Según lo veo…: Un presidente demasiado excéntrico  

Por James Neilson

Al igual que los peores emperadores romanos, los recientes presidentes de la Argentina desprecian las normas que los simples mortales deberían respetar. Cristina Kirchner, Alberto Fernández y Javier Milei dan por sentado que pueden salirse con la suya haciendo o diciendo cosas que a otros les costaría la cárcel o los convertirían en parias.

De los tres, Alberto fingía ser un caballero educado y cortés, aunque pronto quedó claro que era tan inescrupuloso como otros miembros de los círculos en los que se movía. Su jefa, Cristina, es una cleptócrata empedernida que se cree tan importante que tiene derecho a saquear el país, razón por la cual ahora se encuentra bajo arresto domiciliario en su departamento porteño. En cuanto a Milei, aunque no parece estar muy interesado en amasar una gran fortuna personal, es dolorosamente evidente que está consumido por el odio hacia quienes no comparten todas sus opiniones y disfruta insultándolos con términos que a menudo son escatológicos.

Parecería que gran parte de la población está dispuesta a soportar este estado de cosas. Si Alberto ha caído en desgracia, no es por lo que hizo durante su mandato, sino porque se le considera un pusilánime que se dejó intimidar por Cristina, quien, a pesar de las numerosas pruebas en su contra, sigue contando con el apoyo decidido de millones de personas. Al igual que ella, Milei goza del respaldo de un sector numeroso, aunque cada vez menor, que aparentemente aprueba su comportamiento, y de muchos que lo desaprueban, pero que en general coinciden con su estrategia económica.

Sea como fuere, Milei está jugando con fuego. Al comportarse de manera tan estridente y desagradable, corre el riesgo de alienar a muchos que piensan que el país necesita desesperadamente una buena dosis de realismo «neoliberal» de línea dura tras décadas de «populismo» ruinoso. Por cierto, la vicepresidenta Victoria Villarruel no es la única que sospecha que es un lunático obsesionado con fantasías paranoicas que, al darles rienda suelta, se perjudica a sí mismo y al país.

Quizás la voluntad de Milei a desempeñar el papel de principal instigador del odio del país importaría menos si se limitara a atacar verbalmente a periodistas, economistas disidentes y políticos locales, pero al tratar a los líderes extranjeros de la misma manera, está dañando la reputación internacional de Argentina. Esto quedó claro cuando decidió que sería una buena idea ir a Brasil para apoyar la campaña presidencial de Flávio Bolsonaro y calificar al actual presidente, Lula da Silva, de ladrón, presidiario y basura socialista. En defensa de Milei, se puede argumentar que en ocasiones el propio Lula ha intervenido en la política argentina con el propósito de ayudar a los candidatos presidenciales kirchneristas que les eran afines, pero al menos se abstuvo de insultar personalmente a sus rivales.

Se podría argumentar que hace tres años el país realmente necesitaba un presidente como Milei, un outsider disruptivo dispuesto a romper las reglas políticas que lo habían llevado al borde de una catástrofe hiperinflacionaria que hubiera arruinada a lo que aún quedaba de la clase media residual. Sin embargo, eso no significaba que, a cambio de la tan necesaria determinación de hacer lo que fuera necesario para controlar las finanzas del país, la gente simplemente tuviera que soportar la serie de excentricidades desagradables que venían con el paquete ofrecido. Puede que Milei tuviera razón sobre lo que había que hacer para curar la economía de los males que la aquejaban, pero se equivocó gravemente en muchas otras cosas. Reducir el tamaño de un sector estatal obeso y, por lo tanto, insostenible, es obviamente necesario, pero Milei, que a veces sueña en voz alta con eliminarlo por completo, lo está haciendo de una manera excesivamente destructiva.

Milei ha puesto la mira en las elecciones presidenciales del próximo año. Aunque está convencido de que, a menos que sea reelegido, el país volverá a sus viejas costumbres, hay indicios de que muchos peronistas y dirigentes de otros sectores de lo que podría describirse como centroizquierdas han llegado a la conclusión de que intentar restaurar el antiguo orden sería una insensatez. Según ellos, el “trabajo sucio” que implica restablecer la cordura fiscal ya está hecho. Sin embargo, si los mileístas y sus aliados realmente han ganado esta parte de la “batalla cultural” que están librando contra los partidarios del modelo corporativista impulsado por Juan Domingo Perón, podrían haber perdido su baza principal que es el temor a que, si son derrotados en las urnas, el país retrocederá rápidamente a la situación en la que se encontraba durante el gobierno caótico de Cristina, Alberto y Sergio Massa.


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Javier Milei

Al igual que los peores emperadores romanos, los recientes presidentes de la Argentina desprecian las normas que los simples mortales deberían respetar. Cristina Kirchner, Alberto Fernández y Javier Milei dan por sentado que pueden salirse con la suya haciendo o diciendo cosas que a otros les costaría la cárcel o los convertirían en parias.

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