Pasividad ante el horror
Aunque el régimen del dictador sirio, el alauita Bashar al Assad, jura que sus fuerzas están respetando la tregua acordada con la ONU, todos los días el ejército mata a docenas, a veces a centenares, de personas, mientras que dirigentes rebeldes siguen pidiendo en vano a las potencias occidentales intervenir militarmente. Si bien, en Europa por lo menos, quienes quieren ver abiertos varios “corredores humanitarios” y “una zona de exclusión aérea” en Siria suelen ser progresistas horrorizados por la brutalidad de la represión que, en su momento, se opusieron a la invasión del Irak de Saddam Hussein, los contrarios a permitirlo son mayormente conservadores convencidos de que sería un error garrafal arriesgarse nuevamente en un país musulmán. Así, pues, la resistencia a prestar atención a las súplicas de aquellos sirios que dicen que la “comunidad internacional” tiene el deber moral de ayudarlos contra un tirano despiadado que no vacila en asesinar a mujeres y niños inocentes no se debe sólo a la oposición de Rusia y China en el Consejo de Seguridad que les ha brindado un pretexto para la pasividad frente a lo que está ocurriendo. Los gobiernos de Estados Unidos, el Reino Unido y Francia, los únicos países que estarían en condiciones de participar de modo no meramente simbólico de una eventual operación de “rescate” del tipo previsto por quienes insisten en que es necesario hacer algo para poner fin a las matanzas, han aprendido que intervenir en el Oriente Medio a menos que estén en juego intereses nacionales importantes podría resultarles contraproducente. Por lo tanto, han optado por limitarse a formular declaraciones en las que manifiestan su desaprobación de la conducta de Al Assad y a impulsar sanciones económicas con la esperanza de debilitarlo. Para los muchos sirios que podrían caer víctima de la violencia desatada por el régimen, la negativa de los occidentales a intervenir es un desastre sin atenuantes, pero es comprensible que los norteamericanos y europeos sean reacios a arriesgarse. Aunque por ser el presidente norteamericano Barack Obama un hombre que, a diferencia de su antecesor George W. Bush, es considerado un progresista, militantes izquierdistas se abstuvieron de organizar protestas multitudinarias contra la participación de la OTAN en el derrocamiento sanguinario del dictador libio Muammar Gaddafi, tanto él como los mandatarios europeos saben que si bien les sería fácil provocar la caída de Al Assad, no lo sería en absoluto manejar lo que vendría después. Así, pues, de ahora en adelante, salvo en situaciones extremas, la responsabilidad de defender a pueblos musulmanes contra represores feroces o bandas de fanáticos asesinos como los talibanes tendrá que ser asumida por sus correligionarios, lo que en el caso de Siria significarían Turquía, Arabia Saudita y los emiratos del golfo Pérsico que no han disimulado su deseo de ver derrotado al régimen de Al Assad. Por conmovidos que se sientan los occidentales que día tras día ven imágenes desgarradoras del horror perpetrado por el ejército sirio contra la población civil, entre los dirigentes políticos se ha difundido la convicción de que aun cuando una intervención militar limitada fuera aplaudida por el grueso del público, el apoyo así supuesto no tardaría en agotarse y que incluso los enemigos jurados de Al Assad terminarían acusando a sus soldados de cometer crímenes imperdonables de lesa humanidad. Mal que bien, mucho ha cambiado en los años últimos. Estados Unidos, lo mismo que buena parte de Europa algunas décadas antes, ya no confía en su propia capacidad para actuar como un gendarme internacional presuntamente comprometido con la defensa de ciertos principios básicos y con un statu quo que podría convenirle más que una eventual alternativa, pero, de resultas de la ubicuidad de las comunicaciones electrónicas, los occidentales no pueden cerrar los ojos a las escenas terroríficas que se dan en países de tradiciones muy distintas. Puede que lo que a juicio de los aislacionistas supondría un mayor respeto por la soberanía ajena constituya un avance, pero no lo es la obligación resultante de mantenerse indiferente ante el sufrimiento de quienes viven en lugares en los que es rutinario que los poderosos pisoteen de manera salvaje los derechos humanos de los débiles.