Padres agresivos, “out”

Redacción

Por Redacción

El derecho de admisión en el fútbol infantil

MARCELO ANTONIO ANGRIMAN (*)

Según da cuenta el diario “Clarín” (6/4/13), un futbolista menor de edad del Club Tiro y Gimnasia de San Francisco, Córdoba, rompió en llanto en medio de un partido. Su equipo a los diez minutos del primer tiempo ya perdía por 3 a 0. Consultado por el árbitro sobre el motivo de su malestar, el niño balbuceó la razón de sus lágrimas: los insultos proferidos por su propio padre. A raíz de este episodio la institución a la que pertenece el jugador decidió implementar una medida inédita en la historia del fútbol infantil: la aplicación del derecho de admisión a los padres que agredan o promuevan hechos de violencia para con los árbitros, técnicos y jugadores. La entidad ya había sufrido por lo menos diez sanciones previas por hechos de violencia verbal protagonizados por los padres. La medida, que pretende ser ejemplarizadora, fue aplicada contra el progenitor de por vida. Luego de este hecho, ocho clubes más que participan de la misma liga –para niños de entre 5 y 12 años– adoptaron idéntica determinación. Lo ocurrido en Córdoba no hace más que replicar situaciones lamentables que se viven de continuo en cualquier liga competitiva de fútbol infantil del país. La cuestión pone en el tapete un tema que desnuda grietas por donde se lo mire. Hoy en el deporte formativo existe un marcado consenso en cuanto a que hasta los 12 años de edad el juego debe ser principalmente recreativo y lo competitivo pasar a un segundo plano; que se debe buscar que los chicos estén la mayor parte del tiempo activos y no quietos como meros espectadores. También, en que la especialización debe comenzar recién a partir de los 13 años y que hasta esa edad se pueden plantear formas jugadas –no exentas de la toma de decisiones– que aportarán al deportista los conceptos fundamentadores que luego utilizarán en su juego a edades más avanzadas. Existen fundamentos anatómicos, fisiológicos, sociales y ante todo de psicología evolutiva que abonan dicha postura. Sin embargo, el fútbol infantil se muestra reticente a aceptar lo que las evidencias científicas han demostrado con creces. Hay, a su vez –para qué negarlo–, una carencia en el saber transmitir y convencer de los profesionales del área que contribuye a que este tipo de conductas no cambie y que el fútbol infantil se maneje inalterable desde tiempos inmemoriales. Influye en ello que buena parte de los dirigentes suele provenir del fútbol mayor, fundado en códigos de competitividad y profesionalismo que escapan a aquellos con los que debe ser tratado un niño menor de 12 años. Así, la presión por la obtención de campeonatos o de sostener a un técnico sólo si el equipo gana lleva a transfundir a los menores las peores prácticas del deporte adulto. De dicho modo, el verbo “ganar” se pronuncia previamente a otros dos que deberían ser conjugados con anterioridad: “jugar” y “disfrutar”. A ello se suma que muchos padres depositan expectativas en sus hijos como si se tratara de un billete de lotería o de una tabla de salvación. La mediatización de unas escasísimas historias de vida que saltaron de la pobreza franciscana al lujo extremo contribuye a crear un imaginario colectivo difícil de resistir. Si a ello se agrega que buena parte de estos progenitores son, a su vez, los propios dirigentes de la subcomisión de fútbol que contratan y pagan su remuneración al técnico, el cóctel es preocupante. Las instituciones serias en esta materia son las que tienen un ideario claro que se respeta, las que buscan un entrenador con conocimientos pero, ante todo, con perfil de educador, las que trabajan en armonía y sinergia en la trilogía dirigentes-padres-entrenadores. Hay en ellas una atmósfera diferente, todos hablan el mismo idioma y no se queman etapas, privilegiando al niño: su cumplimiento, el respeto y el orden. La locura del “gane ya” a como dé lugar no forma ni gana partidos. Posiblemente sature y expulse prematuramente a los niños del deporte. Es lógico pretender ganar y ello, en esencia, no es reprochable. Lo que resulta inadmisible es que dicho vendaval exitista barra con todo. Lo que el niño debe saber desde edades tempranas es que siempre habrá mejores y peores y que el esfuerzo y la entrega son valorados tanto o más que la victoria, porque los primeros forman y la segunda en algunas ocasiones deforma. En definitiva, se trata de llegar a destino pero por otro camino. ¿Cuántos grandísimos jugadores habrán quedado en el camino por experiencias traumáticas como las sucedidas en San Francisco? Nunca lo sabremos. Lo que sí está claro es que este sistema que transpola métodos de entrenamiento físico, técnico y táctico de profesionales a chicos tan pequeños hace agua por todos lados y, si el espejo a seguir es el fútbol mezquino que se practica cada fin de semana en el torneo de primera división, la perspectiva es caótica. Por ello la decisión de recurrir al derecho de admisión de los padres en el fútbol infantil es –como en tantas otras decisiones institucionales de nuestro país– un viraje de un extremo al otro, sin escalas intermedias, un ejemplo cabal de la impotencia de las instituciones para frenar de otro modo este tipo de reacciones paternas francamente repudiables. ¿Cómo es posible que un padre vaya a ver fútbol infantil e insultar a los chicos, máxime cuando se trata de su propio hijo? Alentar al jugador y al equipo es algo natural y hasta resulta esperable, tanto como acompañar al hijo y brindarle una opinión cuando éste la pida. Pero nunca falta el padre cuasi técnico que irresponsablemente da indicaciones que sólo le caben al entrenador ni aquel que, pavoneándose, trata a los menores con exabruptos, como si se tratara de cosas u objetos. Podrá decirse que el padre dispone de la educación que brinda a su hijo y ello es incuestionable, tan cierto como que la violencia moral suele ser tan o más dañina que la física y el insultar a un hijo en público ante la mirada de sus pares debe ser una de las humillaciones más denigrantes que pueda sufrir un menor. Como se ve, hay mucha agua por correr bajo este puente tan pasional. Pero a esta altura aparece inequívoca una profunda revisión de las federaciones, asociaciones y clubes sobre qué pretenden del fútbol infantil y si verdaderamente es tratado como un deporte formativo. La decisión de vedar el acceso de ciertos padres a los partidos de fútbol infantil no se festeja. Pero quizá sea una primera reacción, una manera de no permanecer indiferentes. Mas, para encontrar una solución de fondo, será necesaria más educación. Mejor comprensión de lo que está en juego, que no es un resultado momentáneo y pasatista sino la formación de seres humanos en el albor de sus vidas. Por ello, para esos verdaderos energúmenos que van a las canchas de fútbol a transmitir sus propias frustraciones y a insultar a los chicos, vaya esta sencilla pero emotiva deformación de la letra de Serrat: “Padre, deja ya de joder con la pelota”. (*) Profesor nacional de Educación Física. Abogado. marceloangriman@ciudad.com.ar


Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora