Un dogma político en lenta agonía






El Gobierno insiste con alineamientos externos que han sido trágicos para el país y antes le produjeron una profunda deslegitimación interna.


El sistema político intenta procesar una novedad que lo amenaza hasta los cimientos: una crisis económica tan profunda como la de comienzos de siglo, pero diez veces más larga. El carácter excepcional de la crisis no sólo desafía los métodos de la política para enfrentarla, sino también los conceptos fundamentales con los que se concibe a sí misma. La dupla de Alberto y Cristina Fernández reinstaló un dogma constitutivo del sentido común en la política argentina: sólo el peronismo puede y sabe gobernar al país.


Esa columna central en la catedral simbólica de la política argentina se derrumba esta vez sin atenuantes. Para la política, esta crisis es la lenta agonía del peronismo que se presentaba como garante exclusivo de la gobernabilidad. Le estaba ocurriendo a Cristina Kirchner en su segundo mandato. Ahora está aprisionada en otro gobierno propio. Su discurso se ha reducido a dos opciones: desestabilización o excusas. Y ninguna de las dos es gobierno. Sin respuesta frente a la crisis, el kirchnerismo recurre a ideas y métodos que ya le fracasaron. Tres ejemplos de la semana:

El primero es el descalabro a esta altura inexcusable de la política exterior. El escándalo del avión fantasma tripulado por venezolanos e iraníes es alarmante por los riesgos que implica para la seguridad nacional. Suena inconcebible, pero el Gobierno insiste con alineamientos externos que han sido trágicos para el país y antes le produjeron una profunda deslegitimación interna. Tanto Alberto como Cristina suelen insistir con un axioma: Argentina no tiene amigos ni enemigos externos, sólo intereses.
Es una idea de la neutralidad amoral, ajena a los valores democráticos. Pero aún si se concediese esa idea como admisible ¿qué intereses guían al Gobierno a regresar a relaciones carnales con regímenes como los involucrados en el escándalo del avión? ¿Acaso no pagó Cristina con la muerte del fiscal Nisman el más caro precio de su historia política personal por no explicar qué intereses defendió entonces?


¿Qué intereses ampara Alberto Fernández, ahora que eligió relocalizar a la Argentina en la escena global como felpudo de ingreso para Vladimir Putin y espacio de cielos abiertos para la inteligencia de Nicolás Maduro y la Guardia Revolucionaria iraní? La única respuesta oficial fue un recurso habitual: la teoría del tripulante homónimo. No fueron cuadernos, sino fotocopias.


El Gobierno se causó a sí mismo una corrida cambiaria: vendió a mansalva bonos nominados en pesos para comprar combustible en dólares.



El segundo reflejo hacia el pasado es la combinación de despropósitos en que ha convertido la política económica. El gobierno explica que la nueva guerra global es por la energía, pero aplica la vieja receta que le fracasó a Cristina. El principal drenaje de reservas en el Banco Central es por la necesidad de importar combustibles y al mismo tiempo el inductor más oneroso de emisión monetaria y endeudamiento interno es el déficit fiscal admitido para subsidiar la energía.


Es tan grave la combinación de esos desajustes que el Gobierno se causó a sí mismo una corrida cambiaria: vendió a mansalva bonos nominados en pesos para comprar combustible en dólares. Y disparó un aumento del dólar por la desconfianza que indujo sobre su propia deuda en pesos. Pero la propuesta es volver a los tiempos infructuosos de la “sintonía fina”: la segmentación de subsidios que propone convertir las tarifas en impuestos.


El tercer reflejo anacrónico fue aportado por el grupo de dirigentes del peronismo que intentaba mostrarse como una sensatez ajena y mediadora entre Cristina y Alberto. Los gobernadores justicialistas se juntaron para reclamarle al Gobierno la caja de los planes sociales que manejan las organizaciones piqueteras. Ningún gobernador e intendente, se anima a dar la cara en los umbrales de la casa tomada. Tampoco ofrecen una salida de fondo. Sólo cambiar de mano los cuantiosos recursos de los piqueteros a las provincias y municipios. El mismo itinerario decrépito de la izquierda tradicional. De la promoción activa de la revolución social a la supervisión rentada de la nueva mendicidad.


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