Podredumbre morena en durazneros
Aunque en climas secos es más dificultosa su aparición, no hay que bajar la guardia en la realización de tareas culturales en el monte. Su impacto negativo va más allá de la cosecha.
Sanidad frutícola
El fenómeno de El Niño, en curso en este momento, implica un período de inestabilidad climática que habitualmente se asocia a situaciones de abundantes precipitaciones. Si bien para nuestra región no se ha establecido una relación estadística clara entre incremento de lluvias y años “niños”, es necesario considerar su eventual ocurrencia y su posterior impacto en los frutales a fin de anticipar estrategias de manejo y evitar mermas en calidad y rendimientos.
En este sentido, uno de los problemas sanitarios más temidos por el productor de duraznos y nectarines es la podredumbre morena causada por el hongo Monilia sp. Su impacto negativo no se agota en las pérdidas a cosecha, ya que va más allá de la tranquera ocasionando el desmerecimiento comercial de la fruta en puestos de mercados concentradores, góndolas de supermercados y exhibidores de fruterías de barrio.
El descarte generado se acumula y deriva en un fuerte y prolongado dolor de cabeza para los sucesivos eslabones de la cadena poniendo en juego el prestigio del propio fruticultor, fenómeno que se complejiza aún más en las operatorias de exportación dado el carácter cuarentenario de este patógeno en algunos destinos.
Como toda enfermedad, su aparición es resultado de la coincidencia de tres factores:
a) Presencia de inóculo en el campo.
b) Cultivo en un estado fenológico susceptible.
c) Condiciones climáticas favorables.
Así, los montes afectados en temporadas previas tendrán una carga de inóculo que los pondrá en posición de mayor riesgo respecto a plantaciones sin antecedentes. Por su lado, los estados fenológicos de alta sensibilidad son floración y madurez, dada la predilección de “monilia” por la mayor concentración de hidratos de carbono en el néctar de la flor y en la pulpa del fruto respectivamente. Finalmente, si se dan las condiciones apropiadas de humedad (lluvia, rocío, aspersión) y temperatura (17 a 22°C), la infección se produce, desarrolla y expande con singular rapidez.
En primavera los síntomas se pueden apreciar como flores y brindillas secas, mientras que en verano el fruto en etapa de madurez evidencia manchas marrones y blandas que pronto se expanden tornándolo de apariencia pulverulenta y grisácea, para luego darle el típico aspecto “momificado” que identifica el voraz paso del hongo por la chacra.
Los productores caroceros de zonas más húmedas como Río Colorado, Valle Medio o bien los de áreas de secano con elevada pluviometría como San Pedro (provincia de Buenos Aires) tienen larga experiencia en su lucha contra la enfermedad; mientras que en zonas más “secas” como el Alto Valle, en algunos casos, su aparición genera sorpresa y desconcierto, motivo por el cual es conveniente considerar ciertas medidas tendientes a realizar un control más efectivo.
Aciertos y errores habituales en el control
El manejo de esta micosis es estrictamente preventivo y se basa en la aplicación de fungicidas en los momentos de mayor susceptibilidad del cultivo (floración e inicio de madurez) si se dan las mencionadas condiciones de lluvia y temperatura, que se pueden complementar con tratamientos otoñales. Existen diferentes principios activos para tal fin y su elección deberá consultarse a un ingeniero agrónomo para evaluar oportunidad, registros, tiempos de carencias, efectividad, rotaciones y posibilidad de resistencia, siendo los más utilizados tebuconazole, ziram, captan y mancozeb, entre otros.
Las prácticas culturales son tan importantes como el uso del fungicida, ya que permiten crear condiciones agroambientales menos favorables para el ataque del hongo. De esta manera, en invierno, antes de que se reinicie el ciclo biológico de la enfermedad, retirar de la planta –y quemar posteriormente– frutos momificados, ramas enfermas, restos de poda, frutos del suelo, envases y corrugados constituye una operación que debería ser tenida en cuenta como el primer y más efectivo tratamiento sanitario, ya que implica una reducción drástica de la carga de inóculo en la misma plantación.
A su vez, a la hora de efectuar las aplicaciones de fungicida, la tentación de subestimar el riesgo de infección pulverizando fila por medio, así como el uso de equipos pulverizadores sin calibrar en función del TRV de la plantación, debe ser revisada profundamente con el objetivo de evitar fallos de control. Por su parte, la sobredosificación de fertilizantes nitrogenados y su realización fuera de época se traduce en una mayor susceptibilidad del duraznero a la infección, motivo por el cual es importante ajustar el manejo nutricional a las necesidades reales del cultivo en función de su edad, estado vegetativo, época de cosecha, análisis foliares y de suelo, etc.
Dado que las condiciones de humedad se prolongan innecesariamente en montes muy cerrados, enmalezados, con exceso de ramas y rodeados de alamedas demasiado densas, a fin de favorecer su ventilación y acelerar el secado de las plantas es conveniente revisar los criterios de poda y de control de malezas, y llegado el caso evaluar la necesidad de proceder al raleo de plantas en las cortinas forestales perimetrales.
Es aconsejable al mismo tiempo tomar medidas para evitar heridas en la piel del durazno –por naturaleza delicada– en particular en caso de pelones y variedades de menor pilosidad, generadas por insectos y por manipuleo y golpes durante la recolección y transporte. Además siempre es prudente atender las condiciones de higiene no sólo en recolectores, cajones cosecheros y bines, sino además y de manera especial en líneas de embalaje de pequeños empaques familiares, así como en cámaras de frío.
Por último, es primordial realizar la cosecha de cada variedad evitando tanto la sobremadurez (situación que incrementará su susceptibilidad) así como los frutos demasiados “verdes”, práctica realizada comúnmente con la idea de reducir el riesgo de infección pero que afecta drásticamente la calidad comercial (fragancia, color, firmeza, sabor, calibre) y no pasa desapercibida por el consumidor.
INTA-EEA Alto Valle
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