Terceras fuerzas y partido trasversal en Río Negro

Desde los 70, el bipartidismo de radicales y peronistas se vio roto por terceras fuerzas que definieron elecciones y gobernabilidad. JSRN llegó al poder, pero hoy enfrenta tensiones y desafíos.

01 jun 2018 - 00:00

Desde los setenta, el sistema político rionegrino se caracterizó por las implicancias de terceras fuerzas en los resultados electorales. La creación de un partido con vocación provincialista en la representación popular, que en las feroces disputas electoralistas del 73 no logró la encarnadura necesaria y suficiente para ser gobierno e instalarse como la alternativa válida para gran parte de ciudadanía provincial, complejizó la escena política local. En las elecciones de 1973, con el triunfo del peronismo y el segundo lugar ocupado por el flamante Partido Provincial Rionegrino (PPR), el radicalismo quedó relegado al tercer puesto.

No hay dos sin tres...

Un modelo dicotómico “tradicional” no se impuso en una suerte de alternancia en la gobernación, más bien logró la predominancia un partido nacional con fuertes marcas provincialistas con acuerdos y frentes con otras fuerzas políticas. Esto se consiguió, además, por la existencia de terceras fuerzas (PPR, Movimiento Patagónico Popular, Frepaso, Frente Grande, Movimiento de Acción Rionegrina y Alianza Mara). Las alianzas y prácticas políticas desplegadas le permitieron al radicalismo construir una preponderancia excluyente por casi tres décadas (Alianza por la Patagonia, 1995; Alianza por el Trabajo, la Justicia y la Educación, 1999; Alianza para la Concertación y el Desarrollo, 2003, 2007 y 2011).

El análisis de la trama política rionegrina a lo largo de su vida provincial nos invita a pensar en un espacio político diferente a una visión peronista-radical (diádica) de la política (aut-aut, lo uno o lo otro), donde dos partes se excluyen mutuamente, para leerla en clave de una resolución triádica (peronista-radical-otra fuerza política). Vale decir, un “tercero incluido” que resuelve y complejiza la vida legislativa y viabiliza la hegemonía del partido del gobierno hasta el 2011. La polarización entre las fuerzas mayoritarias como el peronismo y el radicalismo dentro del sistema político subnacional se vio obturada, en diferentes momentos históricos, por los resultados obtenidos por una tercera fuerza: el tercero incluido.

Recordemos que tras la crisis política del 2001 el radicalismo ya no constituía una fuerza matriz de carácter nacional, sino que “resistía” en un conjunto de “partidos provinciales” con los que Néstor Kirchner, el entonces presidente del país, buscó romper los límites partidarios y anudar alianzas para ampliar la base de sustentación del proyecto del Ejecutivo K.

Las prácticas políticas del radicalismo local, desde fines de los ochenta y durante los noventa, contribuyeron a la implosión de partidos políticos al incorporarse al gobierno figuras claves de otras fuerzas –referentes de primera línea–, configurando así cooptaciones poselectorales que se fueran tejiendo en torno a bienes simbólicos y materiales de la UCR nacional. La oposición se expresaba de manera fragmentaria y, algunas veces, reconstruida por el partido de gobierno. En este marco, las acciones y las prácticas de los dirigentes radicales viabilizaron la predominancia de un partido nacional/provincial con identificación y representaciones territoriales comarcales.

“Corsi y ricorsi” en la historia política: partido y plan de integración

A comienzos de la actual década, el radicalismo pierde las elecciones con la alianza del Frente para la Victoria (FpV) y el Frente Grande (2011). Esta nueva situación política lo llevó a perder no sólo el gobierno sino el poder, generando un punto de inflexión en el sistema político provincial. Se asistió, en este nuevo contexto, a una experiencia política más que atrayente con la creación de Juntos Somos Río Negro (JSRN, 2015). Con los tópicos ideológicos progresismo y regionalismo se definió como una fuerza de centro-izquierda, conformada por una coalición de partidos (Movimiento Patagónico Popular, Partido Fe y Unidos por Río Negro, Partido de la Victoria, Renovación y Desarrollo Social), discurriendo con conflictos entre dirigentes de la alianza durante estos últimos años de gobierno, después de obtener un contundente triunfo en las elecciones del 2015. Clivajes que no implican una ruptura absoluta con el pasado reciente, más bien un ricorsi de la historia: partido provincial, plan de integración y desarrollo.

Nos referimos al plan Castello (2017) diseñado para la consecución de obras de infraestructura económica según criterios de armónico e integrado desarrollo territorial, aunque significa más un debate político que respuestas consensuadas a las necesidades materiales postergadas por varias décadas, que incluye otras obras no contempladas en el proyecto.

Las alianzas políticas no cancelan las diferencias de origen de los dirigentes que las conforman. La continuidad histórica dependerá de la consistencia del acuerdo y las convicciones para respetar las reglas de juego constitutivas y las prácticas democráticas de mayor participación en el espacio de toma de decisiones, en tiempo de fuerte centralización del Poder Ejecutivo.

De cara a las elecciones del 2019, JSRN tiene un desafío significativo: convertirse en un partido hegemónico de la escena política, con rasgos de modernas organizaciones políticas pos Segunda Guerra Mundial, como un partido catch-all-party (1966) o perder ante el Frente para la Victoria (FpV), no pudiendo conservar el gobierno y menos aún cuotas de poder territorial.

Más interesante aun que partido “atrapatodo” o “escoba”, que tiene algunas connotaciones peyorativas, sería aproximarse a un partido transversal que pueda capturar los votos de la opinión pública con una reducción del bagaje ideológico, con escaso énfasis en la clase social y asegurando el acceso a diversos grupos de interés.

La unidad interna tras objetivos comunes es la clave para una interpelación popular. La fragmentación de intereses personales, políticos y sectoriales imposibilitará un éxito electoral.

Una lectura correcta de la realidad social e histórica de la población de todo el territorio, y en particular de los espacios “hegemónicos” de las áreas comarcales (andina, valletana, atlántica y del Colorado), y actuar en consecuencia posibilitarían cristalizar un proyecto político provincial.

*Docente e investigadora de la UNC, doctoranda en la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires (Uncpb)

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