Pablo Neruda: Veinte poemas de desamor
Desde que tenía 20 años y escribió su primer libro, nunca dejó de tener esposas y amantes, que en todas las oportunidades fueron sus musas inspiradoras para sus poemas ardientes.
Hablar del amor y poesía es hablar de Pablo Neruda. Pocos son los poetas que le disputan esa preeminencia. Pero hablar de amor en la obra de Neruda es hablar de su existencia. Vida y poesía se ligan en la obra a tal punto que los versos se convierten en archivos de su sentimiento y de su experiencia vital.
Pero si vida y poesía son indisolubles en la obra, la presencia del amor es consecuente con su sentir innato, porque en él la vida y el amor son inseparables de su visión totalizadora de la existencia.
Pablo Neruda era un hombre que se enamoraba a la primera mirada. Mucha veces las musas no se enteraban del suceso. Así lo atestigua el poema ¿Dónde estará la Guillermina?, cuando él, siendo aún niño, le fue a abrir la puerta y entró el sol, entraron estrellas,/ entraron dos trenzas de trigo / y dos ojos interminables. Mucho tiempo después, cuando ya al poeta lo bañaban las aguas de la consagración, se dio con la tal Guillermina y se pudo constatar que la rellena, elemental mujer, no estaba ni enterada de haber sido la musa inspiradora de un premio Nobel.
Neruda era un hombre enamoradizo. El coup de foudre era instantáneo, eléctrico, imbatible. «Cuando los ojos hablan tutean, aunque los labios no hayan pronunciado todavía un usted», dice Thomas Mann en la novela La montaña mágica. El poeta perdía siempre el duelo con la mujer. Ante su hermosura, acicateado por un imperioso deseo, caían sus armas, sus promesas, su fidelidad.
A los amores breves, pasajeros no les dio el sentido superficial de la simple aventura. Todo encuentro lo conmovía intensamente.
Pasan las mujeres en su vida con más o menos rapidez, pero todas, menos una, le inspiran sentimientos exaltados. Esa excepción, ese amor desbaratado aun antes de nacer, fue su primera esposa, María Antonieta Haagenar, una holandesa de la isla de Java. Ella fue quizá la única mujer a quien no amó el poeta y con quien se casó azuzado por la soledad de su cargo consular en Oriente y quizás por despecho, al perder toda esperanza de que la mujer que amaba por entonces, Albertina Azócar, se fuera a vivir con él. ¿Cómo lo constatamos? No hay en toda la extensa obra del poeta, atravesada de punta a punta por versos de amor, un solo poema para aquella mujer desdichada.
El poeta pensaba que el hombre nació para cumplir su misión en el amor, para consumar el abrazo en cuerpo y alma, y todo obstáculo que se opusiera a tal misión le parecía inhumano, un ataque a las leyes de la naturaleza. Sin embargo, tal vehemencia sentimental iba a traerle no pocos problemas.
Todos sus libros acusan la presencia omniscente del amor. Lo expresa en versos: Pienso que se fundó mi poesía, / no sólo en soledad, sino en un cuerpo / y en otro cuerpo, a plena piel de luna / y con todos los versos de la tierra. Su vida iba de mujer en mujer, y a ninguna de ellas le mostró inquebrantable fidelidad. Un amor era reemplazado por otro y a veces uno suplantaba a otro antes de haber muerto.
Ni siquiera a Matilde Urrutia, su última mujer, logró serle fiel. La engañó con una sobrina suya, Alicia Urrutia Acuña, una mujer joven, de amplios pechos, que cumplía servicios domésticos en la casa del poeta. Era hija de un hermano de Matilde, Francisco Urrutia. A ella, a escondidas de su mujer, le dedicó un libro entero: La espada encendida.
Sin embargo, las turbulencias amatorias no fueron sólo un problema de la vejez. El deseo subía y no hacía falta entenderlo. Era el único mandato. Ya en su libro «Veinte poemas de amor y una canción desesperada» aparece el conflicto y el desencuentro. Tal libro, del que se han vendido millones de ejemplares, no deja traslucir, sin embargo, todo el torbellino sentimental que late en sus orígenes. El poeta desaparece tras el fulgor de la voluptuosidad y exige de sus amadas la misma entrega. Pero en el amor es impropio hablar de equilibrios y de compensaciones.
En los años de juventud el poeta ignora tal verdad y se da por entero a cumplir con su misión pasional. Las amadas (que en el libro citado son tres y no una) no atienden con la misma obediencia e intensidad, no se entregan como el poeta quisiera. De ahí el conflicto que cruza de punta a punta todo el contenido del libro.
En Veinte poemas late un vaivén de entrega y retroceso amoroso que golpea sin piedad al poeta. Este es un ser que siente con urgencia, que pide clamando, que se entrega ardiendo, y exige de su compañera una misma respuesta. No ocurre tal cosa, y de ellas sólo le viene la rispidez de un laconismo que obedece a causas diversas, según la mujer de que se trate. En su amor de providencia, los prejuicios sociales; y en el amor santiaguino, la naturaleza retraída de la amada.
Dice Velodia Teitelboim, amigo y uno de sus biógrafos: «Amaba porque amaba y porque quería contarlo. Necesitaba decirlo. Su experiencia vital, su angustia amorosa, la aventura erótica la gozará como hombre que es; pero enseguida la trasfigurará en poesía como poeta que es. Generalmente, no pondrá el tiempo como distancia entre el sentir y el escribir. Serán actos sucesivos».
Para poder comprender el significado de este libro, que se incorporó a la literatura universal del amor, hay que adentrarse en el contexto del poeta en aquel entonces. Cuando se publicó, en 1924, Neruda sólo tenía veinte años.
Había llegado a Santiago en 1921, proveniente de Temuco, con pocos medios para subsistir, pero con una carpeta llena de poemas escritos en sus años adolescentes. El padre del muchacho, obrero ferroviario, deseaba que su hijo, que ya había demostrado extrañas inclinaciones para componer versos, cosa que le desagradaba, tuviera una profesión decente. El joven había optado por seguir el profesorado de francés en el Instituto Pedagógico de Santiago.
El libro trata, con excepción del poema 19 (dedicado a una adolescente de Puerto Saavedra, llamada María Parodi), de dos amores: el provinciano y el capitalino. Las amadas son diferentes, tanto física como psicológicamente. En los poemas se advierte con claridad el matiz diferenciador.
Los amores del poeta
Hasta hace poco se creía que el último amor de Neruda era Matilde Urrutia, con quien vivió desde su rompimiento con Delia del Carril. No fue así.
La vida sentimental del autor de «Canto general» no siempre fue pacífica. Un amor siempre era reemplazado por otro y a veces se dio el caso de que el poeta se repartiera en amores simultáneos. Ya desde muy joven, en el libro «Veinte poemas de amor», aparecen dos amores (un tercero se percibe fugazmente en el poema 19). Teresa León, en Temuco, y Albertina Azócar, en Santiago. Se cuenta también que en la capital, además de frecuentar a Albertina Azócar, hacía lo propio con Laura Arrué, una amiga de Albertina.
En la vida amorosa de Neruda cada nueva mujer traicionaba a la anterior en una cadena de conquistas y derrotas que dejaron mella en las almas de las enamoradas. Delia del Carril se apoderó de Pablo durante la estadía en España, a vista y paciencia de María Antonieta Haagenar. Matilde Urrutia forjó una relación con Neruda paralela a la que éste mantenía con Delia del Carril; finalmente, logró imponerse.
Esta vez era Matilde la desplazada. El último amor de Neruda fue una mujer 20 años menor que él, llamada Alicia Urrutia Acuña. ¿Quién fue esta anónima mujer? Poco se sabe de ella, y los libros oficiales sobre el poeta no la nombran. Volodia Teitelboim y Jorge Edwards, escritores amigos y biógrafos del poeta, prefieren pasar por alto su nombre. ¿Por qué tanto hermetismo? ¿Quieren salvar el buen nombre de Neruda? ¿Qué tiene de innoble esta última relación?
A casi treinta años de la muerte del poeta muchos de sus lectores y críticos ignoran tal relación y otros le restan importancia. Quizás, incrédulos de la fogosidad genuina de Neruda, desmerecieran los valores de la amada. Quizá el hecho de haber sido una costurera en La Chascona y La Sebastiana (sus casas) le quitaran méritos. Pero se equivocan.
Alicia Urrutia Acuña fue la última amante del poeta, y fue una amante con todas las de la ley. Neruda, omitiendo su condición, la amó y la respetó. Y su romance influyó en su obra poética y su destino ulterior. ya vamos a ver por qué.
El asunto no era sencillo. Alicia Urrutia Acuña era sobrina de Matilde Urrutia, la última mujer oficial del poeta. Su padre era Francisco Urrutia, empleado de una mueblería y tenía una pequeña, Rosario Campos Urrutia, nacida de un matrimonio no válido ante la ley. Neruda apreciaba a Rosario como a una nieta. Rosario era pecosa y pelirroja y en 1970 tenía 7 años. El poeta le compraba libros ilustrados y le regalaba tarjetas y juguetes.
Alicia conoció a Neruda porque Matilde la llevó a vivir con ellos para que les ayudara en las tareas domésticas. Los visitantes recuerdan haberla visto junto a la máquina de coser, concentrada en sus labores de costura. La historia de Cenicienta se reitera una vez más. Algunos afirman que Matilde no le daba un trato igualitario y la hacía comer en la cocina. Se dice que una vez en una reunión de amigos, Neruda quiso convidarle whisky. Matilde lo increpó diciéndole que la sobrina no acostumbraba beber licores tan finos.
Neruda se enamoró de Alicia. No fue una aventura del patrón con la sirvienta. En el libro La espada encendida ella es la heroína, Rosia, una «piedrecita sin edad», y el héroe se llamaba Rhodo, unos cuantos años mayor que ella. Allí dice que es «ancha de pecho, breve de boca y ojos». Y también dice:
Rosia, blanca y azul, fina de pétalos,
clara de muslos, sombría de cabellos,
se abrió para que entrara Rhodo en ella
y un estertor o un trueno
manifestó la tierra…
La sujeción de Neruda a sus último aleteos pasionales le dio un poder inmenso a aquella humilde mujer taciturna. Cuenta Sara Vial, una escritora chilena, que estando una vez en la casa de Isla Negra en la hora de la siesta, le pidió a Matilde que le acercara un libro suyo para que el poeta le hiciera un prólogo.
Matilde le contestó que nada enojaba más a Neruda que se le molestara cuando estaba durmiendo. Alicia escuchó el pedido y la negativa de su tía, que en ese momento abandonaba la casa. Se acercó a Sara Vial y le dijo que ella podía hacerle el favor. Tomó el libro de la escritora y se lo llevó a Neruda, quien no sólo no se molestó, sin que en unos cuantos minutos elaboró el tan ansiado prólogo.
Poco a poco Matilde se fue llenando de sospechas. Roces, regalos, la alegría inusual del poeta, la hicieron estar alerta.
Jorge Edwards, en su libro «Adiós, poeta», cuenta cómo descubrió a los amantes: «El poeta se había enamorado en Chile, en vísperas de salir como embajador, de una mujer bastante joven, de piel clara, de formas exuberantes, colocada por las circunstancias en la cercanía suya. Matilde, al parecer, había partido de viaje de Isla Negra a Santiago, se había arrepentido a mitad de camino, movida quizá por una súbita «intuición femenina» y los había sorprendido in fraganti, para utilizar la expresión del antiguo Código Penal» (pág. 295).
Matilde percibió la hondura de la traición. Echó de la casa a Alicia, a quien por cierto le había tendido la mano, y conminó a Neruda a marcharse del país. Neruda pidió entonces a Salvador Allende la embajada en Francia y el presidente se la concedió. El poeta, dolido de dejar a su amada, abandonó el país en abril de 1971.
Pero estando en Francia no dejó de comunicarse con Alicia. Lo hacía a través de sus amigos Jorge Edwards y Volodia Teitelboim, que oficiaron de correos del amor. Incluso, según Edwards, pensó alquilarle un departamento en Francia para tenerla cerca. Cuenta Edwards, divertido, que cuando el poeta recibió el Premio Nobel «…recibí un cablegrama de Chile dirigido a mí, que me daba abrazos y besos apasionados por haber ganado el Nobel. Se lo entregué al poeta con la reserva obligada, sin comentarios».
Cuando Neruda agonizaba en la clínica Santa María de Santiago, Alicia logró pasar las barreras impuestas por Matilde. Allí le pudo besar la mano. No se sabe si el poeta la reconoció o si intercambiaron palabras. Alicia mantiene el secreto. (J. C.)
Jorge Carrasco
Hablar del amor y poesía es hablar de Pablo Neruda. Pocos son los poetas que le disputan esa preeminencia. Pero hablar de amor en la obra de Neruda es hablar de su existencia. Vida y poesía se ligan en la obra a tal punto que los versos se convierten en archivos de su sentimiento y de su experiencia vital.
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