'Pity' Alvarez, el rostro maldito del rock nacional
Intoxicados tocó en Neuquén e hipnotizó a todos sus fans
A primera vista 'Pity' Alvarez confunde. No se alcanza a dilucidar desde lo superficial, qué lleva al desquicio a esa masa humana que sacude con furia un estadio completo.
El desgarbado cantante somete a su plebe a un trance narcótico pocas veces visto por estas tierras. A medida que la sesión «intoxicada» desanda el camino, su figura se agiganta, se impone sobre un grupo que tranquilamente se podría rebautizar como «Los Pity's Boys».
Hacía mucho que las entrañas del Ruca Che no se revolvían como el domingo pasado. Intoxicados propuso un recital extraño, atípico y confuso, vertiginoso por momentos, melódico y sosegado por otros. Un show que estuvo algo lánguido de lo que todos fueron a buscar: rock and roll sin medias tintas, bien al «palo».
Pero hay una certeza, y es que el extravagante «Pity» Alvarez tuvo total impunidad frente a las cuatro mil personas que le rindieron tributo sólo a él, y es posible que no le hayan prestado atención a la buena performance del bajista Jorge Rossi, a las jazzeras cuerdas de Felipe Barrozo o a las dos baterías que en el fondo del escenario prometieron mucho, pero…
En Neuquén «Pity» se puso al frente de una banda numerosa, que en algunos tramos mostró a diez personas en escena, con vientos incluidos. De la sutileza a la brutalidad, buceó en océanos de blues y reggae, y se animó a caminar por la cornisa del hip hop, perdiendo de vista el límite Stone.
El magnetismo del cantante impacta. Sus arrebatos de locura, su ciclotimia, los buenos acordes que despiden las extensiones de sus dedos, la voz azotada por los vicios, la oratoria confusa, todo, pero todo es motivo de ovación para un público esclavo de Pity.
Mientras algunos deciden darle descanso a los músculos y el espeso humo se apropia de voluntades varias, él dialoga en idioma propio, sabiduría barrial que le dicen, se contonea y el cuerpo parece deshuesársele en gestos físicos 'jaggerianos'.
La conexión entre Alvarez y su gente excede los parámetros normales y entendibles; Pity quebró las leyes naturales del rock y él se transforma en la banda, aunque sus compañeros hagan hasta lo imposible por cierto protagonismo.
Este personaje maldito que libra una lucha diaria contra drogas duras, mutó en un héroe suburbano, simpático 'loquito' que supo entender y encontrar un nuevo nicho para transformarse en una especie de bestia mitológica de la marginalidad.
Neuquén fue testigo privilegiado del glamour barrial de un personaje al que muchos apuntan como sucesor del «Gran Salmón». Un sujeto zarpado y contradictorio, un sujeto devorado por el personaje, por su demonio interior. El rostro maldito del rock nacional.
SEBASTIAN BUSADER
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