Otro candidato fantasma

Redacción

Por Redacción

Tan confusa se ha hecho la interminable interna peronista que los candidatos presidenciales declarados como Carlos Menem, Adolfo Rodríguez Saá, Néstor Kirchner y José Manuel de la Sota tienen que preocuparse por lo que podrían hacer los rivales aún virtuales como Carlos Reutemann, Carlos Ruckauf, Felipe Solá y «Chiche» Duhalde que de vez en cuando figuran en una encuesta de opinión destinada a informarnos sobre la intención de voto del electorado. La razón por la que tantos personajes presuntamente no interesados en postularse siguen tentando a los apostadores no es ningún secreto: todos los favoritos, por llamarlos de algún modo, parecen tan absurdamente inadecuados que es muy difícil imaginarlos procurando gobernar. En una situación «normal», candidatos que luego de meses de proselitismo apenas lograran arañar el 20% de opiniones favorables frente a un 50% o, en el caso de Menem, mucho más de rechazos en la mayoría de las encuestas, ya estarían buscando un pretexto elegante para dar un paso al costado. Sin embargo, están tan repartidas las preferencias que a cualquier peronista le es fácil convencerse de que todavía tiene una buena posibilidad de triunfar.

Para hacer aún más nebuloso el panorama gris que se extiende ante el país, hay quienes quieren persuadir a otro caudillo peronista de que es el hombre indicado para liderarlo en los años próximos: Eduardo Duhalde. Si bien es de suponer que el módico «operativo clamor» que han puesto en marcha sectores del justicialismo bonaerense es motivo de mucha satisfacción para el presidente interino que a mediados del año parecía estar a punto de tirar la toalla, el que a juicio de sus partidarios pudiera prolongar su estadía en la Casa Rosada tiene menos que ver con sus propias cualidades que con el vacío político terrible que se ha producido en el país. Aunque a raíz de la fragmentación actual muchos «dirigentes» se han acostumbrado a la idea de que poder ufanarse de un cinco por ciento de aprobación constituya toda una hazaña, en el caso de Duhalde las cifras logradas se deberán en buena medida a su compromiso solemne a irse el 25 de mayo próximo. Que el país esté dispuesto a tolerarlo casi cinco meses más es una cosa; pedirle que se quedara varios años sería otra muy distinta.

Después de una semana o dos en el poder, Duhalde pareció decidir limitarse a aguantar, actitud que podría reivindicarse atribuyéndola al deseo de dar a la ciudadanía una oportunidad para reorganizar la vida política a fin de que pudiera surgir una coalición amplia capaz de emprender las reformas necesarias para hacer frente al colapso económico e institucional que lo había dejado postrado. Sin embargo, aunque a principios de su gestión Duhalde hizo algunos gestos en tal sentido, pronto optó por aprovechar en beneficio propio su presencia en la presidencia: lejos de impulsar los cambios políticos profundos sin los que el país no podrá abrirse camino, se ha concentrado en frenarlos. Puesto que su manejo de la economía y de la relación con el FMI ha sido igualmente defensivo, ya no quedan dudas de que su prioridad no es apurar la evolución de una clase política penosamente desactualizada sino, por el contrario, permitirle sobrevivir a la crisis aislándose del resto del país.

Se trata de una estrategia que no sólo es mezquina sino también muy miope. Puede que en las provincias más desdichadas caudillos «paternalistas» hayan sabido prosperar manteniendo a raya el desarrollo y asegurando que el grueso de los votantes permanezcan pobres e ignorantes, pero no es nada probable que el resto del país se conforme definitivamente con un «modelo» miserable por temor a lo que podría suponerle el cambio. Aunque parece factible que los compañeros de Duhalde se salgan con la suya, acaso postergando las elecciones hasta nuevo aviso, o que si se las celebra el 27 de abril las ganara ya un peronista que no sean Menem ni Rodríguez Saá, ya alguien que se vería forzado a elegir entre comportarse como uno o compartir la suerte de Fernando de la Rúa, no lo es que una clase política tan reacia a modificar sus prácticas como la nuestra pueda continuar «haciendo la plancha» durante años hasta que el país finalmente se haya resignado a un destino calamitoso.


Tan confusa se ha hecho la interminable interna peronista que los candidatos presidenciales declarados como Carlos Menem, Adolfo Rodríguez Saá, Néstor Kirchner y José Manuel de la Sota tienen que preocuparse por lo que podrían hacer los rivales aún virtuales como Carlos Reutemann, Carlos Ruckauf, Felipe Solá y "Chiche" Duhalde que de vez en cuando figuran en una encuesta de opinión destinada a informarnos sobre la intención de voto del electorado. La razón por la que tantos personajes presuntamente no interesados en postularse siguen tentando a los apostadores no es ningún secreto: todos los favoritos, por llamarlos de algún modo, parecen tan absurdamente inadecuados que es muy difícil imaginarlos procurando gobernar. En una situación "normal", candidatos que luego de meses de proselitismo apenas lograran arañar el 20% de opiniones favorables frente a un 50% o, en el caso de Menem, mucho más de rechazos en la mayoría de las encuestas, ya estarían buscando un pretexto elegante para dar un paso al costado. Sin embargo, están tan repartidas las preferencias que a cualquier peronista le es fácil convencerse de que todavía tiene una buena posibilidad de triunfar.

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