Precisiones sobre el Cañadón de los Bandidos
El Cañadón de los Bandidos que cruzan los esquiadores en demanda de La Hoya, fue efímero escondite bautizado en 1911 a propósito de un tiroteo por el que uno de sus perseguidores perdió una pierna. Seis décadas más tarde el film Butch Cassidy & Sundance Kidd, que resucitó parcialmente –y omitió cinco años de vida en la Patagonia de los bandoleros aludidos por la película- provocó una mitomanía que sepultó buena parte de la historia real. No sólo los recopiladores regionales siguieron huellas falsas, acopiaron versiones antojadizas, fábulas que vieron a los personajes en geografías que no pisaron, y que serían anacrónicas. También les atribuyeron hechos no cometidos.
Carrero confundido
Asensio Abeijón, por ejemplo, amplió su inicial «Memorias de un carrero patagónico» para atribuirle a Butch y los suyos el intento de asalto a un banco de Comodoro Rivadavia, aclarado en su época con identidad de los asaltantes. A partir del film, sus protagonistas pasaron a ser los merodeadores del cañadón aludido, a pesar que había sido abatidos mucho antes, en San Vicente, Bolivia. Pero a esa «butchmanía» ya le había precedido afirmaciones diferentes: los hombres del cañadón serían chilenos.
En la página 63 del número especial que el diario Esquel publicó en 1950 como homenaje a su 25º cumpleaños, se lee que la actuación de los bandidos norteamericanos de principios de siglo «facilitó la labor de malhechores de menor cuantía, principalmente de origen chileno (…) uno de esos grupos acampó en las cercanías de Esquel, lo que dio origen al nombre del Cañadón de los Bandidos».
El propio diario retomó el tema el domingo 14 de setiembre de 1975 cuando el empeñoso secretario de redacción Juan Carlos Alemán lo aludió a propósito de un folleto turístico sobre La Hoya que auspiciaba Aerolíneas Argentinas. Afirmaba que «a 13 kilómetros de Esquel, bordeando el cañadón de los bandidos, por la ruta de Butch Cassidy, se llega a La Hoya».
El artículo de Alemán reflotó relatos del jefe de la Policía Fronteriza, el desconcertante mayor Mateo Gebhard nacido en Praga hechos en un modesto hotel de Esquel.al ingeniero Bailey Willis, autor de El Norte de la Patagonia y jefe de la Comisión de Estudios Hidrológicos.
El amigo Alemán
Esa huella llevó al periodista Alemán, a pesar de charlas rectificatorias que ya llevaban diez años, a errar sus conclusiones. Transcribió aquel relato de Gebhard que en lo pertinente comenzaba así: «Era una tarde invernal en que Pozzi corría desesperadamente por el camino que bajando por el río Manso conduce a Chile por el paso Cochamó. Su caballo había sido muerto a balazos pero Pozzi estaba ileso y la frontera cerca. Anochecía. La libertad y la vida estaban a un paso pero la muerte le pisaba los talones». El relato de Gebhard que Willis puso en buen romance, seguía con los pormenores de la pequeña batalla –el lugar lo visitamos muchos años después- y terminaba con la vida de Pozzi, no sin antes describir las carreras y saltos de ese inmenso y pedante hijo del imperio austro-húngaro que tras un gran tiroteo llevó el abatimiento del chileno. «No lo encontramos hasta la madrugada. Dos balas le había atravesado el cuerpo y dos más le había destrizado los muslos…». Aún le sigue un intento de indagatoria en la sombras a la que se niega el moribundo y expira.
Y a pesar que Juan C. Alemán no podía desconocer la distancia que media entre el cañadón frente a Esquel (que como muestra la fotografía, se avista desde cualquiera de las alturas por el camino de La Hoya) y la del valle del Manso, tipió su equivocada conjetura: «Parece que la banda de Pozzi fue la que dio su nombre al Cañadón de los Bandidos».
A su vez, Alemán se basaba en otra conjetura suscripta por Ernesto Humprheys en una edición especial de El Regional aparecida en Gaiman en julio de 1975 (página 51) y en la que ese hijo del comisario Eduardo Humprheys –quien complicó su vida profesional por amistad con los bandoleros norteamericanos- sostuvo que «tal denominación (por el cañadón) no proviene, como muchos suponen, de aquellos norteamericanos de la banda de Butch Cassidy, de tan triste memoria, que entre otras fechorías asesinaron al ingeniero Up Iwan. El nombre se origina –aclaraba Humphreys- en otros delincuentes, chilenos, esta vez que en diciembre de 1911 asesinaron a un comerciante italiano en el Percy (por el río) e intentaron volver a Chile».
Inexacto. O quizás una coartada para mejorar la memoria del padre comisario, exonerado en 1905 por no apresar a los bandidos de Cholila, y que repuesto en funciones en 1909 volvió a ser cuestionado tras el asesinato de Up Iwan. Se lo trasladaba a Laguna Verde cuando, cercado de sospechas, renunció (aceptada el 23 de agosto de 1910).
El ex comisario sabía muy bien quiénes habían matado a Lloyd Up Iwan (crimen cometido en su tienda de la Cooperativa Mercantil de Arroyo Pescado donde recibió dos balazos en la media tarde del 29 de diciembre de 1909), y también sabía quiénes estaban en el cañadón: los mismos criminales.
Pero el periodista Alemán que conocía la acción de la patrulla que salió en busca de los hombres escondidos en el cañadón y cuáles fueron las consecuencias de ese episodio, se equivocaba respecto a la identidad de los delincuentes.
No eran otros que Roberto (Bob) Evans, William Wilson, ambos norteamericanos, y el argentino hijo de galeses Mansel Gibbon, quien poco después -durante el secuestro del estanciero Ramos Otero- se haría llamar Cameron Jack.
Sólo los que no conocían la intimidad y secretos que se manejaban en la mafiosa vida cordillerana de los grupos que vivían fuera de la ley, podían argumentar que desconocían el quién es quién de esas latitudes.
Los bandidos para entonces ya muertos en Bolivia, no sólo nunca estuvieron en el cañadón, sino que sólo Butch Cassidy visitaba la posesión en el área de Esquel que detentaba Daniel Gibbon, padre de Mansel.
Para fundamentar que los bandidos del desfiladero eran chilenos, se acude también a otro asalto que en 1911 padeció William Coslett Thomas en la Colonia 16 de octubre cuando estaba ausente –en Trelew y por lo que dejó el negocio a cargo su yerno Alberto Jones (atado y obligado a salir por los asaltantes).
La esposa de Jones había escondido el dinero en un órgano, y esa custodia musical sirvió para frustrar el intento de los delincuentes, quienes luego descargaron su furia asesinando a un comerciante italiano.
Fue recién el 28 de setiembre de 1911 en los cuarteles –eufemismo con que designaban unos miserables ranchos- de la Policía Fronteriza del Chubut que se escuchó oficialmente la identidad de los bandidos del Cañadón. Ese día, el subteniente Jesús Blanco escuchó los nombres de quienes cuatro semanas después abatiría con una patrulla en Río Pico. Fue durante una declaración formal, por la que tomó juramento de decir verdad por segunda vez en el mismo sumario a Wenceslao Solís.
El indagado ampliaba sus largas confesiones sobre el secuestro de Lucio Ramos Otero y todos los bandidos yanquis iniciadas el 24 de julio ante el mismo sumariante cuando dijo ser chileno, alfabeto, criador, casado, de 43 años y aquerenciado en Río Pico. Su relato del cañadón se la había contado el propio Mansel Gibbon. No fue el único que habló de ese episodio en el sumario y vale la pena rescatarlo.
(Continuará)
fnjuarez@interlink.com.ar
Curiosidades
En esta semana de 1914, al mismo tiempo que a Buenos Aires llegaban los telegramas desde Sarajevo con la noticia del asesinato del heredero del imperio austro húngaro archiduque Francisco Fernando y su esposa la duquesa Sofía –y se desataría la Primera Guerra Mundial-, perdían importancia las alarmas patagónicas desatadas por el clima.
Desde Aluminé clamaban porque «el invierno se ha presentado con toda crudeza y hace cerca de un mes que se sufren lluvias y nieves constantes».
Los ríos Aluminé y Quillén estaban invadeables y se había paralizado la venta de ganado a Chile. También se rogaba el arreglo del camino de Ruca Choroy a Quillén.
* Por los mismos motivos desde Loncopué informaban que las tormentas averiaron parte del negocio del comerciante Garay y de escuelas de la zona.
* Sin embargo, arribaban noticias de que se refaccionaban los vaporcitos que hacían el viaje hacia Chile por los lagos Lácar, Pirihueyco y Riñihue. Mientras que en El Bolsón acababa de instalarse la oficina de bosques y yerbales del Chubut (a pesar de la pertenencia de ese pueblo a Río Negro).
* El 23 de junio de 1924 en Puerto Moreno, cerca de Bariloche, fue encontrado colgado con una soga de un árbol, el cadáver de Dionisio Voldebenito, de apenas 10 años. Se ignoraba si era crimen o suicidio.
* Al mismo tiempo en Conesa se quejaban porque la correspondencia que tenía que llegar a San Antonio Oeste, demoraba siempre. Y mientras la preocupación rionegrina era qué gobernador le depararían el gobierno central (sería Alfredo Viterbori por el saliente Víctor M. Molina), el vecindario de La Japonesa peticionaba a Arturo Baffico -de la Dirección de Puentes y Caminos- para que confirmaran al balsero del lugar Arturo Muñoz.
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