Oposición interna
editorial
Nadie podría ignorar que por encontrarse la Argentina en medio de una crisis económica peligrosísima le convendría contar con un gobierno fuerte respaldado con firmeza por sus propios integrantes y por los máximos líderes de los partidos que dicen apoyarlo. Tampoco podría negarse que las dudas en cuanto a la autoridad del presidente Fernando de la Rúa han contribuido mucho a crear una situación que, de agravarse aunque sólo fuera un poco más, bien podría tener consecuencias catastróficas para el país y para la mayoría de sus habitantes. Así las cosas, sería razonable suponer que tanto el ministro de Desarrollo Social, Juan Pablo Cafiero, como el jefe de la Unión Cívica Radical, Raúl Alfonsín, procurarían manejarse con gran cuidado, esforzándose por no formular comentarios tendientes a debilitar al gobierno o a difundir la impresión de que corre el riesgo de dividirse en cualquier momento. Sin embargo, por motivos netamente personales, ambos han adquirido la costumbre de aprovechar cualquier oportunidad que se presenta por «diferenciarse» del gobierno, dando a entender que ellos mismos son mucho más sensibles que el presidente y sus demás colaboradores y que por lo tanto siguen «luchando» contra su estrategia económica.
A pesar de que el gobierno está intentando que los «piqueteros» se replieguen, Cafiero insiste en reivindicarlos, tratándolos como los representantes a su entender legítimos de «la desocupación», lo cual, le guste o no al ministro, equivale a aprobar la metodología ilegal que, al fin y al cabo, es lo único que los distingue de la mayoría abrumadora de los desocupados del país. Por su parte, Alfonsín, además de continuar despotricando contra el «neoliberalismo» que en su opinión subyace en la política económica del gobierno de De la Rúa, informándonos que no toleraría ningún ajuste nuevo y proponer indirectamente la expulsión de Domingo Cavallo del gabinete justo cuando el ministro está tratando de conseguirnos el apoyo internacional, también parece creer que los piqueteros obran de forma «muy democrática», llegando al extremo un tanto absurdo de aseverar que ya ni siquiera cortan rutas y calles. Se trata de afirmaciones que si bien sirven para perjudicar al gobierno mayormente radical, no ayudan en absoluto al propio Alfonsín a congraciarse ni con los piqueteros ni con la minoría que simpatiza con los cortes de ruta.
Por ser Cafiero dirigente de un movimiento supuestamente izquierdista que por motivos políticos De la Rúa quiere mantener dentro de la coalición gobernante cueste lo que le costare, su conducta excéntrica es por lo menos comprensible y, de todos modos, hasta cierto punto ayuda al gobierno al servir para tranquilizar a los muchos frepasistas que, como es tradicional en la clase política nacional, están mucho más interesados en las declaraciones de los dirigentes que en lo que efectivamente hacen. En cambio, la resistencia de Alfonsín a dejarse cohibir ni por los riesgos que enfrenta el país ni por el hecho de que sigue siendo el líder formal del partido oficialista por antonomasia sólo puede atribuirse al desprecio que siente por todo salvo su propia persona. Parecería que el ex presidente está tan obsesionado por conservar su imagen «progresista» y por minimizar su papel en una crisis anterior que desembocó en la hiperinflación, nada menos -desastre que endosa ya a Cavallo, ya a las maquinaciones de «neoliberales» foráneos-, que no le importa en absoluto la incidencia de sus declaraciones frecuentes en la Argentina actual. Claro está que Alfonsín tiene motivos para sentirse preocupado por la evolución de su campaña proselitista en la provincia de Buenos Aires -conforme a las encuestas de opinión, el cura Luis Farinello ya lo aventaja por varios puntos, mientras que es nula la posibilidad de que alcanzara al ex vicepresidente Eduardo Duhalde-, pero es de suponer que quienes atribuyen su comportamiento a sus apetencias electoralistas se han equivocado porque sería difícil creer que un hombre de su trayectoria estaría dispuesto a herir al gobierno de su propio partido en un momento en que el futuro del país está en juego a cambio de nada más que un puñado de votos.