Piden perpetua para dos de los acusados de matar al policía
El fiscal solicitó 15 años de prisión para otros tres de los imputados.
NEUQUEN (AN)- El juicio por el asesinato del policía Néstor Sepúlveda, que terminó ayer, abundó en ingredientes extraños. Uno de los siete imputados, David Aravena, se hizo cargo del crimen con inusual empecinamiento y trató de despegar a todos los demás. Su abogada defensora reveló que ella no le aconsejó que confesara, y dijo que por el contrario hay elementos que demuestran que es inocente. La madre le reclamó llorando a gritos que dijera la verdad, porque intuye que su hijo no fue el criminal. Hasta los jueces le preguntaron, sorprendidos: «¿usted es consciente de lo que ha hecho autoincriminándose así?». Aravena, con los ojos llorosos, insistió: «fui yo el que lo mató, no sé por qué, sin motivos».
Si fue, como todo hace suponer, una estrategia de la banda para que uno solo de ellos se hiciera responsable del asesinato y todos los demás quedaran absueltos, no les dio resultado. La fiscalía pidió que dos de los acusados (uno de ellos, Aravena) sean condenados a prisión perpetua, otros tres a 15 años de prisión y solamente dos quedaron libres.
En su alegato, el fiscal Jorge Otegui dijo que el crimen del policía es una expresión de la descomposición social. Señaló que fue cometido por jóvenes carentes de todo, sin esperanzas, y recomendó a los jueces que vean la película «La Virgen de los Sicarios» para comprenderlo (ver aparte).
Los imputados ni se esperaban que el fiscal pidiera penas tan severas en su contra. Marcos «Caco» Figueroa, quien muchos sospechan fue el verdadero autor material del asesinato, se agarró la cabeza con las manos. Luis «Chinchu» Velásquez, otro de los presuntos partícipes, comenzó a llorar. Cada tanto lanzaba miradas llenas de rencor hacia el fiscal, y murmuraba promesas terribles. «Me tiró 15 años por la cabeza y soy inocente», le reprochó.
El sargento primero Sepúlveda (46 años) fue asesinado en el destacamento del barrio Don Bosco III la lluviosa madrugada del 16 de agosto de 2000. Le faltaba poco para retirarse cuando recibió un balazo calibre 32 en la frente que segó su vida en el acto.
Para los investigadores, lo mató una banda liderada por «Caco» Figueroa y el objetivo fue robarle el arma reglamentaria.
Los detenidos son David Aravena (20 años), Walter Sepúlveda (22), Wilfredo Fuentes Provoste (25), Roberto Russo (22), Marcos Figueroa (24), Víctor Estuardo Fierro (24) y Luis Velásquez (22). A los dos primeros los asiste la defensora oficial Marta Firtuoso, y al resto el abogado particular Jorge Larrea (ver aparte sus alegatos).
Había un motivo para que tuvieran defensores distintos: Aravena acusaba a Figueroa como autor del homicidio.
Pero en el juicio, tal como se informó ayer, Aravena cambió radicalmente su declaración, dijo que el crimen lo había cometido él y pidió que liberaran al resto de sus amigos. Ayer repitió su confesión.
No le dio resultado. El fiscal Otegui pidió prisión perpetua para Aravena y Sepúlveda, y 15 años de prisión para Figueroa, Velásquez y Fuentes Provoste. Sólo Ruso y Estuardo Fierro quedaron afuera de la acusación fiscal por falta de pruebas, y ayer mismo los liberaron. La sentencia se conocerá el viernes próximo.
¿Por qué Aravena se hizo cargo del asesinato, si no fue el autor?
Hay varias hipótesis. En primer término, tuvo responsabilidad en el crimen porque hay testigos que lo ubican en el lugar del hecho. Además cuando la policía lo detuvo tenía en su poder el arma reglamentaria del suboficial asesinado. Pero no está probado que él haya apretado el gatillo.
Según algunas fuentes, Aravena quiso salvar a sus amigos y ganar prestigio dentro de la cárcel. Para otros, en la prisión mantiene una relación tan estrecha y hasta de sumisión respecto de ellos que por eso se hizo cargo del crimen.
Ayer pareció que estaba arrepentido de lo que había declarado. Fue después de escuchar que el fiscal pedía que lo enviaran a la cárcel por el resto de su vida, y sobre todo por el llanto a gritos de su madre que invadió toda la sala de audiencias.
«¿Por qué hacés esto David, hijo mío, si vos no fuiste?», fue el angustiado reclamo de su madre. Aravena, con los ojos llorosos, no quiso ni mirarla. Y le pidió al policía que se apurara en ponerle las esposas y lo sacara de la sala.
Igual que «La Virgen de los Sicarios»
NEUQUEN (AN).- «Algunos hechos de esta causa me recuerdan a la película «La Virgen de los Sicarios». Le recomiendo a los jueces que la vean», dijo en su alegato el fiscal Jorge Otegui.
Se trata de una producción francesa, española y colombiana de 1998 dirigida por Barbet Schroeder, que recoge el ambiente de violencia de los barrios marginales de Medellín, las pandillas de sicarios (asesinos a sueldo), bandas de narcotraficantes y la contradictoria religiosidad de los pistoleros adolescentes surgidos de los suburbios al amparo de Pablo Escobar.
Es un relato descarnado de la violencia que estalla por cualquier motivo, en una ciudad donde se puede morir por tocar la batería.
«Este es un hecho desgarrador que me provoca una doble y profunda pena», dijo Otegui. «Me da pena porque quebraron la vida de una persona de 45 años que todavía podía dar mucho más al servicio y a su familia. Y también por las consecuencias que sobre sí mismos se arrojan los imputados».
«En «La Virgen de los Sicarios» se ve a un montón de jóvenes como estos, con carencias de vida, sin esperanzas, que matan por motivos nimios», continuó.
«Acá se mató para robar un arma. Pero si fue como dice Aravena, que no sabe por qué asesinó al policía, es mucho peor».
En lo que pareció más una catarsis que un alegato, dijo también que «es parte de la descomposición social que estamos viviendo. Quién iba a pensar tiempo atrás que los bancos le iban a robar a sus clientes. La película muestra lo que se vive en Colombia. Me temo que vamos hacia eso», opinó el fiscal.
«¿Usted es consciente de lo que ha hecho?»
NEUQUEN (AN)- «Usted se hizo una incriminación muy grave, y parece que está defendiendo a otros. ¿Es plenamente consciente de lo que ha hecho?», le preguntó el juez José Andrada a David Aravena, quien se atribuyó el asesinato del policía. «Sí, sí. Fui yo el que lo maté», insistió el joven una y otra vez, con los ojos enrojecidos. De fondo se escuchaba en la sala el llanto de su madre.
Andrada no se conformó y siguió preguntando: «¿No fue coaccionado, obligado, o amenazado? ¿Está declarando con absoluta libertad?». Aravena no retrocedió: «fui yo», contestó con la firmeza que le permitió su voz.
El juez Emilio Castro le recordó que «su declaración indagatoria es un acto de defensa, pero usted lo utilizó para incriminarse. Usted no está obligado a declarar pero si manifiesta algo, puede ser usado como prueba en su contra». Una vez más, Aravena mantuvo su postura: «ya lo sé», dijo.
La defensora de Aravena, Marta Firtuoso, pidió que quedara constancia: «yo no le aconsejé que declarara, y ahora le aconsejo nuevamente que mantenga silencio», explicó a los jueces. Pero el imputado siguió culpándose a sí mismo con un empecinamiento poco frecuente.
Los otros acusados también dijeron algunas palabras, antes de finalizar el juicio. Fuentes Provoste afirmó: «soy completamente inocente. Hace un año y ocho meses que estoy preso por algo que no hice». Russo, quien recuperó su libertad porque el fiscal no lo acusó, pidió que se haga justicia, y Estuardo Fierro mantuvo silencio. Marcos Figueroa, para muchos el principal sospechoso, se preguntó dirigiéndose al juez: «¿qué le puedo decir?». Se lo veía abrumado porque no esperaba que el fiscal pidiera 15 años de prisión para él. Agregó: «sólo quiero que la policía reconozca todos los golpes que sufrimos».
Y Velásquez, el más resentido con el fiscal, le reprochó: «me tiró 15 años por la cabeza pero soy inocente».
Un caso raro es el de Walter Sepúlveda: desde que lo detuvieron, a poco de ocurrido el crimen, jamás declaró ante la justicia. Ayer el fiscal pidió que lo condenen a prisión perpetua (fue el que le robó el arma al policía una vez muerto), pero su actitud ausente y silenciosa no cambió.
NEUQUEN (AN)- El juicio por el asesinato del policía Néstor Sepúlveda, que terminó ayer, abundó en ingredientes extraños. Uno de los siete imputados, David Aravena, se hizo cargo del crimen con inusual empecinamiento y trató de despegar a todos los demás. Su abogada defensora reveló que ella no le aconsejó que confesara, y dijo que por el contrario hay elementos que demuestran que es inocente. La madre le reclamó llorando a gritos que dijera la verdad, porque intuye que su hijo no fue el criminal. Hasta los jueces le preguntaron, sorprendidos: "¿usted es consciente de lo que ha hecho autoincriminándose así?". Aravena, con los ojos llorosos, insistió: "fui yo el que lo mató, no sé por qué, sin motivos".
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