Peronistas preocupados

Por Redacción

Con la excepción de los disidentes o renovadores de turno que se preparan para tomar el relevo en cuanto se hunda el “proyecto” en marcha, los peronistas suelen ser verticalistas, hombres y mujeres que, como buenos soldados, valoran la lealtad por encima de todo lo demás y que por lo tanto obedecen al jefe sin preguntarse hacia dónde se propone llevarlos, de ahí su irrupción en territorio neoliberal cuando Carlos Menem encabezaba el movimiento y su regreso atropellado al populismo distribucionista al llegar la hora del matrimonio Kirchner. Se comportan así por entender que su propio poder, prestigio y, desde luego, sus ingresos, dependen en última instancia de la voluntad del líder máximo que, como dueño presuntamente exclusivo de los votos, podría premiarlos por los servicios brindados o, si tiene motivos para hacerlo, privarlos de todo lo conquistado en el transcurso de años de militancia, acusándolos de traición a la causa para entonces depositarlos en el llano. Desde el punto de vista de los peronistas, este sistema funciona muy bien mientras el jefe pueda garantizarles los votos que necesitan pero, de difundirse dudas sobre su capacidad para triunfar en las elecciones próximas, entra en crisis. Saben que no les convendría permanecer demasiado tiempo al lado de un pronto a ser excarismático, pero temen romper prematuramente por miedo a las represalias inevitables. Asimismo, aunque quieren aliarse lo antes posible con el jefe siguiente, cuando hay varios aspirantes a desempeñar dicho rol no les es del todo fácil decidir cuál de ellos merecería su apoyo. No extraña, pues, que muchos peronistas se sientan sumamente inquietos por lo que está sucediendo en el país. Aunque propenden a creer que el ciclo kirchnerista tiene los días contados, ya que el “modelo” socioeconómico que el gobierno ha improvisado podría desplomarse en una cuestión de meses, tal vez semanas, no están convencidos de que a las huestes de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner les aguarde una derrota contundente en las elecciones legislativas de octubre porque las deficiencias de una oposición dividida les impresionan aún más que la inoperancia patente del gobierno nacional. Para más señas, por haberse encargado Cristina de redactar las listas sábana sin pensar en permitir que intervengan quienes no forman parte de su reducidísimo círculo áulico, no quieren hacer o decir nada que le brindaría un pretexto para borrar sus apellidos de la nómina de privilegiados. Dan por descontado que, como ya ha ocurrido en diversas ocasiones, la presidenta favorecerá a los chicos de La Cámpora en desmedro de veteranos de décadas de lucha, pero rezan para que, aun así, los incluya entre los elegidos. Para quienes ya son opositores declarados, personas como Francisco de Narváez, se trata de una situación muy frustrante. Quisieran que más intendentes, legisladores y otros les juraran fidelidad, de tal modo permitiéndoles aumentar su poder, pero mal que les pese tendrán que esperar hasta que la presidenta haya terminado redactando las listas, separando a quienes a su juicio no han manifestado el entusiasmo apropiado por el “proyecto” que, en su opinión por lo menos, debería prolongarse por muchos años más. A esta altura, sería inútil señalar que, para funcionar la democracia de manera adecuada, es necesario que los legisladores, los intendentes y los gobernadores provinciales mantengan cierto grado de independencia, ya que al limitarse a respaldar sin chistar toda iniciativa procedente “de arriba” privan a la sociedad de los beneficios de su propia experiencia y capacidad intelectual. En el peronismo, y por lo tanto en el país, la lealtad ciega es considerada normal. Muchos políticos están tan acostumbrados a subordinarse a la voluntad de los jefes porque saben que, caso contrario, se verían eyectados de los puestos que ocupan, que sería utópico pedirles cambiar porque el futuro del país está en juego. Por desgracia, la tradición así supuesta parece destinada a perpetuarse. Si tenemos suerte, los próximos líderes del peronismo serán más tolerantes que Cristina y menos propensos a comprometerse con ideologías extravagantes, pero para que lo fueran, el movimiento en que los demás peronistas militan de forma tan abnegada tendría que dejar atrás el verticalismo que siempre lo ha caracterizado y que tanto ha contribuido a la decadencia del país.


Exit mobile version