Pleonexia
Pleonexia es el deseo de querer tener cada vez más, el apetito insaciable de cosas de carácter material. Es una expresión acuñada en la antigua Grecia y fue considerada por Platón una verdadera enfermedad. Hoy es, probablemente, un rasgo más de nuestras modernas y consumistas sociedades capitalistas.
Los seres humanos somos la imagen que los demás ya sean amigos o enemigos tienen de nosotros. Esa imagen que los demás construyen sobre la base de los materiales que cada uno de nosotros suministra se denomina identidad. Existen muchas representaciones de esa identidad: está la identidad o imagen que pretendemos poseer, la identidad ideal a la que aspiramos y también la identidad que se teme tener, es decir, que tememos que los demás tengan de nosotros.
Todas estas imágenes o representaciones de nuestra identidad influyen en el ánimo de cada persona y provocan un complejo intercambio especular según la aceptación o el rechazo que esas imágenes ideales obtienen en los demás integrantes del grupo social. En esa batalla por la identidad se despiertan ciertos instintos básicos que llevan, al desbordarse, al amor propio desmedido (la soberbia), el afán posesivo o codicia desenfrenada (la pleonexia), la necesidad insaciable de estimación (la vanidad) y el impulso a dominar al prójimo (el ansia de poder).
Ahora bien. Como la mente es muy compleja y está dotada de muchas partes, ciertas tendencias instintivas no son más que un conjunto de componentes entre otros. Como señala Steven Pilker, algunas facultades mentales nos pueden dotar de la codicia o la maldad, pero otras nos pueden dotar de la simpatía, de la solidaridad, del respeto por nosotros mismos y del deseo de contar con el respeto de los demás.
La complejidad de ese punto nodal que denominamos «naturaleza humana» deja abierta todas las opciones. Es la base del libre albedrío. No existe ninguna circunstancia, ningún rasgo que sea determinante. Por consiguiente, será en última instancia el entramado cultural e institucional el que permita, tolere, restrinja o limite la expansión o contracción de ciertas tendencias.
Toda esta larga introducción viene a cuento del informe publicado por el Institute for Policy Studies (IPS) de los Estados Unidos que desvela las retribuciones astronómicas de algunos ejecutivos del mundo financiero y corporativo en ese país. Según este informe, los gestores de grandes firmas de capital riesgo (private equity) y de fondos especulativos (hedge funds) ganaron, cada diez minutos, el equivalente a la paga media anual de un trabajador.
El ingreso medio anual de una familia norteamericana es de unos 48.000 dólares. Según el informe del IPS, los 20 ejecutivos mejor pagados de Wall Street ganaron una media de 657 millones de dólares al año. De este modo sus ingresos superaron 13.640 veces el dinero que llega al seno de cada familia norteamericana.
Estas retribuciones astronómicas carecen de toda justificación y resulta difícil explicar su causa, inclusive desde la perspectiva de una economía de mercado. La excesiva concentración de riqueza y poder en unas pocas personas es contraproducente, desincentiva al resto de empleados y trabajadores e incrementa el sentimiento de desigualdad.
En una reciente Conferencia sobre la Distribución de la Renta celebrada en Bruselas se puso de relieve el fuerte crecimiento de la desigualdad registrado en el 1% más rico en Estados Unidos en comparación con las naciones europeas. Mientras que en aquel país el 1% de la población más rica recibe el 7,3% del total de la renta nacional, en Europa y Japón este grupo escogido percibe el 2%.
El problema es que el modelo norteamericano conduce a elevar las tasas de pobreza y a aumentar la desigualdad en la percepción de bienes públicos. El último censo revela que suman ya 47 millones los norteamericanos que no disponen de un seguro médico, un 5% más que en el año anterior. Las diferencias entre ambos modelos aumentan cuando se tienen en cuenta el impacto de los impuestos y el sistema de beneficios sociales. Las desigualdades caen en un promedio del 40% en los países europeos, casi el doble de la desigualdad calculada para Estados Unidos.
Si ahora dirigimos la mirada hacia América Latina, la situación es lacerante. Es la zona más desigual del planeta y ello debido a que, en proporción, los más ricos se llevan más riqueza en relación con los pobres que en otras partes del mundo. Según la CEPAL, en el 2006 habían 205 millones de pobres en la región, de los cuales 79 millones estaban en la indigencia.
El único modo de reducir las desigualdades extremas es aplicando políticas redistributivas de la renta a través de sistemas impositivos progresivos y eficaces. El mejor índice para comprobar la eficacia de las políticas impositivas es la presión fiscal, es decir, el porcentaje de renta nacional que se recauda a través de los impuestos. A menor presión fiscal, mayor desigualdad. Según algunas estimaciones, la presión fiscal es del 50,1% en Suecia, del 45,8% en Francia, del 40,2% en Alemania, del 36,4% en España, del 28,20% en Estados Unidos y del 28% en la Argentina. Las cifras son frías pero, en ocasiones, también elocuentes.
ALEARDO F. LARÍA (*)
Especial para «Río Negro»
(*) Abogado y periodista
Comentarios