a los más dotados que suelen ser blancos de la hostilidad de compañeros de trabajo que los envidian. Es lo que sigue ocurriendo en las entidades gubernamentales vinculadas con la asistencia social. Milei dista de ser el único “topo” que se dedique a destruir el Estado “desde adentro”. Cuenta con la colaboración de decenas de miles de otros; a menos que tenga mucho cuidado, estará entre sus víctimas.


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Javier Milei
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