Por qué odio las historias de amor con final feliz
Odio las comedias románticas. No las detesto. No las aborrezco. No las abomino. Simplemente las odio con un odio tan cristalino como plural. Porque, hasta donde sé, las odio a todas. A todas las que haya visto y, podría apostar, a que odiaré a todas las que vengan. A todas las que tendré que ver algún funesto día. Porque justamente una de las cosas que odio de las comedias románticas es el hecho de que hay que verlas porque puedes verlas. Porque son fáciles. Porque no duelen. Porque ni “fu ni fa”. ¿Por qué no verlas? Digo, es viernes, es sábado, es domingo por la noche ¿Por qué no vemos una comedia romántica que nos guste a todos? Pero ese “a todos” no me incluye a mí, que las odio. Entonces alguien: un amigo, tus hijas, tu chica, tu esposa, tu madre, tu suegra, tu hermano que acaba de divorciarse y no quiere exponerse a nada “pesado”, nada que le recuerde a Jean Paul Sartre o la factura impaga del gas, alquila la comedia romántica que acaba de llegar al videoclub y la pone. El milagro sucede. Un grupo de gente que no tiene demasiado que ver entre sí, que hasta ese momento discutía en bandos distintos acerca de los compromisos incumplidos o las reivindicaciones sociales de Barack Obama, cae presa del mismo éxtasis y, como suelen hacer Los Simpsons, se derrumban sobre el sillón. ¿Pero por qué no te gustan?, he escuchado la pregunta a lo largo de varias décadas de negarme a participar del triste ritual del “¡vamos a ver una comedia romántica! ¿dale?”, como si no hubiera un motivo bien justificado para que las comedias románticas me resulten un bodrio. ¿Y a vos por qué te gustan?, he tenido la mala idea de reinquirir. Y aunque las respuestas varían nunca se salen de su cause. Porque sí, porque son lindas, porque son entretenidas, porque no son amargas como vos, zapato. Me molesta, me indigna que ver una película se transforme en una manera de aligerar el tiempo. De pasar pasando. De ponerle un poco de leche a ese café cargado que es la existencia. No se miran comedias para alimentar el alma sino más bien para edulcorarla. Uno no se divierte con ellas, en realidad, nos distraen. No nos provocan carcajadas, nos hacen reír y no muy fuerte. Depositan una mueca conformista sobre nuestra cara. Odio las comedias románticas porque nos volvemos cómplices de una mentira. Las historias de amor en clave humorística son una parodia del amor real, a lo más, en el mejor de los casos, representan un eufemismo. Una mentira blanca. Y toda mentira suplanta débilmente la posibilidad de entender qué nos pasa cuando nos pasa algo tan increíble y complejo como el amor. Las comedias románticas son al cine lo que a las tablas el burdo teatral. El cabaret borracho. El ocaso artístico del actor. La escena under con el telón rasgado y los parlantes maltrechos. Son el maquillaje barato del payaso que no quiere otra función más en su payasa biografía. Sólo que esto no es evidente de buenas a primeras porque la comedias románticas están recubiertas con papel de regalo navideño. La tontería del protagonista “tontolín” atraviesa la comedia romántica. La obviedad más obvia. Es el chiste del chiste del chiste. El recuerdo del recuerdo del recuerdo de un beso mal dado. Hay quien me argumenta que más estúpida es mi fantasía por tragarme completitos los argumentos de grandes clásicos del cine contemporáneo como “Terminator”, “Duro de matar” o “Alerta máxima”, pero aquí radica la diferencia. No me lo trago. Antes de comenzar, acepto el juego de espejos y ficciones que me proponen estas historias demenciales. Los argumentos de las películas de acción engañan sólo y únicamente para facilitar el ejercicio del relato. Como cuando un abuelo le cuenta una fantasía a un niño. La comedia romántica, en cambio, apela a la credulidad. A lo factible. A lo semejante. Te cierra un ojo. Te engatusa. Esos encuentros planificados “por el destino cinematográfico” detrás de los cuales hay un guionista naif, tienen la osadía de pretender integrarse a la realidad. De abarcarla. De tentar tu alma para comprarla por un puñado de dólares. Hay un tipo de comedia romántica que acepto y tolero. Hasta me atrevería a decir que la digiero sin problemas. Es la comedia romántica rebelde. Es la funny love story torcida. La que alberga una oscura vuelta de tuerca. La que dobla la hoja y la moja. La que no sigue el mandato paterno. La que de ratos estrangula a su espectador con postales que “¡ups!”, no deberían haber sido enviadas por correo. Son el tipo de comedias románticas que hacen que los locos por las comedias románticas expresen, al ser preguntados acerca de si les gustaron, un dudoso: pssssssss. De todas las comedias románticas de este tipo, mi preferida es “Break Up”, también llamada “Separados” e incluso “Viviendo con mi ex”. Jennifer Aniston y Vince Vaughn son pareja embarcada y empecinada en su propia decadencia. A pesar de que se gustan y mucho, sus diferencias de personalidad son tan notorias, sus desencuentros tan constantes y ridículos, que sólo queda esperar de ellos una ruptura a las patadas. Sus fricciones hacen de este filme un filme diferente. Una comedia romántica noir. Al final de la película, es decir, cuando la película ya se filmó y empaquetó, y como era de esperar, Jennifer y Vince se enamoran. Y al final final, de la historia real real transcurrida en Hollywood, se separan. En el epílogo, él se pone gordo y ella se desnuda.
Claudio Andrade candrade@rionegro.com.ar
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