Precios en la heladera
Aquellos militantes oficialistas que se han movilizado a fin de “mirar para cuidar” los precios supuestamente congelados de medio millar de productos básicos han emprendido una tarea ciclópea, una que acaso sería apropiada para los expertos en lo que ciertos humoristas llaman el arte de pastorear gatos. Sucede que el universo del consumo está en movimiento continuo; cambia todos los días incluso cuando las autoridades procuran inmovilizarlo. Así, pues, si bien, por temor a las eventuales represalias, los proveedores, los supermercadistas y los almaceneros se afirman resueltos a ayudar al gobierno en su esfuerzo por frenar el aumento del costo de vida, la buena voluntad así manifestada no ha impedido la proliferación de marcas presuntamente nuevas pero, desde luego, más caras que las reemplazadas, variedades distintas de leche o aceite, agregándoles ingredientes, cambios de tamaño de los envases de los bienes disponibles, combos imprevistos –según parece, se trata de un ardid de origen chino–, y otras formas de hacer más difícil el trabajo de los inspectores. Es que, mal que le pese al secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, los jóvenes de La Cámpora y los activistas de otras organizaciones “sociales” que están participando de la cruzada gubernamental, para controlar como quisieran los precios tendrían que poner todo el mercado de consumo en el freezer, prohibiendo las innovaciones y, desde luego, la competencia que, en el resto del mundo occidental al menos, sirve para disciplinar a los fabricantes y los minoristas. A la larga, sería mucho más eficaz permitir que la ley de la oferta y la demanda, fortalecida por los instintos competitivos de los comerciantes, se encargara del problema, pero al gobierno kirchnerista no le gusta tal alternativa porque quiere convencer a los consumidores de que si no fuera por su intervención militante los precios subirían a un ritmo aún más veloz que el registrado últimamente.
La estrategia elegida por el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner para ocultar las consecuencias de la inflación desbocada tiene más que ver con la propaganda, que con la economía real. Los funcionarios entienden que el destino electoral del “proyecto” oficial dependerá en buena medida de la evolución del consumo en los meses próximos, de ahí el aumento reciente de las asignaciones familiares y el intento de forzar a los comercios a mantener los precios de una gama amplia de productos básicos. Mientras tanto, los adversarios del gobierno están llamando la atención a los faltantes denunciados por las asociaciones de consumidores, al racionamiento incipiente de yerba y azúcar y al riesgo de desabastecimiento debido a la resistencia natural de los comerciantes a vender a pérdida. Asimismo, tales escépticos dan por descontado que, una vez terminada la campaña electoral, el deshielo pondrá fin al experimento. Por cierto, las expectativas inflacionarias no se han reducido; según se informa, en la actualidad la mayoría prevé que la tasa anual superará pronto el 30%.
La esperanza oficial de que, antes de octubre, se produzca un mini-boom de consumo parece destinada a ser frustrada no sólo por una eventual merma del poder adquisitivo de los sectores más pobres, que siempre son los más perjudicados por la inflación, sino también por el estado deprimido del mercado laboral. Aunque los especialistas en la materia dicen creer que la situación podría mejorar pasajeramente en junio y julio de resultas de los esfuerzos oficiales, opinan que sólo se trataría de un fenómeno transitorio. Como acaba de señalar la consultora Ecolatina, los salarios reales están estancados y es baja la creación de nuevos empleos, ya que por razones comprensibles los empresarios prefieren aguardar hasta que el panorama se aclare, a arriesgarse generando nuevos puestos de trabajo. Será por tales motivos que en mayo las ventas minoristas se redujeron el 7,1% en comparación con el mismo mes del año pasado, lo que puede atribuirse a la incertidumbre imperante entre quienes están en condiciones de gastar más de lo imprescindible. Entre los rubros más afectados está, cuando no, el de las inmobiliarias, un sector que, golpeado por el cepo cambiario, no muestra muchas señales de estar por reactivarse, lo que ha tenido un impacto muy fuerte en la construcción.