Paz en Colombia, una esperanza para los niños
Por Olara Otunnu Representante Especial del Secretario General de la ONU para la Infancia y el Conflicto Armado.
El inicio formal de las negociaciones por la paz en Colombia es motivo de gran satisfacción para quienes luchan por los derechos de los niños en este país. Cuando visité Colombia en junio de 1999, fui testigo del inmenso sufrimiento infligido a los niños durante décadas de guerra civil. El impacto que esta guerra prolongada entre las fuerzas del gobierno, los paramilitares y los grupos de guerrilleros alzados en armas ha tenido sobre la población civil puede observarse a diario.
Durante más de cuarenta años, los niños colombianos han sido víctimas, testigos e inclusive autores de la violencia. Miles de niños han participado en el conflicto como combatientes, espías y mensajeros. Entre los muchos efectos nefastos de la violencia crónica se hallan tasas alarmantes de prostitución y abuso infantil, guerras entre facciones, violencia intrafamiliar y drogadicción que va desde la inhalación de pegantes hasta el uso de cocaína y heroína.
Cientos de miles de personas han sido desarraigadas de sus hogares y han sido obligadas a desplazarse. No cuentan con la documentación necesaria para lograr acceso a servicios básicos como educación, salud y condiciones adecuadas de salubridad. Una cantidad sorprendente de niños vive en la calle sin esperanza alguna y, lo que es peor aún, se convierten en fácil presa de las campañas violentas de «limpieza social» encaminadas a deshacerse de los «desechables».
Es vital que el gobierno del presidente Pastrana tenga en cuenta la situación de los niños al negociar con el grupo guerrillero más numeroso, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). La mayor parte de los procesos de paz ha demostrado tener un compromiso inadecuado hacia el tema específico de la infancia una vez que termine la guerra. La vulnerabilidad de los niños, la necesidad que tienen de atención especial, su derecho legal y moral a la protección y el hecho de que los acontecimientos de la infancia no afecten únicamente al individuo sino a la sociedad en general, sirven de marco a mi llamado para que se abra un espacio para la infancia dentro de la agenda de paz.
Durante mi visita, el gobierno y las FARC acordaron abrir espacio en la agenda para los temas que atañen a los niños de manera específica. Los doce puntos de la «Agenda para el Cambio» acordada por las partes se refiere específicamente a la protección de los niños para que no sean parte de las hostilidades e incluye muchos puntos más que tienen implicaciones inmediatas en algunos casos y otras a largo plazo en otros, con miras a la protección y el bienestar de la infancia. Por ejemplo, el fortalecimiento de las instituciones para garantizar la protección de los derechos humanos y el mejoramiento del sistema de administración de la justicia, así como las medidas necesarias para proteger el medio ambiente y reformar la economía.
Sin embargo, en Colombia los niños no pueden estar simplemente a la espera de un acuerdo de paz. La cantidad desmesurada de población desplazada, la lamentable situación de niños forzados a participar en los grupos armados y en las fuerzas paramilitares, el uso del secuestro como medio para ejercer presión política, todos estos asuntos requieren una acción inmediata.
Aproximadamente 1,2 millón de personas, en su mayoría niños y mujeres, han sido desplazados en la última década. Esta población dispersa y desesperada requiere asistencia inmediata y sostenida para satisfacer sus necesidades básicas de techo, alimentación, protección física, salud y salubridad.
En lo que concierne a los niños soldados en Colombia, durante mi visita el gobierno anunció una nueva política relativa al reclutamiento de combatientes menores de 18 años. Durante mi reunión con las FARC, su representante acordó poner fin al reclutamiento de menores de 15 años y explorar con las Naciones Unidas y las ONGs del área, un proceso y un marco para la eventual desmovilización y rehabilitación de los jóvenes que han sido reclutados y se hallan en sus filas.
Es necesario adoptar acciones concretas concertadas si el objetivo es que la infancia se beneficie del proceso de paz. Por ello, antes de dejar Colombia en julio, propuse una amplia coalición para luchar por la protección de la infancia, integrada por el Sistema de las Naciones, las ONGs locales e internacionales y representantes de la sociedad civil, para responder adecuadamente a las necesidades de los niños afectados por la guerra.
Espero que esta coalición genere la masa crítica de sensibilización y concientización requeridas para asegurar atención sostenida a la situación de la infancia hasta que la construcción de la paz sea una realidad y pueda implementarse.
El inicio formal de las negociaciones por la paz en Colombia es motivo de gran satisfacción para quienes luchan por los derechos de los niños en este país. Cuando visité Colombia en junio de 1999, fui testigo del inmenso sufrimiento infligido a los niños durante décadas de guerra civil. El impacto que esta guerra prolongada entre las fuerzas del gobierno, los paramilitares y los grupos de guerrilleros alzados en armas ha tenido sobre la población civil puede observarse a diario.
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