Poder y prepotencia
Los triunfos electorales siempre se prestan a distintas lecturas. De interpretarse el conseguido por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner el 23 de octubre como un premio por el buen andar de la economía nacional, además de una manifestación de la escasa confianza que motivó la oferta opositora, el gobierno entenderá que lo que la gente quiere es la estabilidad. Sin embargo, parecería que muchos que desempeñan papeles en el gobierno nacional se han convencido de que la mayoría avaló su propia prepotencia y arbitrariedad, de ahí el protagonismo reciente de funcionarios como el secretario de Comercio, Guillermo Moreno, quien, según se informa (sin que ningún vocero oficial haya negado la veracidad de lo que se ha publicado), no ha vacilado en amenazar a financistas locales –y a sus familiares– hablándoles como si fueran capos mafiosos, miembros de la Triple A de los tiempos de Isabelita o integrantes “incontrolables” del régimen militar. Que el gobierno se haya sentido molesto por la sangría de divisas resulta comprensible; en cambio, no lo es que la presidenta, que se supone ya está pensando en su lugar en la historia nacional, haya permitido que un personaje como Moreno se las haya arreglado para ensuciar su gestión. Cristina “arrasó” en las elecciones haciendo la plancha, minimizando las dificultades que le aguardaban al país debido al agotamiento evidente del “modelo” mismo y a la sensación de que el mundo pronto experimentaría una nueva convulsión financiera, pero no bien se difundieron los resultados el gobierno que encabeza ha hecho gala de un grado asombroso, y muy preocupante, de impericia. Aunque casi todos los opositores coinciden en que es bueno que se haya puesto a desenredar la madeja de subsidios que desde hace ocho años benefician a los sectores más acomodados del área metropolitana y reconocen que tuvo que hacer algo a fin de frenar la huida de capitales, ninguno puede aprobar la torpeza con la que están actuando los subordinados de la presidenta. Por desgracia, no es cuestión sólo de las deficiencias de funcionarios determinados. Se trata más bien de una consecuencia lógica de un orden político tan absurdamente presidencialista que Cristina ha podido rodearse de individuos inoperantes porque, con razón o sin ella, los cree leales a su persona y comprometidos con su ideología particular. Acostumbrada como está a flotar por encima de los meros detalles administrativos y reacia como es a celebrar reuniones de gabinete, parecería que se limita a amonestar a sus subordinados cuando los resultados de sus esfuerzos no le complacen y felicitar a aquellos que a su juicio aciertan. Por lo demás, aunque pocos mandatarios en la historia del país han pronunciado tantos discursos como Cristina, su gestión se caracteriza por la falta de transparencia, ya que muy pocos saben lo que está realmente ocurriendo en las distintas reparticiones, de ahí los rumores –por lo común creíbles– de disputas internas entre los deseosos de merecer su aprobación que, desde luego, contribuyen a hacer más pesado el clima de incertidumbre que se ha difundido por lo ancho y lo largo del país. Todavía no ha comenzado formalmente el segundo período de Cristina, pero ya abundan los indicios de que será muy diferente del primero. En octubre, el 54% del electorado votó por la continuidad, no por una ruptura, pero aun cuando la presidenta quisiera honrar el pacto no escrito así supuesto, motivo por el que insiste en que no se le ocurriría modificar el rumbo que emprendió años antes, ya se habrá dado cuenta de que no le será dado cumplir, de ahí el ajuste que está en marcha. Si bien todos, salvo los más ingenuos, entienden que no le cabe más alternativa que la de reordenar las finanzas nacionales, su manera de hacerlo ha resultado ser tan prolija y los intentos de convencer a la ciudadanía de que lo que está haciendo el gobierno es luchar contra evasores impositivos o redistribuir el ingreso con miras a favorecer a quienes menos tienen han sido tan infantiles, que ya parece inevitable que su próximo cuatrienio como presidenta de la República sea mucho más problemático que el que está por terminar ya que, además de tener que enfrentar una multitud de dificultades, no cuenta con los instrumentos administrativos que necesitaría para poder superarlas sin pagar costos políticos excesivos.
Los triunfos electorales siempre se prestan a distintas lecturas. De interpretarse el conseguido por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner el 23 de octubre como un premio por el buen andar de la economía nacional, además de una manifestación de la escasa confianza que motivó la oferta opositora, el gobierno entenderá que lo que la gente quiere es la estabilidad. Sin embargo, parecería que muchos que desempeñan papeles en el gobierno nacional se han convencido de que la mayoría avaló su propia prepotencia y arbitrariedad, de ahí el protagonismo reciente de funcionarios como el secretario de Comercio, Guillermo Moreno, quien, según se informa (sin que ningún vocero oficial haya negado la veracidad de lo que se ha publicado), no ha vacilado en amenazar a financistas locales –y a sus familiares– hablándoles como si fueran capos mafiosos, miembros de la Triple A de los tiempos de Isabelita o integrantes “incontrolables” del régimen militar. Que el gobierno se haya sentido molesto por la sangría de divisas resulta comprensible; en cambio, no lo es que la presidenta, que se supone ya está pensando en su lugar en la historia nacional, haya permitido que un personaje como Moreno se las haya arreglado para ensuciar su gestión. Cristina “arrasó” en las elecciones haciendo la plancha, minimizando las dificultades que le aguardaban al país debido al agotamiento evidente del “modelo” mismo y a la sensación de que el mundo pronto experimentaría una nueva convulsión financiera, pero no bien se difundieron los resultados el gobierno que encabeza ha hecho gala de un grado asombroso, y muy preocupante, de impericia. Aunque casi todos los opositores coinciden en que es bueno que se haya puesto a desenredar la madeja de subsidios que desde hace ocho años benefician a los sectores más acomodados del área metropolitana y reconocen que tuvo que hacer algo a fin de frenar la huida de capitales, ninguno puede aprobar la torpeza con la que están actuando los subordinados de la presidenta. Por desgracia, no es cuestión sólo de las deficiencias de funcionarios determinados. Se trata más bien de una consecuencia lógica de un orden político tan absurdamente presidencialista que Cristina ha podido rodearse de individuos inoperantes porque, con razón o sin ella, los cree leales a su persona y comprometidos con su ideología particular. Acostumbrada como está a flotar por encima de los meros detalles administrativos y reacia como es a celebrar reuniones de gabinete, parecería que se limita a amonestar a sus subordinados cuando los resultados de sus esfuerzos no le complacen y felicitar a aquellos que a su juicio aciertan. Por lo demás, aunque pocos mandatarios en la historia del país han pronunciado tantos discursos como Cristina, su gestión se caracteriza por la falta de transparencia, ya que muy pocos saben lo que está realmente ocurriendo en las distintas reparticiones, de ahí los rumores –por lo común creíbles– de disputas internas entre los deseosos de merecer su aprobación que, desde luego, contribuyen a hacer más pesado el clima de incertidumbre que se ha difundido por lo ancho y lo largo del país. Todavía no ha comenzado formalmente el segundo período de Cristina, pero ya abundan los indicios de que será muy diferente del primero. En octubre, el 54% del electorado votó por la continuidad, no por una ruptura, pero aun cuando la presidenta quisiera honrar el pacto no escrito así supuesto, motivo por el que insiste en que no se le ocurriría modificar el rumbo que emprendió años antes, ya se habrá dado cuenta de que no le será dado cumplir, de ahí el ajuste que está en marcha. Si bien todos, salvo los más ingenuos, entienden que no le cabe más alternativa que la de reordenar las finanzas nacionales, su manera de hacerlo ha resultado ser tan prolija y los intentos de convencer a la ciudadanía de que lo que está haciendo el gobierno es luchar contra evasores impositivos o redistribuir el ingreso con miras a favorecer a quienes menos tienen han sido tan infantiles, que ya parece inevitable que su próximo cuatrienio como presidenta de la República sea mucho más problemático que el que está por terminar ya que, además de tener que enfrentar una multitud de dificultades, no cuenta con los instrumentos administrativos que necesitaría para poder superarlas sin pagar costos políticos excesivos.
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